Capítulo I

Capítulo 1. Inicio del Apocalipsis.

Eran las 2:15 de la mañana y ni Juan ni Roberto podían pegar ojo. En la calle, cuatro pisos más abajo, la gente estaba histérica, corriendo de un lado para otro, gritando, maldiciendo, se escuchaban coches derrapando y tocando el claxon, había decenas de vehículos dejados a su suerte encima de las aceras, el continuo sonido de sirenas… En definitiva, reinaba el auténtico caos. Nadie en su sano juicio se podría haber imaginado nunca que algo como aquello pudiese llegar a ocurrir… ¿Muertos vivientes? ¡Qué va! ¡Ojalá! ¡El club de futbol de Castellón acababa de subir a primera división!

Desde la ventana Roberto observaba con cierto desprecio la escena. Por culpa de estos indeseables no podía practicar una de sus mayores aficiones, dormir, y además no parecía muy buena idea intentarlo con la ventana cerrada ya que con el calor que hacía era posible levantarse al día siguiente con los huevos cocidos, literalmente.

Por esto, los dos compañeros de piso optaron por una alternativa clásica al sueño y dado que salir un martes por la noche solo está bien visto si eres Erasmus, optaron por una opción más casera, los videojuegos. Llevaban con la viciada desde poco después de conocerse la noticia del ascenso, pues ya se olían que esa noche iba a haber jaleo. Los juegos de coches, shooters y peleas eran sus favoritos y a pesar de que hoy no lo confesarían, disfrutaban como críos con los juegos de futbol. Pero sí, definitivamente hoy no era el día de echar un partidito.

Roberto y Juan tenían la misma edad y vivían juntos desde que empezaron medicina e ingeniería respectivamente. Roberto era un chico bastante normal, ni alto ni bajo, de complexión media, pelo y ojos oscuros, ni guapo ni… bueno, precisamente feo sí que era. Podríamos decir que su atractivo físico era tan reducido como el cerebro de la Esteban. Juan por otro lado era bastante más corpulento, más alto y más peludo, pero no más guapo. Uno de sus rasgos más característicos era su larga y lujuriosa melena. En principio concebida como un tributo al género metalero se había convertido ya en una seña de identidad para él y le tenía más aprecio que a muchos seres humanos. Además lucía siempre un cinturón con púas y el logo de AC/DC en la hebilla a juego con una fantástica chupa de cuero negro que tenía más años que los tazos de Bugs Bunny, y con más ADN que la mayoría de organismos unicelulares.

El plan consistía simplemente en jugar a la videoconsola hasta que la gente se cansase de dar vueltas con el coche tocando el claxon o, en general, de dar por culo. Y lo cierto es que estaban aguantando muy bien el ritmo. Llevaban ya más de seis horas jugadas y no se les denotaba el menor atisbo de cansancio. Quizás tuviesen algo que ver las más de treinta latas vacías de bebida energética que plagaban el suelo del comedor, pero en cualquier caso no todas eran de esa noche. Ni de esa semana.

De pronto un fuerte ruido en el rellano les sorprendió. Sonó como una especie de explosión  de un color sordo. Al girarse hacia la puerta, vieron como una luz roja iluminaba todo el rellano, introduciéndose levemente en su casa por debajo de la puerta, como si al otro lado estuviesen haciendo fotocopias. Los dos amigos se acercaron con cautela a la puerta y Juan observó el exterior por la mirilla. No había nada.

–Oye, ¿qué ha pasado? Se acaba de apagar la luz–. En respuesta Juan abrió la puerta con no mucho sigilo mientras empujaba a su compañero hacia el rellano. Una vez fuera, Roberto inspeccionó rápidamente el terreno sin encontrar nada extraño, a excepción de una misteriosa nota que yacía en el suelo, humeante, con una de sus esquinas totalmente carbonizada. La recogió, la leyó y soltó una suave carcajada.

–¡Que bromas más curradas gasta la gente hoy en día, colega! –le dijo a Juan al tiempo que le pasaba la nota. En ella se leía: ”AVISAR POLICIA. FUTURA PANDEMIA INSTITUTO CHEVIRAL. VALENCIA.”. Tras leerla, la arrugó con una sola mano para lanzarla al paragüero. Tiro que por supuesto, falló.

–Entonces, ¿llamamos a la policía?

–Claro Juan, explícales a los maderos que después de pasarte media tarde jugando y fumando, te ha llegado una nota desde una nave espacial que advierte de una inminente pandemia. Y ya que estás, no olvides comentarles también que tu gato está a cargo de una célula terrorista y que sospechas que el microondas está trabajando para los rusos.

La única contestación que recibió Roberto fue un fuerte resoplido de su interlocutor, que debido a la vibración de sus labios llenó al primero de una fina capa de babas.

–¡Serás hijo de…!

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