Capítulo II

Capítulo 2. ¡La que se ha liao, tete!

Hace ya dos semanas desde que el Valencia C.F. fue condenado a la liga de plata, pero la ciudad aún no se había recuperado del durísimo golpe. La noticia había sorprendido a la mayoría de los aficionados pero aquí un servidor opina que tales resultados eran esperables desde el momento en que el equipo de futbol solía jugar sus encuentros con solo tres jugadores. Dado que ninguno cobraba, los jugadores habían ido abandonando al club, como un goteo incesante, hasta que finalmente se habían quedado solos en Mestalla el bedel, el utillero y el entrenador, que eran justamente los que salían a defender el escudo.

Bueno, no nos vayamos por las ramas. El caso es que el ambiente general en la capital estaba muy decaído. Carmeta, una “joven” limpiadora de 39 años está viviendo el peor de los dramas en su hogar. En primer lugar su hijo mayor, Víctor, se largó del país después de fracasar en el casting de Gran Hermano y de Gandía Shore, todo el mismo año. Fue a probar suerte con la pesca en un barco francés y aún ahora no saben nada de él. Su hijo pequeño y su marido, que habían sido el mayor apoyo de Carmeta, estaban sumidos en una terrible depresión por la reciente cancelación del canal autonómico a la que se añadía ahora el nuevo drama local futbolero. Carmeta necesitaba urgentemente aliviar la tensión que había acumulada en su hogar, pero la única distracción que podía permitirse era el trabajo, que por suerte no le faltaba.

Trabajaba unas doce horas diarias en una empresa de limpieza que la explotaba por algo más de cinco euros la hora. Hacía ya unos meses que la mandaban a limpiar los pasillos de unos grandes laboratorios situados por la zona de la UPV, la empresa CHEVIRAL. Lo normal era entrar a limpiar las oficinas a las nueve, cuando ya habían salido todos, para más tarde dar una pasadita rápida por el suelo de los laboratorios. La mayoría de las noches Carmeta se ponía su cinta de grandes éxitos de la copla española, pero esa tarde ya la había pillado por banda Vicent (con la e muuuuy abierta), el jefe de seguridad, y le había ordenado apagar la radio ipso facto, alegando que podía alertar de su presencia a algún posible ladrón. El problema era que exactamente eso es lo que buscaba la limpiadora.

Unas semanas atrás había sorprendido en pleno acto amatorio a dos oficinistas varones en un despacho de la tercera planta. Lo que más llamó la atención de Carmeta no fue la postura en la que se encontraban los dos amantes, ni siquiera se dio cuenta de que uno de ellos era el sobrino de su amiga Paquita. Su atención fue absorbida totalmente por la mordaza que llevaba en la boca el sujeto más pasivo. Se trataba de una pelota de goma roja, de textura fina y un acabado reluciente. En cierta forma le recordaba a la nariz de un payaso de circo.

Este juguete sexual abrió la mente de Carmeta y propició la actividad sexual entre ella y su marido durante semanas. Por esto, intentaba evitar sorprender a nadie llevando la música bastante alta y haciendo siempre más ruido del necesario, a pesar de que cada vez que abría una puerta sentía una pequeña emoción, un suave deseo de encontrarse con alguna escena morbosa al otro lado del marco, algo que pudiese reactivar la vida amorosa de su matrimonio.

De modo que cuando pasó por delante del laboratorio TC2251 de la segunda planta y escuchó como se rompía algo de cristal, sintió miedo y excitación por partes iguales. En otras circunstancias una persona normal hubiese llamado al vigilante de seguridad inmediatamente, pero si lo hacía, probablemente a la vuelta no hubiese nadie haciendo algo en el interior del laboratorio, algo obsceno y morboso… necesitaba entrar ya, o se perdería el espectáculo. Abrió la puerta lentamente sin hacer demasiado ruido.

Al encender la luz, se encontró con un panorama desolador. Había decenas de probetas de cristal rotas sobre las mesas y por el suelo, el cual estaba totalmente cubierto por charcos de diversos colores de a saber que productos. En la habitación se respiraba una atmosfera que seguramente le restaba un año de vida por cada minuto que pasaba en ella. El olor del aire era bastante fuerte, a la vez que dulzón, como si Lobezno se pusiese colonia para niños después de hacer doscientos abdominales. Recorrió con miedo unos escasos cinco pasos intentando encontrar algo que explicase todo ese desorden. ¿Quién sabe? Quizás un par de amantes habían destrozado el laboratorio en un arrebato de pasión y ahora se encontraban retozando detrás del banco de trabajo. Pero no, en su lugar encontró tres ratas. Unas ratas grandes como conejos, o gatos, con un rabo de una longitud igual a la de su propio cuerpo y de un color grisáceo oscuro. La pobre Carmeta se quedó de piedra ante la imagen de semejantes bicharracos.

Lo curioso de la noche ocurrió cuando estas ratas se percataron de la presencia de la limpiadora. Las tres se encontraban apoyadas únicamente sobre sus patas traseras, en corrillo, como discutiendo algún tema importante. Se quedaron mirando a la limpiadora, clavándole los ojos de forma desafiante como si de un duelo de pistoleros se tratase. El silencio del laboratorio fue roto por un grito desgarrador de Carmeta, que alertó tanto a las ratas como a los vigilantes que había en el edificio, incluso algunos vecinos salieron a la ventana para ver que estaba ocurriendo. La rata situada más a la derecha, que parecía llevar un peinado mohicano como el de M.A. Barracus, se abalanzó sobre ella y le propinó un mordisco en el tobillo.

–¡Hija de…! –Como si hubiese estudiado diez años en un monasterio shaolin, Carmeta le propinó un fuertísimo revés a la gigantesca rata con el palo de la fregona, lanzándola varios metros en el aire. No se esperó a ver dónde aterrizaba el pequeño roedor y aprovecho para salir pitando de la habitación y cerrar la puerta con llave.

En cuestión de un minuto llego Vicent (recordad lo de la e) al laboratorio. Carmeta, que se encontraba acurrucada al lado de la puerta, no dijo ni una palabra, simplemente señaló al interior de la habitación. Vicent hizo un exhaustivo reconocimiento a la habitación, pero las ratas habían desaparecido  sin dejar rastro. A parte del desastre en el laboratorio, claro está.

Llevaron a la herida al centro de salud más cercano, pero el médico que estaba esa noche de guardia no le dio ninguna importancia a la mordedura de la rata. Simplemente la vacunó frente al tétanos, le administró una dosis de penicilina y le puso una venda.

La pobre Carmeta esa noche se acostó temblando, sudorosa, y con un fuerte dolor en la pierna, deseando que a la mañana siguiente le doliese un poquito menos, sin saber que gracias a este mordisco todos los problemas que había en su hogar iban a desaparecer.

Y es que los problemas se diluyen cuando te conviertes en un muerto viviente hambriento de carne humana. Es en este punto cuando aparece el primer zombi. El paciente cero. Carmeta, una joven de 30 y pocos, se despierta por la mañana bien temprano, convertida en zombi.

El cómo sigue la historia ya lo sabéis: Esta muerde e infecta a su familia y a parte de su vecindario, finalmente la policía consigue reducirla no sin antes morder a unos cuantos agentes. Una vez en el hospital la infección se propaga cual rumor sobre homosexualidad en un instituto de secundaria y en diez días, la ciudad está perdida. Una desgracia mayor podría haberse evitado si el gobierno hubiese tenido una respuesta rápida y contundente frente al brote. Un ataque con misiles sobre la ciudad y una pasadita rápida con napalm y se hubiese eliminado todo rastro del brote de la faz de la tierra. Pero el gobierno no estaba preparado para este tipo de catástrofes, para variar.

Teniendo en cuenta que al principio del brote el tiempo de incubación del virus era mayor, se propició que algunos de los infectados abandonasen el país y esparcieran la enfermedad por todo el globo.

Si alguien hubiese avisado a nuestros dos estudiantes de que en un par de días la enfermedad iba a llegar a Castellón, probablemente se hubiesen dedicado a prepararse para el apocalipsis acaparando víveres, buscando armas o recordando un poco el catecismo que tenían más que olvidado, en lugar de pasarse el día haciendo el vago, viendo películas, jugando a videojuegos y tomando sustancias de dudosa legalidad.

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