Capítulo III

Capítulo 3. It’s sexy time!

SEXYTIME

Dos días después del incidente de Valencia, Juan estaba jugando a la videoconsola a un juego de coches, haciendo gala de unos reflejos dignos de un piloto profesional, con una mirada de concentración extrema solamente ensombrecida por la fea costumbre de inclinar el mando al realizar un giro.

–Eso no lo hace ni mi madre –solía decirle Roberto–. De pronto se abrió la puerta principal y por ella entró su compañero, que llegaba de las clases.

–¿De dónde vienes? –preguntó Juan.

–De clase. ¿No ves la mochila?

–Ya bueno, igual venias de hacer el camino de Santiago, yo qué sé… –contestó su compañero, sin apartar la vista de la pantalla–. ¿Alguna novedad por la uni?

–No, nada nuevo, bueno, aparte de que ahora en la cafetería tienen Twinkies. Ah, y el rector me ha preguntado por ti. Dice que gracias por pagar las tasas y luego no ir a clase,  que así le será más fácil pagarse el mercedes que tanto desea.

–¿¡Que el rector te ha hablado de mí!? Y más importante, ¿me has traído un Twinkie de esos?

–No y no. Joder, que no pillas las ironías…

Roberto se dirigió a la cocina, buscó una cerveza en la nevera, la abrió y casi se la terminó de un par de tragos.

–Joder Roberto, ¿celebramos algo? ¿O simplemente que tu vena alcohólica vuelve a las andadas?

–Un poco de cada, amigo –contestó, con semblante transcendental, fijando la mirada en el infinito–. Hoy se cumplen cuatro semanas desde que Teresa inició su cese temporal en cuanto a comunicación y contacto se refieren…

–Vaya, desde que te dejó.

–Sí, bueno, no me ha dicho que hayamos roto. Simplemente dijo que necesitaba tiempo…

–Tiempo para tirarse a otro.

–¡No! Tiempo para pensar en lo nuestro, en si me quiere como antes. En definitiva para recordar los buenos momentos que pasamos juntos.

–Jo tío, eres más sensiblero que Alex Ubago –se burlaba Juan, poniendo vocecita de niña pija–. Ya va siendo hora de que te busques otra mujer, que llevas demasiado tiempo así. Esta noche nos vamos de marcha tú y yo, y lo vamos a petar. ¡Va a arder Castellón!

–No sé si me apetece mucho, la verdad…

–¡No era una sugerencia, era una orden! Cadete, traiga la botella de tequila, código 3.

–¿Código 3? ¿Es una emergencia?

–¡Sí, lo es!

Borrachos_tequila

Con unos cuantos litros de alcohol en el cuerpo, por no hablar del kebab y del granizado de la heladería, los dos amigos estaban de ligoteo por los principales pubs de la ciudad. La noche estaba un poco alterada, con ambulancias, coches patrulla, peleas cada cien metros… Lo normal, sí, pero lo cierto es que en el ambiente había algo extraño. Y no me estoy refiriendo al típico olor a cloaca, sino a algo más misterioso.

En un inesperado giro del destino los dos estudiantes consiguieron ligar con dos, presuntamente y hasta que se demuestre lo contrario, chicas. Francamente, no eran especialmente hermosas, sino más bien del montón. Del montón malo. Pero no se podía decir lo mismo de los chavales, que en el estado en el que se encontraban parecían haberse caído del montón malo a un charco de barro y rodado calle abajo unos cuantos metros.

Los cuatro se dirigían tranquilamente al siguiente pub, cantando canciones clásicas de la copla española, cuando un hombre extraño se cruzó en su camino, impidiéndoles el paso. Se trataba de un señor de mediana edad, barbudo y canoso, con ropas harapientas, con una cantidad de mugre por centímetro cuadrado más que considerable y una herida bastante fea en el cuello. Los jovenzuelos se quedaron de piedra ante semejante imagen, hasta que una de las chicas se le acercó con cautela y le preguntó:

–¿Está usted bien?

El hombre levanto la mirada lentamente hasta encontrarse con los ojos de la chica. Sin mediar palabra, este le propinó un bocado en el brazo. La escena era totalmente surrealista. Los dientes del vagabundo se hundieron rápidamente bajo la piel de la muchacha dejando salir una generosa cantidad de sangre. La cara de dolor de la pobre chica era estremecedora. Rápidamente Juan reaccionó y le lanzó una patada en el pecho al vagabundo que le hizo caer de espaldas. Acto seguido, los cuatro jóvenes abandonaron corriendo el lugar de los hechos, despistando con facilidad a su asaltante. Una vez a salvo, Juan decidió que era buen momento para realizar un balance de daños.

–Roberto, échale un vistazo al brazo de Clara.

–Me llamo Sara.

–Eso he dicho, Sara.

–¡Puf! Tiene la pinta un poco fea, igual hay que ponerte puntos. Podemos subir a mi casa y te lo limpio, y si veo que está muy mal te acompañamos al hospital, ¿vale?

–Ok, gracias.

–¿Veis chicas? Este chico es un buen partido. Tener un médico en casa te ahorra muchos quebraderos de cabeza. ¡Cuando pueda recetarnos medicamentos ya será la polla!

mordisquito

La herida obviamente no era mortal, no había que temer por la vida de la joven. Aun así, a los pocos metros Sara empezaba a encontrarse peor, por lo que los dos chicos tuvieron que ayudarla a andar hasta su casa. El piso estaba un poco lejos, a unos veinte minutos a pie, pero a pesar de que intentaron coger un taxi, no pasaba ninguno por la zona.

Roberto iba mirando a cada rato a la joven Sara, que cada vez tenia peor color de cara, y además estaba empezando a sudar y delirar (Estaba preocupada porque les perseguía un dinosaurio…). Siguieron el camino hasta llegar al portal del edificio. Una vez allí, dejaron a Sara en el suelo para abrir la puerta, y mientras Juan la abría y sujetaba (a la puerta, me refiero), Roberto intento levantar a Sara solo.

–¡Vamos Sara, arriba! –pero no hubo respuesta por parte de la joven–. ¡Oye! No te duermas, que ya hemos llegado. ¿Estás bien?

Mientras decía estas palabras, empezó a abofetear a la chica para que volviese en sí. Ante la falta de respuesta fue a tomarle el pulso, y fue cuando el corazón le dio un vuelco. No tenía pulso.

¡Esto era imposible!, solo tenía una herida superficial, se dijo para sus adentros. Cabría la posibilidad de que se hubiese mareado un poco con la sangre, eso es normal, pero… ¿muerta?

–¡Hay que llamar a una ambulancia, no tiene pulso!

–¡¿Qué?! –dijeron los otros dos al unísono.

–¡No me jodas Sara, por favor, no me jodas! –rogaba su amiga mientras empezaban a caerle lágrimas por las mejillas.

–¡Despierta por favor!¡No me puedes hacer esto!

–Aparta, voy a intentar hacerle un RCP –dijo Roberto, buscando desesperadamente salvar la vida de la joven–. Juan. ¡Juan, joder!¡Llama una puta ambulancia!

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