Capítulo IV

Capítulo 4. Hasta el infinito… ¡y más allá!

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Mientras todo esto ocurría Juan se había quedado en estado de shock. Era la primera vez que veía un fiambre y su mente se había colapsado. Gracias a Dios los gritos de su compañero le hicieron volver al mundo real. Cogió el móvil, marcó el número de emergencias y esperó.

–Lo sentimos, todas nuestras líneas están ocupadas. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde. –dijo la locución automática.

–No me jod… –repitió la llamada, con el mismo resultado–. Joder Roberto, que las líneas están colapsadas o no sé qué, ¡no hay ambulancias! ¿Tienes otro número o algo?

–¡Eh! Si, llama a la Guardia Civil, o a la poli, no sé. –En ese instante, Sara comenzaba a abrir los ojos.

–¡Sara! ¡Por fin, Sara! ¡Gracias a Dios! –le dijo su amiga, mientras se fundían en un apasionado abrazo–. ¡Gracias a Dios que estas bien! Pensaba que te había pasado algo seri… ¡¡Aaaaghh!!

Los ojos de Roberto y Juan se pusieron como platos al ver como Sara mordía a su amiga en el cuello. Y no un mordisco suave y sensual, el cual provocaría una reacción similar en los espectadores, sino un mordisco bestial, que seccionaba la yugular de la víctima e hizo saltar chorros de sangre a 3 o 4 metros de altura. En este punto las mentes de nuestros jóvenes protagonistas estaban más hechas polvo que la de Paco Porras. No entendían nada, lo que sus ojos les decían, lo que sus oídos escuchaban no conseguía llegar al cerebro. Hasta que Juan alcanzó a decir:

–Zombis.

Al oír a Juan, Sara se lanzó al cuello de su presa más cercana, Roberto, intentando sacarle la mayor cantidad de carne posible. Lo más rápido que pudo, levanto el brazo para esquivar la dentada de la joven, pero fue demasiado lento y el zombi consiguió arrancarle un trozo del antebrazo. El dolor no fue demasiado intenso, pero en su interior Roberto sabía que estaba muy jodido. Juan tiró de él hacia dentro del edificio y rápidamente fue hacia la puerta para que no pudiese entrar la Sara–Zombi. La jugada le fue bastante bien, cerraron fuertemente la puerta y sin cuidado de no pillarle los dedos a nadie, de forma que la zombi no tuvo tiempo de entrar. Al ver que estaban a salvo, Juan se sentó en el suelo sujetando la puerta con la espalda para respirar y poder socorrer a su amigo. Pero no le dio tiempo ni a pestañear.

Sin que lo esperase en absoluto, un brazo entró por el ventanal adyacente a la puerta. La mano, en posición de garra, daba arañazos al aire en busca de carne para llevarse a la boca. Juan esquivó los dos primeros movimientos y empezó a escabullirse a rastras hacia donde se encontraba su amigo. Roberto estiro el brazo sano para ayudar a su amigo en la huida, pero Sara fue más rápida y logro atrapar a Juan por el tobillo. En cuestión de segundos la zombi dio un fuerte tirón hacia afuera sacando la pierna izquierda del joven por el hueco que ella misma acababa de abrir y sin pensar ni un segundo en cuántas calorías tendría lo que iba a consumir, le dio un generoso mordisco en el gemelo.

–¡Hija de puta! ¡Mierda! ¡Joder! –Son una pequeña muestra de los adjetivos que compartió Juan con la no muerta. Instantes después Roberto tiró de su amigo fuertemente separándolo de las garras de la joven antropófaga y ambos cayeron en el suelo en frente del ascensor. Por suerte este se encontraba en la planta baja y pudieron subir rápidamente dejando atrás la pesadilla que acababan de vivir en el rellano de su casa.

Dentro del ascensor no hubo ni una sola palabra, los dos colegas simplemente trataron de recobrar el aliento, pues tenían la adrenalina, las pulsaciones y el miedo aún por las nubes. Una vez dentro del piso, Juan dio dos vueltas de llave y colocó una butaca en la puerta a modo de barricada improvisada. Entonces se fijó en que Roberto llevaba con la mirada fija en el infinito desde que subieron al ascensor, y recordó su penúltima frase.

–Zombis. –dijo ahora Roberto–. Nos vamos a convertir en zombis.

–No tío, no me jodas, que eso es imposible… –contestó Juan intentando contener al máximo la emoción de ver su propia muerte tan cercana e inevitable–. Que somos jóvenes joder, tenemos toda la vida por delante… además… aún no he hecho ningún trio…

–Has visto suficientes películas de zombis para saber de qué te estoy hablando, vamos a morir todos, TODOS. Y tú y yo seremos los primeros además…

–¡Joder tío! Yo no quiero morir así… ¡así no!

–Yo tampoco. Estoy pensando que… voy a suicidarme.

–…Yo…joder…también tío, no quiero convertirme en un muerto viviente…

–¿Entonces? ¿Qué hacemos? ¿Cómo nos suicidamos?

–¿Qué cómo? Pues nos colgamos, y listo.

–Sí, sí, muy listo, y luego volvemos a la vida y estamos colgaos aquí tres o cuatro años, como un puto jamón. Tiene que ser algo más drástico. Tenemos que reventarnos la cabeza.

–Pues como no sea con un tiro no se me ocurre como, y aquí en casa lo más parecido a una pistola que hay es mi secador…

–¿Y si nos tiramos por la ventana? Estamos en un cuarto piso, nos partimos la crisma fijo.

–Sí, pero luego nos van a comer el cadáver esos hijos de puta hambrientos… preferiría dejar nuestro cuerpo aquí dentro si fuese posible…

–Joder, tienes razón. Entonces, ¿qué podemos hacer?

Los dos amigos meditaban acerca de formas de suicidarse en las que la cabeza del usuario quedase hecha polvo. Habían pensado darse golpes mutuamente con sartenes, pero al primer intento ya quedo demostrado que no iba a salir bien. No se les ocurría nada hasta que Juan dijo:

–Oye, ¿sabes qué pasa si pones un huevo en el microondas?

–Que si cierras la puerta te pillas el otro huevo.

–Ja, ja, muy gracioso. Me refiero a un huevo de gallina, ¡joder!

–Pues no lo sé, la verdad.

–¡Explotan tío! Al parecer se calienta el líquido de dentro y al aumentar la presión, la cascara no puede soportarla y ¡PUM! Explosión al canto.

–¿Sugieres que hagamos lo mismo, pero con nuestras cabezas?

–Exactamente.

–Además, podemos hacerlo a la vez, ya que tenemos este microondas y el del trastero que tenía el problema de que no giraba el plato, pero para este caso en concreto, nos la sopla el platillo.

Dicho esto, los semi zombis se apresuraron en hacer los preparativos pertinentes del suicidio antes de convertirse en zombis completos. En cuatro minutos tenían el tinglado montado. Los dos microondas sobre la mesa, con el detector de la puerta puenteado y una silla de madera en frente. Sin mustiar ni una palabra, Juan sacó su móvil y puso la canción “The final countdown”.

–Bueno, llegó la hora –empezó Juan–. Has sido un buen colega.

–Tú también. Quizás suene un poco gay, pero te echaré de menos…

–Sí que suena gay, sí, pero no tienes que fingir delante mío, tranquilo. –A continuación se dieron un largo abrazo e introdujeron sus cabezas dentro de la máquina de suicidio. Ajustaron la potencia y el tiempo al máximo y dieron al “Start”.

Empezó a sonar el zumbido característico de los microondas, aunque en esa posición sonaba como si estuviesen dentro de un scanner–TAC.

–Joder Roberto, veo lucecitas.

–Yo también las veo, es curioso… ¿Y qué es eso que huele tan bien? Huele como a lomo…

–Sí, yo también lo noto, seguramente es tu cerebro.

–¡Ja! Es verdad… joder…me está doliendo la cabeza… demasiado… Adiós Juanito…

–Estoy igual. Me lié con tu hermana en segundo de ESO.

–¡Pero que coj…! –instantáneamente después se escucharon dos explosiones casi simultaneas. El sonido fue muy característico e irrepetible, una mezcla de cuando se pisa un paquete de zumo y cuando se tira una hamburguesa sobre una parrilla caliente. Por las orejas de los dos jóvenes salieron despedidos una papilla de sesos, sangre y hueso que dejaron un curioso dibujo en la pared. Un segundo después, mientras aún seguía sonando la canción, los cuerpos sin vida de los dos jóvenes se desplomaron al suelo. El buenazo de Juan se llevó el microondas con él, quedándosele como un casco de astronauta.

Do-Not-Microwave-Head

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