Capítulo V

Capítulo 5. God bless America

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A continuación tenemos la historia de Brat Pidd. No, no es el actor de auténticos éxitos cinematográficos como “El club de la lucha” o “Snatch”, ni de auténticos zurullos multimedia como “El árbol de la vida”. Es otra persona. Pero se le parece.

Brat llegó a Boston, Massachusetts, a bordo de un navío militar. Se trataba de un portaaviones CVN–65, conocido como el Enterprise. Medía 342 metros de largo, el mayor buque de guerra de la armada estadounidense. En la cubierta cabían perfectamente más de 70 aviones y helicópteros, pero debido a las circunstancias apenas tenía 20 vehículos sobre él. Contando una caravana de churros.

La situación en Boston no era mucho mejor que en la del resto del mundo, la plaga había alcanzado el continente americano incluso antes de llegar a Castellón. Ciertamente los militares americanos habían sabido controlar a los gules bastante mejor que sus homólogos valencianos, aun así las pérdidas humanas no habían sido pocas.

Y era allí en el Enterprise donde se estaba teniendo la discusión más acalorada de todo el hemisferio norte. En el camarote 4558 se encontraban Brat y su mujer Karen.

–No me lo puedo creer, ¡maldito hijo de puta!

–Tranquilízate, cariño, te prometo que esto tiene una explicación.

–¡Pues claro que la tiene, que tengo más cuernos que todos los renos de Papa Noel juntos! ¿Sino cómo demonios es posible que tengas gonorrea, sífilis, ladillas, herpes, tricomoniasis, clamidiasis e incluso un par de enfermedades que ni siquiera el doctor sabe cómo se llaman?

–Cariño, te lo puedo explicar, es por los zombis, estos no muerden a los enfermos, por eso me inoculé todos esos virus. Para poder volver aquí, contigo. –En este punto Karen se quedó mirando a su marido a los ojos. Podía ver el miedo en ellos, pero también se intuía que lo que el pequeño bastardo decía era cierto. O al menos en parte.

–Bueno, pongamos que te creo y que tienes razón en lo de que los no muertos no atacan a los enfermos. Entonces explícame por qué demonios tienes marcas de arañazos en la espalda.

–Los zombis, cariño, los zombis.

–Los zombis no, los cojones. ¡Lo que tienes en la espalda son arañazos de furcia! –El cabreo de Karen no hacía más que aumentar y cada vez Brat estaba más expuesto. Ya no sabía por dónde escapar.

–Cariño tienes que entender que durante una batalla pueden aparecer heridas de lo más extrañas, como los arañazos de mi espalda.

–¿Y qué hay del olor a perfume en tu ropa? ¿Es que ahora los putos zombis se ponen colonia para salir?

–Cariño, eso es debido al abrazo que nos dimos antes de irme, te abracé tan fuerte que el perfume ha estado conmigo todo este tiempo.

–¿Durante dos semanas?

–¡Ya ves! ¡Luego dirás que no te compro buenos perfumes!

En este punto el semblante de Karen se volvió oscuro y tenebroso, como el de un asesino en serie justo antes de rematar a su víctima.

–Te juro, Brat, que te voy a cortar los huevos mientras duermes.

–Cariño, deberías tener en cuenta que todo lo que hago lo hago para salvar a la humanidad, para encontrar alguna forma con la que combatir a estas bestias. ¡El fin justifica los medios! –Aquí Karen, que era patriota hasta la medula, supo ver que su marido tenía cierta razón. El bien común debía de quedar por encima del bien individual. Obviamente el cabreo no se le había pasado de buenas a primeras, pero hizo un esfuerzo para contener toda esa ira homicida. Entonces se acercó a su marido, le dio un fuerte abrazo y le dijo al oído:

–Como vuelvas a venir con algún “recuerdo” de estos te juro que hago embutidos con tu cadáver.

–Gracias por ser tan comprensiva, cariño –contestó Brat al tiempo que le daba un beso en la frente a su mujer–. Mañana partimos a una nueva misión en busca de supervivientes y para comprobar la efectividad de nuevos virus. Iremos a España, a la Costa del Azahar.

Al escuchar la palabra España un flashback llego a la mente de Karen. Recordaba perfectamente un episodio de “Americanos por el mundo” en el que salían multitud de inmigrantes estadounidenses asentados en España. Recordó también la clase de ambiente que había en este país, sobre todo en las zonas de costa. Justo en el instante en el que Karen iba a prohibir tajantemente a su marido aventurarse en dicha expedición entro por la puerta un joven alto y musculoso con uniforme militar  y con una sonrisa de oreja a oreja. Llevaba en sus manos una toalla y una botella de aceite de masaje, dispuesto a relajar cualquier tipo de tensión de la señora Pidd.

–Hola cariño, mira que te … –dijo el joven mientras entraba por la puerta–. ¡Hombre! Hola, señor Pidd, eh… ¿qué tal todo?

Una mirada inquisidora de Brat atravesó a la indefensa Karen en busca del mínimo signo de inseguridad o mentira y le preguntó:

–¿Esto tiene alguna explicación?

–¡Por supuesto! ¿Qué te has creído? Charlie es el mejor masajista de toda la nave, y le he dicho que venga hoy para que te ponga la espalda en su sitio antes de que te vayas de nuevo. –Los ojos de Karen no mentían, por lo que Brat se sintió terriblemente mal por haber desconfiado de su esposa.

–Lo siento cariño, eres un sol.

–Bueno, os dejo solos. –Después de despedirse, la ejemplar esposa abandonó la habitación y justo antes de cerrar la puerta, llamo la atención del joven y le dijo en tres gestos “Mañana, ok. ¡Ñaca, ñaca, bum, bum!

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