Capítulo VI

Capítulo 6. Y al tercer día…

El sol entraba por la ventana del comedor frenado en gran parte por las sucias cortinas. En la calle se escuchaban gritos de forma intermitente, y a diferencia de otros días había un sonido de fondo, como un jadeo, un suspiro. Era el sonido de los centenares de zombis circulando por las calles, dejando salir suavemente el aire de sus pulmones. Algún que otro zombi dejaba salir el aire demasiado rápido y sonaba como un eructo, pero no rompamos el clima siniestro todavía.

En la casa de Juan y Roberto todo seguía igual. Habían pasado ya más de 12 horas, y los cuerpos sin vida de los dos jóvenes seguían en la misma posición, tirados en el suelo con los ojos cerrados.

De pronto, Juan abrió los ojos. Se incorporó y se liberó del microondas/casco. Sin mediar palabra se arrastró a gatas hacia la cocina en busca de algo que llevarse a la boca. Se sentía hambriento. Le apetecían hamburguesas poco hechas, albóndigas crudas, longaniza seca… pero no tenían nada de eso en casa. En su lugar encontró una bolsa de patatas de su marca preferida, la cogió y se la llevó al sofá. Le costó bastante abrir la bolsa, pero al final lo consiguió usando los dientes. Empezó a comer el crujiente aperitivo, pero se dio cuenta en seguida que este no saciaba su apetito. Al mismo tiempo, encendió la televisión y la videoconsola y se dispuso a echar una partida al juego de coches que tanto le gustaba.

Debido al alboroto provocado por Juan, Roberto se despertó. Adopto la misma posición gatuna que su amigo al despertarse y se arrastró hasta su compañero mientras de su boca salía un sonido aterrador, una especie sonido croante, gutural, como el de la famosa película japonesa de terror. Alcanzó en pocos segundos el sofá y logró incorporarse hasta alcanzar justo la altura necesaria para dejar caer su culo sobre el sofá.

05-couch

–Ostia puta, que resaca llevo –dijo Roberto–. ¿Qué demonios bebimos ayer, tío? No recuerdo cómo llegamos a casa.

–No grites, leches, que no estoy sordo. Yo tampoco recuerdo nada… Creo que conocimos a un par de chicas, pero nada más… ¿Hay aspirinas o algo?

–Supongo que sí, ahora cojo un par y nos las tomamos… ¡Joder que mala cara tienes, chaval, jaja, pareces un puto muerto! –Juan, que no había apartado la mirada del televisor durante toda la conversación, se giró a mirar a su compañero.

–Mira quien fue a hablar, tú mismo estás más blanco que Casper. Además tienes… carne picada sobre los hombros, tío. ¿Te pusiste a cocinar anoche? ¿Tan pedo ibas? Trae un poco de eso que me acaba de dar un antojo –dijo Juan mientras se metía un pellizquito de esa carne en la boca–. ¡Hmmmmm, riquísimo! ¿Tienes más por ahí?

Lo extraño de la situación es que lo más parecido a cocinar que hacia Roberto era prepararse un vaso de leche con cacao. En cuanto a comida se trataba siempre prefería la ya preparada, calentar al microondas (benditos microondas), pedir una pizza, kebab, etc. Por eso le pareció muy raro haberse puesto a cocinar, por mucho alcohol que hubiese ingerido. Pasó su mano por su otro hombro, y descubrió más carne picada. En este punto, abrió verdaderamente los ojos, pues hasta entonces los tenía abiertos al mínimo para que no le molestase la luz. Identificó en un segundo la carne como sesos, carne del cerebro, y al mismo tiempo un sentimiento irrefrenable de apetito le incitaba a comer esta carne, o cualquiera siempre que estuviese poco hecha.

Y entonces recordó. Recordó todo lo sucedido la noche anterior. Los tequilas, las dos chicas que conocieron, el vagabundo, la joven que murió y volvió a la vida en el portal de casa, y el suicidio con los microondas. Era evidente que este no había salido del todo bien, dado que aún estaban vivos. Porque… estaban vivos, ¿no?

Lentamente y con las manos temblorosas Roberto llevó sus dedos índice y corazón hacia la yugular esperando encontrarse el pulso.

No encontró nada.

Básicamente porque con el tembleque se había metido ambos dedos en la nariz. En su segundo intento colocó sus dedos en la posición correcta.

De nuevo, nada.

Esperó unos larguísimos segundos antes de dar su veredicto final. Definitivamente no tenía pulso. Su corazón no latía. Sin pedir permiso repitió el procedimiento en el cuello de su compañero obteniendo el mismo resultado.

–¿¡Oye pero que haces!?

–Juan, ¿recuerdas algo de lo de anoche?

–¡Te he dicho que no, pesado!

–¿La palabra zombis no te refresca la memoria? –Y entonces el melenudo también recordó. La expresión de su cara fue todo un poema, como si acabase de enterarse de que los reyes, el ratoncito Pérez y las tías buenas de las revistas no existiesen. Se quedó con los ojos abiertos como platos durante varios segundos, reviviendo en su mente todo lo ocurrido la noche anterior.

–¿Deberíamos estar muertos, no, colega? Metimos la cabeza en el microondas hasta que nos estalló el cerebro. No soy forense, pero me parece un motivo más que suficiente para morir y permanecer en ese estado durante un largo tiempo.

–No entiendo nada, pero tengo un fuerte apetito de carne cruda y aun así puedo pensar, recordar, sentir… No tenemos el perfil típico de los zombis de las películas.

–Quizás los zombis de la vida real tienen sentimientos, no tiene que ser todo como en las películas de Romero o como en las aventuras del gallego ese.

Estuvieron unos segundos en silencio, pensando en todo el torbellino de acontecimientos que les acababa de ocurrir, pensando en cómo iba a cambiar el mundo tal y como lo conocían, en sus seres queridos…

–Oye Roberto, estoy algo preocupado por mi madre, la pobre está sola en medio de una movida como esta… no puedo ni imaginarme por lo que debe estar pasando…

–¡Dios! ¡Teresa! ¡Tengo que ponerme en contacto con ella, necesito saber que está bien!

–¿La primera persona en la que piensas en ir a visitar es a tu ex? ¿Pero qué coño te pasa, tío? ¿Qué hay de tus padres? –Lo cierto es que Roberto no solía pensar mucho en sus padres. Es decir, recordaba perfectamente que de pequeño le regalaron algún que otro juguete y eso lo tenía en cuenta, pero últimamente su relación se basaba en un intercambio de palabras cordiales por teléfono los sábados por la tarde y la recepción de un donativo económico que hacía girar la poco materialista vida de Roberto.

–¡Vaya! Es verdad… pero bueno, no te preocupes, están en el pueblo y allí son cuatro gatos. Seguramente estarán mejor que nosotros, aun así no sería mala idea llamarles.

Dicho esto, ambos colegas cogieron sus respectivos móviles y llamaron a sus respectivos padres, respectivamente, claro. En ambos casos el resultado fue el mismo, la red estaba saturada. Descartaron la opción del contacto vía guassap, puesto que sus padres vivían en la edad media en cuanto a tecnología móvil se refiere. Pero esto mismo les dio la idea para intentar ponerse en contacto con ellos. Utilizarían un artefacto arcano, antiguo como el mismísimo tiempo y que el conocimiento de su uso había quedado enterrado en lo más profundo de la mente del ser humano. Así es, hablamos del teléfono fijo.

telefono-telefonica-forma-multiservicio-excelente-estado_a1c63611b85d7250acda5913cc612116

–¿Diga?

–Hola, madre –dijo Roberto–. ¿Estáis bien papa y tú?

–Claro, cariño, ¿qué te pasa? Te noto algo alterado. –Roberto estaba imaginando como contarle a su madre que su querido y único hijo estaba más muerto que vivo y que en cuestión de días  la mayor parte de la gente de su pueblo iba a correr la misma suerte, pero no se le ocurrió nada. Si le decía la verdad, lo más probable es que pensase que su hijo estaba drogado (como de costumbre) y que alguien (ella) debía ir a verle a su piso y darle ánimos (dos ostias bien dadas). Por esto Roberto optó por una solución más sencilla y que le había dado buenos resultados en el pasado. Mentir.

–Verás, se ha detectado una especie enfermedad nueva, y está contagiando a toda la ciudad por lo que vamos a permanecer aislados aquí un tiempo. Vosotros deberíais hacer lo mismo, id a comprar provisiones y encerraros a cal y canto en casa.

–¿Una especie de epidemia, dices?

–Si mama, la cosa es muy seria, los servicios aquí en la ciudad se han colapsado, por lo que estamos solos ante el peligro, debemos escondernos también.

–Ven aquí con nosotros, hijo, aquí estarás más seguro.

–Lo sé mama, pero no puedo arriesgarme a salir a la calle, si me contagio por el camino y os lo llevo a casa… –En este punto la vena sensible estaba a punto de traicionar a Roberto, tenía bastante claro que probablemente esta era la última vez que hablaba con sus padres. En esos instantes lo que más deseaba el joven era irse corriendo con sus padres para que le consolasen y le cuidasen pero sabía perfectamente que ya era demasiado tarde para él–. Mama, te tengo que dejar, Juan tiene que llamar a su madre también, así que… dale un abrazo a papa de mi parte y recordad que os quiero…

–Nosotros también te queremos hijo, quédate en casa y cuando todo esto haya terminado simplemente vienes aquí a tu casa que te estaremos esperando.

–Vale, mama, un beso, chao.

–Adiós, hijo, adiós.

Estas últimas palabras de su madre resonaron en la cabeza del joven durante varios segundos. –¡Trae pa’ ca, que me toca a mí!

Durante la conversación de Roberto, Juan había estado a su lado escuchando y se había estado poniendo cada vez más y más nervioso y a medida que la conversación se volvía más sentimental él se acordaba más de su pobre madre.

Roberto estuvo embobado unos instantes, imaginándose la suerte que podrían correr sus padres en los próximos días y semanas hasta que Juan le hizo volver al mundo real.

–¡Oye, no lo coge! ¡No lo coge!

–Pero tío ten paciencia, tiene que descolgar, solo dale tiempo.

–Es la tercera vez que la llamo… le ha pasado algo, le ha tenido que pasar algo…

–No sé, tío, pero si quieres podríamos intentar llegar a Benicassim, su casa está a solo quince minutos en coche… –Mientras escuchaba esto a Juan se le ocurrió asomarse por la ventana. Vivian en una calle de una sola dirección y estaba llena hasta arriba de vehículos. En algún tramo incluso había cuatro coches apelotonados uno al lado del otro, formando una improvisada barricada que bien podía proteger contra los no muertos, pero resultaba un obstáculo insalvable si querían circular en coche por la ciudad. Rápidamente se le ocurrió que esta imagen seguramente se repetía en muchas calles de la ciudad, y muy probablemente en las vías de entrada y salida. Moverse en coche iba a resultar muy complicado. Por otro lado podía ver a unos pocos seres, imposible confirmar si humanos o no, pululando por la calle. En el edificio de enfrente la mayoría de las persianas estaban bajadas, las cortinas echadas y solo en un par de viviendas podían distinguirse siluetas al otro lado.

–¡Tenemos que ir a ver a mi madre, colega, no puedo quedarme aquí sin hacer nada!–

–Estoy de acuerdo contigo pero antes deberíamos ir a hablar con algún vecino, a ver si puede contarnos algo acerca de que ha ocurrido todo el tiempo que hemos estado inconscientes. Vayamos arriba a ver a Paco.

–¿A Paco? ¡Pero si es un fracasado que no sale nunca y sigue jugando a la pley uno a sus 45 tacos!

–Pues por eso, seguro que se ha quedado en casa toda la noche y con un poco de suerte estará vivito y coleando.

dscn1466fw4

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s