Capítulo VII

Capítulo 7. Self service

Seguidamente se dirigieron al quinto piso, a casa de Paco. Este siempre llevaba gafas de pasta negras y una extraña perilla mal recortada. Era un señor calvo, bueno, no calvo del todo, simplemente la coronilla le alcanzaba la frente pero no el pescuezo. En fin, que tenía poco pelo. Físicamente tenía una robustez envidiable para tiempos de hambruna. Si no fuese evidente que era un hombre, podría confundirse con una mujer embarazada, tanto por la barriga como por los pechos. A pesar de tener ya más de 40 años vivía todavía con su madre, según él, porque ella no podría soportar que su hijo abandonase el nido. La realidad era que Paquito no sabía ni freír un huevo ni mucho menos como plegar unos calzoncillos. Era más inútil que el blanco de la caja de plastidecor. Pero a pesar de todos sus defectos, tenía algunas cosas buenas. Era el afortunado poseedor de más de 500 juegos de videoconsolas retro, desde las primeras generaciones de nintendo hasta la primera pley y no se cansaba de invitar a sus vecinitos de abajo para darles una paliza a cualquiera que fuese el juego que escogieran.

–¡Paco! ¡Somos los de abajo, Juan y Roberto! ¡Ábrenos! ¡Necesitamos ayuda!

Tardaron un buen rato a contestar al otro lado, justo cuando ya iban a irse alguien contestó.

–¿Quién es? –dijo Paco con voz temblorosa.

–Somos Juan y Roberto, ábrenos tío que no sabemos qué ha pasado.

La puerta se abrió rápidamente y el anfitrión los metió hacia adentro de un tirón y cerró la puerta con un fuerte golpe. Una vez dentro pudieron ver a Paco. Tenía unas ojeras muy marcadas, la cara empapada en sudor, y se asombraron al descubrir que estaba armado con una escopeta.

Fue curioso ver como la estructura elemental de la casa, los tabiques y las puertas, eran idénticos a su propia casa. La diferencia residía en los detalles. Detalles como las fotos antiguas de familiares, las piezas de visillo decorando la cabeza de los sillones, las figuras religiosas, o como los dos o trescientos toros de juguete acompañados de unas alegres muñecas sevillanas que abarrotaban todas las superficies horizontales que había disponibles.

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–Pero chicos, ¿cómo no os habéis enterado del follón que ha habido hoy? ¡Si llevan escuchándose gritos en la calle toda la mañana!

–Anoche… nos quedamos jugando al WoW hasta muy tarde, y nos hemos despertado hace un rato.

–¡Pues no os lo vais a creer, pero creo que ha estallado otra guerra civil! Gritos, disparos, sirenas, el caos se ha apoderado de la ciudad. ¡Mi madre! Mi pobre madre ha sido atacada esta mañana al ir a comprar el pan. Un salvaje le ha dado un mordisco en la mano y casi se la arranca. Menos mal que ha logrado llegar hasta aquí. He llamado a una ambulancia para que viniesen a curarle la herida, pero claro, con todo esto de la guerra y tal pues no me han hecho ni puto caso. Le he puesto un vendaje y un poco agua oxigenada y punto.

En este instante los dos jóvenes se miraron mutuamente diciéndose que la pobre madre de Paco ya estaba infectada.

–¿Dónde está tu madre?

–Está en su cuarto, aún no ha salido a hacerme la comida, pero bueno, entiendo que quizás esté un poco cansada y asustada, así que hasta la hora de la cena no voy a hacer que se levante. ¿Vosotros no tenéis hambre?

Y lo cierto era que sí que tenían hambre. Nada más entrar en la casa, habían empezado a notar una sensación nueva para ellos, una mezcla de hambre y tener mono de droga, que en un principio no era muy fuerte, pero a cada minuto que pasaba se hacía más y más grande. Juan llevaba unos minutos embobado mirando el cráneo reluciente de Paco. Se le hacia la boca agua, aunque él no sabía muy bien por qué. Mientras el soltero de oro explicaba sus posibles causas para el estallido de la “guerra”, la mente del joven melenudo se iba abstrayendo. Como si fuesen dibujos animados, empezó a visualizar que la cabeza de Paco era una lata de conservas. Se trataba de una lata llena de deliciosa mermelada de moras que tanto le gustaba desde pequeño. Tenía que conseguir abrir esa lata como fuera, ¿pero cómo? No tenía ningún abrelatas ni herramienta similar a mano, pero necesitaba abrir esa lata, ¡YA!

Dio un rápido vistazo a su alrededor y deslumbró un atizador cerca de la chimenea, donde descansaban cuatro toros de osborne y tres toritos de terciopelo. Con la mente totalmente en blanco se dirigió hacia el instrumento de metal, lo agarró fuertemente y cargó el brazo dispuesto a propinar un soberbio revés a la lata de mermelada. En ese instante, volvió a la realidad y pudo ver a su amigo mirándole con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta. Juan se sintió avergonzado por haber sucumbido a sus instintos más primarios, pero al ver dubitativo a su amigo, Roberto empezó a mover la cabeza de arriba abajo, asintiendo como un loco, o como si le hubiese dado un ataque epiléptico. Su colega al verle sonrió y dejó ir toda la tensión acumulada en su brazo.

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El pobre Paco perdió el conocimiento así como la tapa de los sesos en un instante. El cuerpo se desplomó como un árbol, desparramando gran parte de la masa encefálica por el suelo. Totalmente fuera de sí, los dos jóvenes se lanzaron a saciar su apetito, engullendo como patos la carne cedida amablemente por su ex–vecino. Tardaron escasos minutos en limpiar el cráneo de todo resto de aquel exquisito manjar. Habiendo desatado su hambre voraz, se lanzaron a por las otras partes del cuerpo. Roberto forcejeo un rato con el brazo derecho del improvisado primer plato hasta que consiguió arrancarlo de cuajo, hincándole el diente rápidamente al más que generoso antebrazo. Por otro lado, Juan dio la vuelta al cadáver y clavo el atizador en el abdomen de la víctima, abriéndose paso hasta sus tripas. Los dos invitados mordisqueaban a su anfitrión, ya no solo por el hambre que pudieran tener sino por el ansia de sangre que se había apoderado de ellos.

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Hubieran seguido comiendo hasta dejar el cuerpo en los huesos, si no fuese porque un golpe en el dormitorio cercano volvió a la realidad a Roberto. Se sorprendió al ver sus manos ensangrentadas, mordisqueando el brazo cercenado del pobre Pablo. Le sorprendió más aun ver a su amigo con la cabeza medio metida en el abdomen de su vecino.

–Juan. ¡Juan!

Su amigo no respondía, así que cogió el fornido brazo derecho del difunto y le propino a su amigo un somero bofetón. Este cumplió su efecto a la perfección pues Juan levantó la cabeza velozmente. Fijó la mirada en su amigo manteniendo el ceño fruncido y dijo:

–¿¡Ppdo quu cono hacz!? (¿¡Pero qué coño haces!?)

–Mírate, joder, que pareces un bulldog comiendo un plato de espaguetis… por unos instantes hemos perdido nuestra humanidad y nos hemos convertido en zombis…

Juan escupió los restos de carne que tenía en la boca y se quedó mirando el cuerpo sin vida que yacía en frente suyo. –Dios, lo he matado… Lo he…

–¡Tranquilízate, tío! ¡No eres un asesino! Es decir, no lo has hecho aposta, yo tampoco he podido controlarme. ¡Ha sido cosa del virus este que nos ha hecho perder la cabeza!

Los dos amigos se quedaron unos segundos consternados, viendo que quizás no habían logrado escapar de su destino como muertos vivientes hasta que otro golpe logró sacarlos de su estupor. Ambos giraron la cabeza hacia la puerta del dormitorio justo a tiempo de ver como esta se rompía por el centro, dejando pasar la cabeza de una anciana, como si se tratase de Jack Nicolson en el resplandor pero con más arrugas.

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La señora tenía múltiples rasguños en la cara, así como los ojos ligeramente ensangrentados, era más que evidente que se había convertido en un zombi. Juan busco rápidamente el atizador para defenderse de la vieja y de pronto un sonido gutural salió de los pulmones de la señora. Obviamente esto no había sido más que un jadeo para los oídos de cualquier ser humano pero tanto Roberto como Juan entendieron clarísimamente “Yo tener hambre”.

El efecto fue bastante extraño para los dos jóvenes, pues era como si de repente hubiesen aprendido alguna de las lenguas joisianas de áfrica, simplemente por arte de magia. Se miraron mutuamente de nuevo con cara de incredulidad.

–Dime que tú también has entendido eso.

–Joder sí, pero, ¿cómo es posible? ¿Quién nos ha enseñado a hablar así?

Yo tener hambre. –dijo de nuevo la vieja.

Aquí tiene un pequeño tentempié, señora, pero haga el favor de controlarse y guarde algo para la cena –contestó Juan.

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