Capítulo VIII

Capítulo 8. Benicássim, ciudad sin ley.

Juan y Roberto habían vuelto a su casa después del pequeño incidente en el piso de arriba. Su nueva condición social antropófaga les situaba en una tesitura bastante peculiar y no tenían nada claro cuál debía ser su comportamiento en el futuro. ¿Deberían dedicarse a aterrorizar a los humanos normales y a procurar el progreso de la plaga zombi, o por el contrario intentar mantener al máximo su humanidad? Por suerte, sus sentimientos y sus instintos primarios seguían intactos y estos les instaban a preocuparse por sus seres queridos.

Estuvieron varios minutos discutiendo acerca de porqué seguían vivos y de por qué no tenían el cerebro lavado como el de los zombis. Se habían encontrado ya con un par de casos normales y corrientes en los que el infectado ataca indiscriminadamente al humano intentando arrancarle la mayor cantidad de carne posible, lo normal para un zombi, vaya. Pero en su caso, la enfermedad no se había desarrollado de una forma normal.

Roberto inspeccionó a su compañero en busca de algún tipo de explicación fisiológica que arrojase algo de luz sobre el asunto y descubrió tres cosas interesantes: Lo primero que vio fue que su amigo tenía los pies planos. Un mal menor, cierto, pero probablemente debería ponerse plantillas. A continuación, utilizando un otoscopio en la oreja fue capaz de ver el cerebro de Juan. No había tímpano, ni cráneo ni nada de nada. Cerebro puro y duro. Bueno, mejor dicho puro y blando. Debido a la explosión provocada con el microondas, todo el material orgánico que había entre el tímpano y la pared lateral del cráneo había salido volando. Además, pudo distinguir como parte de ese cerebro estaba cocido. Sí, como cuando pones una pechuga a descongelar y termina cocinándose un poco.

La deducción lógica a la que llegaron nuestros protagonistas fue que, debido al aumento de la temperatura del cerebro provocado por las microondas, el virus zombi no terminó de infectar todo su cerebro humano, dejándoles en un estado meta estable entre los dos estados. A pesar de que como remedio anti infección dejaba mucho que desear, era lo más cerca de una cura que había llegado la humanidad hasta entonces.

Otoscopio

Dado que tanto Teresa, la ex novia de Roberto, como la madre de Juan estaban en Benicássim, a escasos quince kilómetros, decidieron ir a comprobar si ambas se encontraban bien. Irían primero a visitar a la mayor pues vivía más cerca y dejarían la búsqueda de Teresa para el final. Esta última se había ido al pueblo acompañada de algunas amigas a disfrutar de uno de los típicos festivales musicales que tanto abundan en verano por el litoral valenciano. Probablemente iba a ser complicado encontrarla entre tanta gente, pero Roberto no entró en razón frente a los sólidos argumentos de Juan.

–Estás imbécil si crees que vamos a encontrarla, hay mogollón de peña allí, y seguramente sean todos zombis ya.– En su cabeza, Roberto imaginaba que si conseguía salvar a Teresa de las zarpas de un zombi ésta caería rendida en sus brazos de nuevo, dado que así era como ocurría en casi todas las películas.

Antes de salir a la aventura se prepararon un “equipo de supervivencia” como Frodo antes de partir hacia Moria, pero sin la cota de malla de mitril y los anillos mágicos. El equipo contenía objetos de todo tipo, útiles como una cantimplora, una linterna, un botiquín de primeros auxilios o un mechero. Por supuesto no podía faltar un arma para cada uno. Roberto había optado por un tubo hueco de metal que había por el trastero mientras que Juan había elegido un bate. Pero no un bate cualquiera, sino EL BATE. En futuras ocasiones hablaremos de este bate con nombre propio, como tiene que ser, y el lector lo identificará rápidamente gracias a la letra cursiva.

Lo que ni siquiera un narrador omnisciente como yo puede entender es para qué cojones iban a necesitar una Game Boy, unas gafas de sol con forma de estrella y el despertador, pero bueno…

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–Bueno, chaval, todo listo. Nos dirigiremos a casa de tu madre por caminos secundarios intentando no llamar la atención. Iremos en silencio, y si necesitas decirme algo inténtalo por señas –dijo Roberto–. Si nos cruzamos con alguien le ignoramos, no podemos saber si sus intenciones son buenas o malas…

Se cargaron a la espalda las dos mochilas y se dirigieron a la calle. Una vez en el portal vieron los restos del encuentro con su primer zombi desperdigados por el suelo. Juan en un principio temía encontrarse al otro lado de la puerta a la hija de puta que le había arrancado un trocito de pierna hasta que se le ocurrió que sería muy divertido reventarle el cráneo con el quita–manías. Se adelantó a su compañero y abrió la puerta.

En la calle reinaba una calma absoluta, como la que viene después de una tormenta y tal. Por el suelo podían verse cantidad de objetos personales, seguramente de gente que los había perdido en la huida. Se podían encontrar cosas normales, como zapatos, cazadoras, bolsos, teléfonos móviles, o cosas más peculiares como un fuet, un melón, una pala, una guitarra… Algunas personas habían tenido que huir de sus casas y se habían llevado los alimentos y armas más originales.

Un par de calles más tarde encontraron al primer zombi. Era un chico joven, seguramente estudiante de la universidad. Alto, moreno, delgado… quizás un par de días antes alguna jovencita le hubiese considerado atractivo, pero no ahora. No era porque le hubiese salido algún grano pajillero en la nariz, no… sencillamente le faltaba un trozo de cuello y tenía el ojo derecho colgando.

Los dos jóvenes se la acercaron con curiosidad y cautela, pues querían averiguar si este zombi tendría una actitud hostil hacia ellos. La madre de Paco había sido bastante amable con ellos, ignorándolos y lanzándose sobre el cadáver tibio de su propio hijo, pero en esta ocasión no había ningún cadáver fresco a la vista y la atención del no muerto se centraba totalmente en los jóvenes.

Hola. –dijo Juan en su nueva lengua.

–¡Jau! –Contesto el joven–. Tu… oler como zombi, pero mover como hombre… ¿que ser?

–Oh, perdona, soy zombi. ¿si ando así mejor? –dijo Juan al tiempo que levantaba sus brazos en posición horizontal, ejecutando a la perfección la típica pose de zombi de película de serie B.

–Sí, mucho mejor. ¿Tu ver algún humano? Tener más hambre que perro de ciego.

–Eh, no tío, tampoco hemos comido nada, vamos a dar una vuelta a ver que vemos.

–Bien, si ver algo tu avisar.

Nuestros protagonistas llegaron hasta las afueras sanos y salvos. Por el camino se cruzaron con unos 50 o 60 zombis solitarios más, simplemente cuando se encontraban con uno arrastraban un poquito los pies y de esta forma ninguno de ellos les hizo el más mínimo caso. De seres humanos normales y corrientes, ni rastro. Les extrañó el hecho de encontrarse tan pocos zombis sembrando el terror por la ciudad, ya que en las películas suelen haber hordas de zombis hambrientos dispuestos a perseguir a cualquier aventurero desafortunado que se cruce en su camino. En cambio en Castellón las calles estaban desiertas. Únicamente se observaba movimiento, y muy esporádicamente, en los pisos. Al parecer la gente se había atrincherado en sus casas y pretendían permanecer así hasta que todo se calmase, a base de botes de conserva, agua embotellada y partidas al monopoly.

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Caminaron varias horas bajo la luz de la luna por una carretera secundaria. Si bien en las afueras el ambiente era más tranquilo, la imagen que se presentaba ante ellos era bastante desoladora. En los arcenes cada 600 o 700 metros había algún vehículo que se había salido de la calzada o que había sido abandonado por sus ocupantes al ver como uno de ellos se transformaba en zombi.

Tres horas y dieciocho minutos después de haber cruzado su portal llegaron al destino. La casa era un adosado, muy similar a los otros 300.000 adosados desperdigados por toda la costa mediterránea, pero con un encanto especial, proporcionado por el cuidadísimo jardín que rodeaba la casa. En él había gran variedad de plantas, de todos los colores, formas y olores posibles, incluso algunas que tenían propiedades psicotrópicas.

La marihuana era una afición común que tenían Juan y su madre. Una se interesaba más por la horticultura y el otro más por el consumo de sustancias estupefacientes. A pesar de esto, era incuestionable que este interés común había reforzado los lazos madre–hijo de la pareja, otorgándoles una mayor confianza y una sinceridad que muchas madres envidiarían.

Juan llamó a la puerta dando tres fuertes golpes con el puño.

–¡Mama! ¡Mama abre que soy yo, Juan! –Enseguida se pudo escuchar movimiento dentro de la casa. La puerta se abrió de golpe y al otro lado apareció una señora de mediana edad cubierta con un clásico albornoz rosa.

–¡Hijo mío! ¡Entrad, rápido! ¿Qué pasa ahí fuera? He escuchado mucho revuelo en las calles últimamente, pero no me he atrevido a salir.

–Mejor, mama, no salgas a la calle en una temporada. –Aquí Juan tomó prestada la historia de su amigo, para no asustar a su madre–. Al parecer hay una enfermedad super contagiosa esparciéndose por ahí, y hay mucha gente enferma y muriendo. Tienes que quedarte aquí para no cogerla tú.

–¿Vale cariño pero, tu estas bien? Te ves pálido, ¿comes bien?

–Huy, tranquila mama, si por comer no será, no…

–¿Y aun no te has cortado ese pelo? Que pareces una chica, hijo. Me gustaría verte con el pelo cortito, como cuando eras pequeño…

–¡Mierda! ¡Mama no vuelvas al tema de siempre, que mi melena es sagrada, coño!

–Bueno, bueno, cálmate hijo, si ya sé qué harás lo que te dé la gana. De todas formas, voy a tener que salir mañana por la mañana a por comida, que si os quedáis los dos el paquete de arroz que me queda no nos durará demasiado.

–No, mama, iremos nosotros ahora mismo con tu coche. Quédate aquí y no abras a nadie.

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