Capítulo IX

Capítulo 9. De visita al super.

Después de despedirse de su madre los dos jóvenes se dirigieron al supermercado más cercano. Estaba situado frente a un pequeño parque, rodeado de solares vacíos. La verdad es que a esas horas de la noche tenía una pinta bastante siniestra, casi tanto como un colegio de primaria por la noche. El plan era estampar el coche contra la puerta de entrada o algún ventanal para abrirse camino hacia el interior del comercio, pero ya de lejos se observaba que alguien había abierto un boquete en una de las ventanas con la cabina de un camión, por lo que no era necesario destrozar el coche.

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Entraron por el hueco que había dejado el camión dispuestos a conseguir los artículos básicos que podría necesitar una persona para sobrevivir sola una larga temporada. Si bien ya habían discutido todos juntos y antes de salir qué artículos de primera necesidad debían conseguir, al no ser los primeros en llegar al lugar se encontraron con algunos productos agotados y esto les obligó a improvisar. No tuvieron problema en conseguir arroz, pasta y agua, pero fue imposible conseguir nada de proteína decente. Cogieron todo el fiambre que pudieron y se dirigieron a la sección de galletas donde terminaron de llenar la cesta. Justo cuando se dirigían a la salida se encontraron con un grupo de cuatro jóvenes. –¡Alto ahí! –Gritó uno de ellos. Se quedaron mirando mutuamente, al tiempo que una suave brisa hacia pasar una bolsa de plástico rodante.

–¡Dadnos todo lo que llevéis encima y no os haremos nada! –dijo el más alto de los cuatro.

–No queremos problemas –contestó Juan–. Buscaros vosotros mismos vuestra comida, aún queda un montón por aquí.

–No me hagas repetírtelo, melenitas, dadnos lo que llevéis. –Mientras decía esto, el joven macarrilla dejó asomar un cuchillo de cocina. No era el típico cuchillo para untar nocilla, sino que era bastante grande, de los que se usan en las películas de miedo para asesinar a jóvenes estadounidenses. A pesar de esto Juan no titubeó. Se acercó al tipo y en un movimiento rápido lanzo su mano directa al punto vital más cercano; los cojones. Lo tenía cogido por los huevos, literalmente. El contrincante se quedó rápidamente sin aire en los pulmones y se acurrucó en el suelo plegado por el dolor. Roberto se había quedado esperando la reacción de alguno de los otros compañeros, pero ninguno hizo nada. Solo uno, el de gafitas y pelo rizado había hecho un intento mínimo de ayudar a su colega, pero se había detenido al ver que Roberto le estaba vigilando.

–¿Vosotros también queréis un poco? –les pregunto Juan.

–No, no, tranquilízate, que Iván es un gilipollas, no sabe controlarse. Disculpadle. –contestó la única chica del grupo.

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Los dos zombis salieron del local triunfantes, con una sonrisa de oreja a oreja, pues había sido esta la primera disputa que ganaban en años. Por lo general se hubieran acojonado vivos ante la mera presencia de un cuchillo en una discusión, pero ahora mismo, sin tener miedo ninguno a la muerte (puesto que ya estaban muertos) parecían unos auténticos superhéroes.

Cargaron el coche con las provisiones en pocos minutos, y estaban debatiendo si entrar o no de nuevo a por más arroz, cuando escucharon un grito de mujer que procedía del interior del supermercado. Los dos jóvenes se miraron a los ojos y recordaron ese sentimiento heroico que había llenado su corazón hacía escasos minutos y no fueron necesarias más palabras. Primero asintió Roberto, y Juan le contesto con el mismo gesto. Al unísono, abrieron sus respectivas puertas del coche y se montaron, se colocaron el cinturón y arrancaron el coche dispuestos a abandonar el lugar fugazmente. Justo al pasar por delante del súper, se les abalanzo sobre el capó la chica de antes.

–¡Socorro! ¡Dejadme entrar!

Juan le hizo un gesto rápido con la cabeza, indicándole que entrase detrás. La joven abrió la puerta y esperó unos instantes a que llegasen sus compañeros. Esperó al ricitos con gafas y al rubio, pero del macarra nada se supo.

–Oye, ¿y el macarrilla ese de antes?

–Tranquilo que ese no vuelve a molestarnos, se lo han merendado entre los dos zombis que han salido del almacén. –Juan arrancó de nuevo, en dirección a casa su madre.

–¿Sois de aquí? –pregunto la chica.

–Sí, de toda la vida. ¿Vosotros?

–Yo sí. Este tipo rubio, Rubén, estudia aquí pero su familia vive en Tarragona. El de gafas vive en el mismo bloque de apartamentos que yo, es un colega de la infancia, se llama Carlos. Ah, y yo soy Bea.

–Encantado, Bea. Soy Juan y este es mi colega Roberto. ¿Habéis visto muchos zombis? ¿O como os habéis enterado del estallido de la infección?

–¡Por twitter tío! –contestó Carlos-. Las redes sociales llevan unos días soltando humo, incluso había gente que subía fotos de presuntos infectados. Alerté a mis colegas y los que me creyeron nos unimos en un grupo. El plan era… –Bea le corto con un golpe seco en el costado.

–Vale, vale, entiendo que no quieras contárnoslo, hemos dado un espectáculo un poco triste ahí dentro, nosotros no somos como tu colega. Nuestro plan es dejarle las provisiones a mi madre y luego nos dirigiremos al camping del festival, a encontrar a la ex de éste.

–¿Vais al festival? Tenéis que llevarnos, por favor, mi hermana está allí, íbamos a ir a buscarla también –dijo ahora Rubén–. No os cuesta nada acercarnos, por favor.

Juan miró de nuevo a su compañero, y ambos asintieron.

–Vale, pero antes pasaremos por casa a dejar las provisiones.

Aparcaron malamente en la puerta de casa, y antes de bajar del vehículo pudieron ver que la puerta de la casa estaba abierta. El corazón de Juan se encogió como el cerebro de un espectador de Telecinco. Corrió hacia dentro de la casa gritando el nombre de su madre, esperando no encontrársela en el suelo rodeada de un charco de sangre y con alguna mordida en el cuerpo.

Pero lo hizo.

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