Capítulo XII

Capítulo 12. Empuja Cariño, empuja.

El estruendo provocado por el colapso de la estructura puso en alerta a todo el mundo. Bajaron rápidamente al piso inferior donde se encontraron con un panorama desalentador. Se había desmoronado la pila de trastos que bloqueaba la puerta, y un par de zombis habían conseguido introducir el brazo por el hueco de la puerta.

-¡Corred, hay que hacer presión para que no entren!

Todos se lanzaron sobre el montón empujándolo en dirección a la puerta. No pudieron hacer retroceder a sus asaltantes, pero por lo menos no les iban a permitir avanzar un milímetro más.

Estuvieron manteniendo la posición durante más de 15 minutos, presionando la muralla hacia la entrada, escuchando solamente a los no muertos gimiendo tras la puerta, hasta que por fin Juan rompió el silencio.

–No podremos salir nunca de aquí. Los zombis no se cansarán nunca.

-Joder, ya lo sabemos pero, ¿tienes alguna idea mejor?

Pues de hecho sí que la tenía. Hacía ya varios minutos que se le había ocurrido un plan para alejar a los no muertos de la puerta, pero le faltaba la motivación. Esta llegó tras estar observando a Bea. Recordó como había arriesgado su vida por vengar la muerte de su amada madre, se terminó fijando en la belleza de su figura llena de curvas y empezó a sentir sentimientos que hacía tiempo que solo le provocaban ciertas marcas de cerveza.

-Voy a intentar llevarme a esos bichos de aquí. No sé si funcionará, pero como mínimo os proporcionará unos segundos para lograr escapar. Así que estad atentos al claxon.

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

-Claro que no, Roberto. Pero no puedo dejar que muráis aquí. -contestó mientras cruzaba su mirada con la de Bea.

–Ten cuidado. -le advirtió la muchacha.

Un par de minutos más tarde, Juan se había sentado sobre el alfeizar de la ventana del segundo piso, y observaba a los zombis correteando a sus pies. La caída era importante para un cuerpo humano, pero confiaba en que los no muertos actuasen como una colchoneta y frenasen en cierta medida la fuerza del impacto. Pero por si acaso, se sacó del bolsillo del pantalón una pitillera con una hoja de marihuana dibujada que había recogido de casa de su madre antes de salir hacia el súper. De su interior, como es esperable, no salieron piruletas, sino porros de una calidad envidiable. Probablemente este sería el último peta que se fumaba en la vida y por si no fuera poco, no tenía claro si estando muerto los efectos de la marihuana serian apreciables. Se colocó el pitillo en la boca, encendió su mechero de “Quintos de Vall d’Alba” y dio una profunda calada. No sintió nada. Repitió el proceso de nuevo pegando una tremendísima calada, que consumió prácticamente un tercio del petardo.pitillera-bob-1-500x500

 De pronto empezó a notar algunos efectos, pero que en absoluto relacionaba con el consumo de marihuana. Por lo pronto, sus pupilas se dilataron al máximo. Su visión nocturna se perfeccionó hasta el límite que el ojo humano permite. Parecía que tenía la visión de “Predattor” con sensibilidad para detectar el calor humano y todo. Además su sentido del olfato y oído se vieron amplificados enormemente, pudiendo oler desde lo alto de la ventana el tufo que desprendía el camión de pollos abandonado. Y era precisamente allí donde se dirigía.

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Pero de repente, llegó la euforia. Sintió el mayor subidón de adrenalina de su vida, unida a la necesidad imperiosa de saltar, correr y patear como un loco. Sin pensarlo ni un segundo salto de la ventana aterrizando sobre el abdomen de una pobre zombi flacucha, provocando que esta se partiese en dos.

–¡Cabrón!–gritó la putrefacta víctima.

Al escuchar que la zombi le recriminaba su acción, Juan le arreó un fantástico golpe con el empeine derecho, que arrancó de cuajo la cabeza a la no muerta y la lanzó más de diez metros en el aire.

Sin dejar que el resto de zombis se preguntase que demonios acababa de ocurrir, se dirigió hacia el camión de pollos. No le siguió ningún infectado hasta allí, por lo que no tuvo problemas en alcanzar su objetivo. El éxito del plan dependía en parte de que el camión tuviese las llaves en el contacto, y por una vez tuvieron suerte. Allí estaban. Arrancó el vehículo y lo bajó de la acera. Juan seguía en su punto máximo de júbilo, por lo que no hace falta decir que el camino de vuelta lo hizo con el acelerador pisado hasta el fondo, atropellando tiendas de campaña, zombis solitarios y demás obstáculos que se iba encontrando. Finalmente arremetió contra el grupo de zombis que había justo enfrente de la puerta de la caseta, barriéndolos con el camión como el que limpia las migas de la mesa. Dio un par de toques al claxon y gritó:

–¡Ha llegado el camión de la carne podrida, señora! ¡Directamente a la puerta de su casa! ¡Carne podrida!

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Para los zombis este camión era como el del repartidor de helados de las pelis americanas, con musiquita y todo. Juan arrancó de nuevo y todos los zombis que aún se podían mover comenzaron a seguirle. Se alejaba de la casa con ritmo calmado para que los zombis no le perdiesen de vista, dirigiéndose a la gasolinera más cercana.

Roberto y Teresa observaban la escena desde la ventana por la que había saltado Juan minutos antes. A pesar de todo el empeño que había puesto su amigo en limpiar de zombis la caseta, un par de zombis se habían quedado merodeando en las cercanías. Roberto identificó este como su momento de gloria.

–Tranquila cariño, yo me encargo de estos.

Sin siquiera esperar una contestación por parte de su amada, saltó por la ventana como había hecho su colega solo que con un poco más de miedo y mucha menos motivación. No calculó bien la trayectoria y aterrizó en plancha sobre el suelo, dejando su nariz chafada como la un cerdito vietnamita. Para cuando se hubo levantado, el tío de las rastas se había ventilado ya a los dos zombis. Otro fracaso absoluto.

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Juan había conseguido llegar a la gasolinera y se dirigió directamente al surtidor de gasolina. La distancia con sus perseguidores era de unos seseinta metros, pero en el tiempo que estos tardaron en recorrer este tramo Juan tuvo tiempo suficiente para llenar un bidón de cinco litros y pintar sobre el asfalto una línea de combustible que llegaba hasta su posición segura. Se había resguardado detrás de una caseta de mantenimiento de la estación de servicio, a unos cien metros del surtidor de gasolina, que aún seguía soltando combustible sobre el camión. El joven que se encargaba de la gasolinera esa noche no movió un solo músculo mientras ocurría toda esta escena pues se encontraba ausente, tenía la cabeza en otra parte. Concretamente en el suelo cerca de la estantería de las papas.

Cuando todos los zombis estuvieron lo suficientemente cerca del vehículo, Juan prendió la mecha líquida que había dejado en el suelo. El fuego avanzó rápido y feroz hasta el surtidor, entrando por la manguera hasta el depósito subterráneo. La explosión hizo saltar por los aires el camión, los surtidores, la marquesina y por supuesto, a todos los no muertos como en el anuncio de Chocapic. Juan estaba sano y salvo protegido por la caseta, del fuego y de la metralla, sin ningún peligro inminente a la vista.

Pero desgraciadamente hay peligros que son invisibles. Un pequeño fragmento de estructura al rojo vivo salió despedido con la explosión, empotrándose en el depósito de combustible de un Ford Fiesta situado a tres metros de Juan. Por lo que apenas diez segundos después de la primera explosión se produjo una segunda.

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