Capítulo XIV

Capítulo 14. Buscando las piezas del puzle.

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El grupo tardó menos de cinco minutos en llegar al lugar de la explosión. El panorama era, como diría Pedro Piqueras, terrible, apocalíptico. El incendio seguía activo en los surtidores de combustible, en los restos del camión, y en la vegetación que rodeaba la gasolinera. Lo segundo que llamó la atención de los jóvenes fue el suelo. Una finísima capa de carne picada lo cubría hasta donde alcanzaba la vista, y el olor que desprendía recordaba a un famoso restaurante de hamburguesas (para ra, pa paaaa), lo cual era bastante perturbador.

–¡Juan! ¿Estás bien? –gritó Bea. Optaron por separarse en parejas para intentar buscar a su salvador y la pareja formada por Bea y Roberto fue la que terminó encontrándole. Cerca de una caseta de mantenimiento, al lado de un coche en llamas, encontraron una pierna humana. Parecía que la bota que llevaba era la de Juan. Unos metros más adelante, un brazo. Cerquita de éste, otra pierna. Finalmente, al lado de una puerta metálica, que había sido arrancada de cuajo de la caseta, otro brazo. Instintivamente Roberto aparto la puerta a un lado y allí estaba Juan. Sin brazos, sin piernas.

–¿Qué pasa, TRONCO? ¿Estás bien?

–Joder Roberto, ¿cuánto hace que llevas pensando el chiste hijo de puta?

–Me alegro de ver que sigues vivo.

–Sí bueno, relativamente… –La conversación se vio interrumpida por Bea, que observaba atónita la escena.

–¿Pero cómo puedes seguir vivo? ¿Cómo… es posible? –Los dos colegas cayeron en la cuenta de que no se habían confesado como zombis ante sus compañeros de viaje, así que los reunieron a todos en frente de los restos mortales de Juan, para contarles su historia. Básicamente les contaron del capítulo 3 al 9 obviando el pequeño incidente en casa de Paco dado que, por suerte para sus amigos, los dos zombis no habían vuelto a tener arrebatos antropófagos.

Para Juan fue doloroso recordar todo lo ocurrido, lo de su madre, lo de su amor imposible con Bea, lo de su reciente desmembramiento masivo… Cerró con fuerza los puños debido a la impotencia que sentía, a pesar de que ya no tenía brazos.

Pero a pesar de no estar conectada al tronco, la mano situada a su derecha se cerró con fuerza. Juan no pudo contener la emoción.

–Joder Roberto, que puedo mover la mano, ¡mira! –Y repitió el movimiento con las dos manos. Era increíble, como un truco de magia.

–Joder, que aún podemos salvarte. Solo tenemos que llevarte a un hospital y coserte, con hilo, grapas, y tornillos.

–Por los materiales que comentas quizás sería mejor llevarme a una ferretería.

–Sí, bueno… Mejor te llevamos al centro de salud que tendrán las herramientas adecuadas.

Desde un punto de vista práctico es innegable que la solución de la ferretería era igual o más válida que la del centro de salud, pero desde un punto de vista novelístico es indiscutible que un centro de salud abandonado a las tres de la mañana es mucho más terrorífico que una simple tienda.

Para trasladar a Juan desde la gasolinera al coche utilizaron uno de los típicos carritos del super abandonados. Nadie sabe de dónde salen, pero siempre podrás encontrar uno en tu calle un sábado por la noche. Lo colocaron dentro lo más dignamente que pudieron y se lo llevaron al coche mientras este les contaba cómo había acabado más troceado que una víctima de Freddy Krugger.

Al parecer, en el momento de la primera explosión, Juan todavía estaba bajo los efectos del THC, solo que en su fase más tardía. Esta etapa proporcionaba reflejos extraordinarios por lo que le daba la impresión de estar viendo el mundo a cámara lenta, como con el tiempo bala de Matrix. Gracias a la visión térmica, pudo ver como el trozo de metal incandescente impactaba contra el vehículo aparcado a su lado, y cuando detectó que comenzaba a arder la gasolina, intentó meterse dentro de la caseta de mantenimiento.

No le dio tiempo a entrar. Para cuando logró abrir la puerta, le sorprendió la segunda explosión. La puerta le sirvió de escudo y le salvó la vida, pero la onda expansiva lo lanzo contra un muro, situado a más de veinte metros.

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Una vez encontraron el coche, llegó el momento de despedirse. Por un lado, Teresa y el de las rastas optaron por largarse a casa de los padres de él, que vivían relativamente cerca. Por suerte, Roberto ya había desistido en su afán de recuperar a su ex novia y les dejó marcharse sin ofrecer resistencia. Por otro lado estaban Bea y Carlos. El destino les había unido hasta aquel momento por tener un objetivo común, pero Roberto sabía que estos tenían otro plan en marcha.

–Entonces vosotros dos os vais también, ¿no?

–Bueno verás, con lo que le acaba de pasar a Rubén el plan previo queda descartado. Teníamos pensado irnos con su hermana a Tarragona, dónde tienen, o bueno… tenían un barco con el que íbamos a largarnos del país, en busca de un lugar apartado donde no llegasen los no muertos. Pero ahora… se nos ha jodido el plan.

–No te preocupes, cariño, que peor que yo no estáis –siguió Juan–. Lo que podríais hacer es veniros con nosotros al centro de salud, y entre todos pensamos un plan alternativo.

La única respuesta que dio Bea fue esbozar una leve sonrisa, pero fue más que suficiente para Juan.

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