Capítulo XV

Capítulo 15. La ciencia probablemente nos salvará.

Humor-cientifico-los-anti-Nobel-2013-2

–Verás pimpollo, que podamos llegar a cambiar el pasado dependerá de la existencia o no de las paradojas temporales, y esto no lo podemos descubrir si no hacemos una serie de  experimentos.

–Vale, vale. Lo comprendo. ¿Pero estamos en disposición de realizar estos ensayos ya?

–Hay un problema. Bueno, en realidad hay muchos problemas pero prefiero juntarlos todos en uno muy gordo, y es que no sabemos nada. Desconocemos si nuestro espacio tiempo es lineal, es decir, si se ve afectado por las paradojas. Quizás si te envío al pasado lo que consigo es que acabes matando a tu propio padre y dejes de existir.

–¿Pero quién en su sano juicio haría tal cosa?

–Pues por ejemplo tú, que tonto eres un rato. Déjame terminar. No sabemos tampoco en que maldito año vivimos. Es decir, sabemos que han pasado unos veinte años desde que todo el rollo de los zombis empezó, pero no sabría cuánto tiempo hay que retroceder para mandarte al instituto CHEVIRAL para destruir el virus. Sabemos que el brote se inició en Valencia en estos laboratorios, pero no sabemos cómo coño llegó el virus hasta allí. Por no hablar de que no tengo muy claro como calibrar la máquina. Hay demasiadas incógnitas.

–Pues la única solución está en hacer pruebas, y cuanto antes empecemos, mejor.

La máquina del tiempo estaba preparada. Los flujos ortogonales de electrones de alta frecuencia estaban colocados correctamente frente a la fuente de partículas adimensionales, o putas, como prefiráis. Se trataba de un gigantesco rubí que habían conseguido saquear de una joyería local. Finalmente el rayo de partículas chocaba con un extraño material reflectante con forma de octaedro, que debía ser el responsable de generar el agujero de Runge que a su vez, en teoría, sería capaz de conectar dos puntos separados en el espacio tiempo.

Para alimentar la máquina fue necesario conectarle veinticuatro generadores. El suelo quedó cubierto por una capa de cables que confluían en el transformador de entrada de la máquina, donde la tensión era aumentada hasta los tres mil voltios que necesitaba.

–¿Todo listo?

–Afirmativo jefa, puede darle al interruptor. –En un solo movimiento la científico hizo bajar el interruptor frankesteiniano hasta la posición de encendido. Acto seguido, un zumbido ensordecedor llenó la estancia, acompañado de un chisporroteo no demasiado preocupante en la zona del transformador. Cuando la energía fue suficiente se disparó el haz de electrones. Instantáneamente apareció un plasma rojizo, del color del rubí, que danzaba de forma espectral sobre el brillante octaedro, con una ondulación hipnótica. La calidez que emanaba esta fuente de luz era tranquilizadora, como la de la hoguera de una chimenea, pero cien veces mejor.

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El experimento fue un éxito. La generación del puente de Runge era un hecho, por fin habían conseguido alcanzar su meta. Con este invento podrían viajar al pasado para evitar el brote zombi que había arrasado el mundo. Solamente tenían que lograr enviar a alguien al pasado, o hacerles llegar un mensaje y todo el desastre ocurrido durante los últimos veinte años se borraría como quien elimina el historial del explorador después de una tarde solitaria.

El caso es que, no sé muy bien por qué, al avispado ayudante le entraron unas ganas locas de tocar el plasma rojizo. No de tocarlo tal cual, pues era evidente de que no era muy buena idea, pero quiso acercar la mano a la fuente para sentir su calor. Lo que no se esperaba es que debido a las fuerzas coercitivas de anulación de positrones (nah, no lo entenderíais…) el plasma se sintió atraído por la mano del científico, de modo que el plasma saltó hacia ella, agarrándose a sus dedos. El contacto no fue doloroso en absoluto, pero provocó la desestabilización del flujo y por consiguiente, el paro de la máquina.

–¿Qué coño ha pasado?

–Uh, eh, nada… que bueno, he acercado un poco la mano al plasma y… esto… pues al parecer me ha tocado la mano.

–¿Qué mano?

–Esta, la der… –Al mostrarle la mano a la compañera ambos se dieron cuenta enseguida de que faltaban un par de dedos. La herida estaba perfectamente cauterizada, y no se advertía el menor rastro de sangre.

–¿Pero qué cojones? ¿Dónde están tus putos dedos?

Estuvieron buscándolos durante cerca de una hora, hasta que finalmente quedó demostrado que los dedos no estaban allí. Ni entonces.

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