Capítulo XVI

Capítulo 16. Hospital Central.

Los cuatro aventureros aparcaron el coche justo en frente del centro de salud, en la zona reservada para ambulancias. Se trataba de un edificio de dos plantas, blanco, rodeado por una valla no demasiado alta, pero que podía resultar muy útil en caso de asedio zombi. Entraron con cierto sigilo por la puerta principal, intentando no llamar la atención de ningún no muerto. No había signos de que hubiese zombis alrededor, pero no podían permitirse que bajar la guardia.

Largos_pasillos_oscuros,_Hospital_del_Salvador

Caminaban por uno de los pasillos cargando cada uno con alguna parte del cuerpo de Juan, cuando al pasar por delante de una de las habitaciones les asaltó el primer zombi. Carlos, que iba en último lugar, atacó al zombi con lo que tenía más a mano, es decir, los brazos de Juan. Comenzó a zarandearlos de izquierda a derecha, propinando bofetones dobles cual Clefairy. Bea reaccionó con rapidez y azotó al no muerto con la aspirina (dado que era buena para el dolor de cabeza.), que cayó al suelo fulminado.

Aún no habían recuperado el aliento cuando el segundo zombi entró en acción. Era un zombi menudo y flaco, probablemente un niño de unos diez años. Se lanzó sobre la pierna de Carlos y le hundió los dientes en sus generosos muslos. La cara de miedo y dolor del pobre ricitos no tenía precio. Estaba jodido.

Bea, que aún tenía el bate en las manos, arrojo un revés sobre el niño, errando desafortunadamente el golpe. El zombi se lanzó a por Bea como un animal salvaje, mostrando los dientes a su presa. Por desgracia para nuestra protagonista, perdió el equilibrio cuando intentaba alejarse de espaldas, al tropezar con uno de los restos desperdigados de Juan que poblaban el suelo del pasillo. El niño no dejó pasar esa fantástica oportunidad de cenar y mordió a la joven en la zona de la clavícula.

Inmediatamente después Roberto arrojo un fuerte golpe sobre la cabeza del niño, reventándola como una piñata. Pero ya era tarde. El mordisco no había conseguido arrancar nada de carne pero era más que suficiente para contagiar a Bea con el virus.

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–¡Mierda! ¡Joder! ¡Puto niño! –maldijo Bea–. Estamos jodidos, bien jodidos.

–Pu… pu… puede que no nos hayamos contagiado. Quizás seamos inmunes al virus –dijo Carlos, a pesar de que ni siquiera él se creía tal afirmación–. Podríamos esperarnos un poco, a ver si empezamos a encontrarnos mal…

–La única opción que tenéis es hacer como Juan y yo, y freír el virus que tenéis subiendo hacia el cerebro. Os quedareis en un estado de muertos vivientes, pero al menos seguiréis conservando vuestra esencia.

–Joder… ¿y qué debemos hacer?¿Cómo lo hacemos? –preguntó Bea.

–Hay que encontrar un microondas. Y rápido.

Estuvieron cerca de diez minutos escudriñando por todo el centro de salud y no encontraron a ningún zombi, ni tampoco ningún microondas. ¿Dónde coño se calentaban los tuppers los putos médicos? Finalmente, la desesperación empezó a hacer mella en la moral de los recién infectados.

–No, tío, no… no quiero ser un zombi. ¡Prefiero la muerte!

–Tranquilo, Carlos. Si no podemos frenar el virus ten por seguro que no te dejaremos vagando por las calles como si fueses un hipster buscando un Starbucks en Castellón. Acabaremos contigo de la forma menos dolorosa posible.

–Gracias Roberto, es un consuelo. Pero no hay un puto microondas en todo el edificio, ¿cómo se supone que vamos a salvarnos?

–Yo acabo de tener una idea, pero creo que no os va a gustar… –dijo Juan.

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