Capítulo XVII

Capítulo 17. Corrupción en Castellón.

Hace seis años Berto Cabra llegó al poder en la provincia de Castellón. Lo hizo de forma legítima, con votos legítimos de votantes aborregados, pero legítimos. Por desgracia para la democracia, este dirigente político utilizaba sus influencias para beneficiar a sus conocidos y familiares. Hasta aquí todo normal si hablamos de la Comunidad Valenciana.

Concretamente, uno de los beneficiados fue Pablo Pretel, conocido ingeniero industrial de la zona, dedicado a la venta de maquinaria, concretamente aparatos hospitalarios. Berto encargó a su amigo la actualización del equipamiento de todos los centros de salud de la provincia, así como de sus hospitales. Solamente pedía a cambio una miserable y bien merecida comisión.

Por desgracia para el contribuyente, a Pablo se le fue la mano equipando a toda la provincia de Castellón con equipos de presoterapia táctil, desfibriladores manuales y semiautomáticos con monitor en color (Full HD) y la joya de la familia, un escáner PET/TAC valorado en cerca de dos millones de euros. En todos los centros.

El desfalco fue de aúpa y la opinión pública no tardó en hacerse eco de la noticia. Comenzó la investigación policial y cerca de cinco años después salió la sentencia. Pablo Pretel no pisaría la cárcel, simplemente se le imponía una multa de cinco millones de euros. El acusado, muy apenado con la sentencia y reivindicando aún su inocencia, terminó pagando la cuantiosa multa. A modo de protesta pretendió hacer el pago en monedas de a euro, pero desgraciadamente el Banco de España le notificó que no había monedas suficientes en todo el país, y que quizás debería dirigirse al Banco Central Europeo para peticiones de este calibre. Finalmente y a regañadientes, extendió un cheque por el valor total de la multa desde su lujoso yate atracado en las Bahamas.

Y os preguntareis: ¿Pero esto no iba de zombis? Pues sí, así es. Este rollo venía para explicaros el por qué cojones había un escáner TAC en un centro de salud de Benicássim.

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–¿Pretendes fundirnos el cerebro con esa máquina? –preguntó Bea horrorizada.

–A ver, es nuestra única opción –explicó Juan–. Las ondas electromagnéticas del microondas tiene la misma naturaleza que los rayos X, solo cambia su longitud de onda, y en definitiva, su energía. Podríamos obtener el mismo resultado que con el microondas si reducimos el tiempo de exposición.

–Como dice Juan es vuestra única salida. O eso, o convertirse en zombi.

–Vale, lo haré. No quisiera ser una maldita zombi come-cerebros.

–Yo también. ¿Qué es lo peor que puede pasarnos? ¿Morir?

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Se dirigieron a la sala de análisis. Roberto apoyó el torso de Juan en una silla de ruedas y se lanzó a los mandos de la máquina. No había usado ninguna de estas en las prácticas de la uni, pero comprendió rápidamente como accionar el escaneo. Una vez comprobado que la máquina funcionaba, siguió las instrucciones de Juan para permitir la incidencia de las ondas sobre la cabeza del paciente.

–Tienes que eliminar las rejillas antidifusoras que hay cerca de la fuente de rayos X –explicaba Juan–. Vale, a continuación fija el tubo de salida de los rayos a la altura de las orejas.

–Vale, todo listo. Hay que empezar cuanto antes, tenemos al tiempo en contra. ¿Quién será el primero?

–¡Yo, yo! –contestó Carlos–. Me han mordido antes, por lo que tenéis que salvarme a mi primero.

–Vale. Colócate en la camilla, y pon la cabeza cerca del orificio. Esto acabará pronto.

Salieron todos de la sala del escáner y se dirigieron a la sala anexa, donde podían seguir viendo a su compañero a través de un cristal de protección. Roberto ajustó los parámetros de entrada al máximo e inició el escaneo rápidamente, sin cuenta atrás ni chorradas.

Tres segundos fue lo que tardó en finalizar el escaneo. Tiempo más que suficiente para reventar el cráneo del pobre Carlos. Y no hablamos de una explosión suave como la de Juan y Roberto, no. Esta explosión fue como si Carlos se hubiese metido un petardo de los gordos en la base del cerebro. En un instante la habitación del escáner se pintó de color rojo rosado, el color favorito de los asesinos psicópatas.

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La desinfección de Carlos fue un fracaso. El estrés emocional que llevaban encima los jóvenes les impidió derrumbarse psicológicamente en ese mismo instante, aun así el nerviosismo de la infectada restante era palpable. La pobre incluso había empezado a balancear el torso.

–Bea, pase lo que pase, recuerda que la muerte es mejor que ser un maldito zombi –le dijo Juan–. Reajustamos la máquina, y te metes tú.

Bea asintió suavemente con la cabeza, sin apartar la mirada del cadáver de su colega.

Roberto, siguiendo las indicaciones técnicas que le proporcionaba Juan, preparó el escáner para el siguiente paciente. Simplemente alejó la fuente de rayos X y acercó las rejillas para que la incidencia del rayo no fuese completa. Una vez estuvo todo listo, Bea se colocó sobre la sangrienta camilla.

–Voy a empezar, Bea. Si no volvemos a vernos, que sepas que ha sido un placer conocerte.

Como respuesta, Bea levantó la cabeza de la camilla y les dirigió a los chicos una sonrisa. Era una sonrisa nerviosa y forzada, pero hacia comprender que aceptaría el resultado, fuese cual fuese.

Roberto inició el escaneo. Colocaron el temporizador para dos segundos, y fue más que suficiente. Antes de terminar el conteo se produjo otra explosión, menor que la anterior.

Sonó como una mezcla de cuando se pisa un paquete de zumo y cuando se tira una hamburguesa sobre una parrilla caliente. Un sonido que a los chicos les resulto extrañamente familiar.

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