Capítulo XVIII

Capítulo 18. Operación, de eme be.

Volvemos de nuevo al futuro, donde teníamos a dos científicos intentando crear una máquina del tiempo con el objetivo de evitar el apocalipsis zombi.

–A ver, esto no va bien. No sabemos dónde coño han ido a parar tus dedos que, por supuesto, están infectados con el puto virus zombi. Quizás los hemos mandado a otra dimensión y nos hemos cargado la humanidad allá por la edad media… o con un poco de suerte, la máquina está mal calibrada y simplemente se han desintegrado.

–Sea como sea, quedó demostrado que para enviar a una persona al pasado vamos a necesitar muchísima más energía.

–Bien, porque paso de enviar material orgánico contaminado a otras épocas. Vamos a tratar de enviar un mensaje al pasado, pero te quiero lejos de la maquinita que tienes más peligro que Stevie Wonder pilotando un F–16.

Repitieron el procedimiento de encendido de igual manera que la última vez, con la salvedad de que ahora el ayudante se quedó sentadito en una silla al fondo de la habitación, junto a las baterías.

–Vale todo listo por aquí.

–No te quiero ver con las manos fuera de los bolsillos. Bien, procedo a mandar la nota. –Lo que hizo fue simplemente tirar la nota al plasma, como el que tira la foto de un ex novio al fuego. Acto seguido, se apagó el haz de electrones y se detuvo la máquina, justo como la última vez.

–¿Ha funcionado?

–Sí, creo que sí. Pero el hecho de que no ocurra nada, me preocupa. Tanto cuando perdiste los dedos como ahora deberíamos haber cambiado de alguna forma el pasado y consecuentemente debería cambiar el futuro, pero aquí estamos. Quizás la máquina esta no es más que el rayo láser más potente, caro e inútil del mundo… –El desánimo estaba a punto de apoderarse de la experimentada científico. La ausencia de resultados tras haber invertido tanto tiempo en el proyecto minaría la moral de cualquiera.

–Por ahora todo parece indicar que no podemos cambiar el pasado de ninguna forma, pero es que no hay discusión posible acerca de si el invento funciona o no. Seguro que lo hace. Lo has demostrado matemáticamente decenas de veces. La única pega es que no puedes esperar que cambie el pasado simplemente enviando una mensaje, sino que tienes que enviar a un ser inteligente como yo. Hay que dejarse de medias tintas, ir a todo o nada. Debes mandarme al pasado, iré al laboratorio y acabaré con el virus.

–Dejando de lado la discusión acerca de si eres o no un ser inteligente, no te negaré que tienes cierta razón en cuanto a lo de la nota. Enviar un objeto inanimado, sobre todo si no sabemos ni donde lo mandamos, es muy probable que no termine afectando a la línea temporal. En el próximo experimento lo prepararé todo para mandarte al pasado. Más te vale que funcione, porque no habrá vuelta atrás.

–Pues sí, más me vale…

De vuelta en Benicássim, los tres amigos estaban reunidos en una de las habitaciones del centro de salud. Roberto, de pie, iba ataviado con una bata blanca que había encontrado en los vestuarios mientras que Juan y Bea permanecían acostados en sus respectivas camas. Habían pasado ya cerca de doce horas desde que frieron el cerebro de Bea y todavía no había despertado. En la cama de al lado, Roberto cosía las extremidades de Juan.

–¿Por qué te pegas a ti mismo? ¡No te pegues! ¿Por qué te pegas? –canturreaba Roberto mientras abofeteaba a su mutilado amigo con sus propias manos.

–¡Oye! ¡Dejame en paz pedazo de gilipollas! Como me levante…

–¿Que vas a hacer? ¿Morderme? –La mirada que le lanzó Juan fue más que suficiente para relajar la vena divertida de su colega. – Venga, relájate. Te voy a dejar como nuevo.

– Voy a parecer el puto Frankestein…

–No te pongas así, por lo menos sigues vivo. ¡Eh! ¿Y si te coso el brazo donde la pierna y viceversa?

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–Muy gracioso. Cóseme bien y no te olvides nada por poner.

–Uf, de eso quería hablarte. Hay un problema con una de tus extremidades. No hemos podido encontrarla.

–Pero que dices, si están todas aquí. Las piernas, los brazos…

–Ya, ya… hablo de la otra extremidad, la más cortita…

–¡No me jodas Roberto! ¡Que yo sin mi pilila no soy nadie! ¿No la encontrasteis?

Pues no tío, si tuvieras el nardo de Nacho Vidal supongo que hubiésemos tropezado con él, pero…

–¿Y qué voy a hacer ahora? Tenía pensado ir hasta el final con Bea, pero no podré culminar. ¡Joder!

–¡Ja, ja! Relajate, Casanova, que sí que tienes pito. Te estaba tomando el pelo. Pero aun así no digas guarradas, hijo puta, que eso que dices es necrofilia.

–¡Uff..! Bueno, técnicamente tienes razón, pero el amor no entiende de fronteras.

–¿De qué cojones estáis hablando? –dijo Bea.

–¡Bea, estas viva!

Roberto se le acercó y le buscó el pulso en el cuello. Como era de esperar, no encontró nada, por lo que la afirmación anterior perdía su validez. Oficialmente se había convertido en una muerta viviente como sus dos colegas.

–Sí, estoy bien, y os he estado escuchando. ¡Panda de degenerados!

–Yo solo quería…

–Cállate Juan, y largaos fuera de mi habitación, necesito estar sola.

–Vale, vale. Me llevo al puzle humano a la otra habitación. Si necesitas algo, solo grita.

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