Capítulo XXII

 Capítulo 22. Locura de amor, apasionadamente apasionada.

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En una gran cama de matrimonio adornada con sabanas de seda blancas yacía Bea llevando como única prenda de ropa una camisa de hombre. Esta le iba unas cuantas tallas grande, lo que hacía asomarse un hombro provocativo por el cuello de la camisa. Juan, también semidesnudo, cubierto solamente por unos ajustados slips de leopardo se acercó a la joven, mirándola en todo momento a los ojos con una mirada penetrante y desbordante de deseo. Sin mediar palabra, los dos amantes se fundieron en un apasionado beso, iniciando una batalla a muerte entre dos lenguas que hasta ese instante no se conocían. Las manos de Juan recorrían suavemente el cuerpo de su amada, acariciándola, en busca de las zonas más sensibles de la mujer.

La intensidad de los besos fue aumentando progresivamente hasta que la pasión latente que había entre los dos seres humanos les incitaba a lamerse, a morderse. Y así lo hicieron. Primero Bea, propino un fuerte mordisco en el lóbulo de la oreja de Juan, que se desprendió sin ofrecer demasiada resistencia. En respuesta, Juan le hundió los colmillos en el cuello un par de centímetros, como si esto fuese una vulgar y tórrida novela de amor de vampiros adolescentes. Los amantes se iban devolviendo los mordiscos como si de un partido de tenis se tratase, hasta que finalmente Bea no pudo soportar el deseo.

Bajó su mano hasta la zona justo debajo del ombligo, donde la mayoría de los hombres guarda su aparato reproductor. La joven arropó el miembro del melenudo con ambas manos y comenzó un suave y agradable movimiento de vaivén. El ritmo del bombeo hacía jadear al pobre Juan, que había caído rendido frente a la habilidad masturbatoria de su pareja. Los suaves movimientos se fueron convirtiendo paulatinamente en enérgicos golpes que hacían vibrar toda la espina dorsal del joven, provocándole oleadas de placer.

De repente, se escuchó un sonido similar al de un trapo de tela rompiéndose. En una de estas enérgicas embestidas manuales Bea terminó por arrancarle el pene de cuajo.

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Del susto, Juan pudo por fin despertarse.

Se encontraba en medio de un pasillo, junto a Roberto, con el pecho lleno de perdigones de escopeta. Una vez recuperado de la confusión, comenzó a despertar a su amigo.

–¡Oye! ¡Despierta Roberto, tenemos que ir a por Bea!

–…Dios mío, que viaje nos han dado. ¿Estas entero?

–Sí, parece que me has cosido mejor de lo que me esperaba. Tenemos que largarnos ya, antes de que se vayan, y recuperar a Bea.

–Vale, vale, estoy de acuerdo. Pero no podemos plantarnos desarmados ante todos esos militares, necesitamos un plan.

–No te falta razón…

Antes de terminar la frase, pudieron ver como en la habitación que tenían a su derecha, que había permanecido cerrada durante todo el periplo, se producía un fuerte chasquido, seguido de una intensa luz roja, como si al otro lado de la puerta estuviesen… ¿haciendo fotocopias? ¿Otra vez?

Los dos compañeros se miraron mutuamente durante unos segundos. Los dos recordaban como hacía unas dos semanas una luz similar se había aparecido ante ellos en el rellano de su casa. Rápidamente la luz carmesí desapareció, dejando únicamente tras de sí un extraño olor a pollo frito.

Con cierta cautela Roberto abrió la puerta de la habitación, encontrándose al otro lado lo último que podría haberse imaginado.

La mitad inferior, humeante y chamuscada, de un ser humano adulto.

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