Capítulo XXIV

Capítulo 24. En la boca del lobo.

Apenas había pasado menos de una hora desde que el grupo norteamericano había abandonado el centro de salud. Juan y Roberto se encontraban frente a la comisaría de policía, agazapados detrás de un coche. Un fornido militar hacia guardia en la puerta del edificio armado con un rifle de asalto de última generación.

–¿En serio no hay otro modo?

–No te vengas a rajar ahora, Roberto. Está todo listo. Si nos ceñimos al plan todo saldrá bien.

No había lugar para la duda. Dicho esto, Juan salió de su escondite y se dirigió en dirección a la comisaría. El militar tardó menos de medio segundo en divisarlo y rápidamente se llevó su arma al hombro. Los dos colegas siguieron avanzando hacia el edificio, ahora con las manos en alto y un poquito más despacio.

–¡Alto ahí!

–¡Venimos a por la chica! ¡Somos los del centro de salud! –dijo Juan, al tiempo que señalaba el pecho taladrado y sangriento de su amigo.

Extrañado, el soldado abrió la puerta de la comisaria y llamó a Aidrean, que era el que les había disparado un rato antes. La cara de sorpresa del joven escocés al ver vivitos y coleando a los dos no muertos estaba a la altura del programa de Isabel Gemio. Este comunicó inmediatamente la situación a Brat que, por supuesto, se sintió interesado por los dos nuevos especímenes y ordenó que los acompañaran dentro de la comisaría. Una vez dentro, pudieron ver a Bea sentada, y seguramente atada, en una silla en la esquina contraria de la estancia. Le habían cubierto los ojos con una venda y llevaba una tira de cinta americana, o cinta autóctona, como les gusta llamarla en los estados unidos, que le cubría la boca impidiéndole gritar o morder.

–Aidrean, cachéales. –ordenó Brat.

Los dos colegas iban cubiertos con dos batas blancas que habían sacado del centro de salud. El joven militar se dispuso a abrir la bata de Juan, pero enseguida pudo ver que llevaba muy poca ropa debajo. Por no decir nada. Se limitó a cachear a los dos zombis por encima de la ropa sin encontrar ningún arma presente.

–Están limpios –dijo el escocés–. Bueno, están sucios, pero no llevan armas.

–Bien, lo había pillado, tranquilo. Decidme, chicos. ¿Qué os trae por aquí?

–Venimos a por la chica. Dejad que nos vayamos con ella y no os pasará nada. –dijo Juan.

–¡Ja, ja! ¿Venís aquí a amenazarnos, sin armas, sin refuerzos y esperáis que hagamos todo lo que pedís? Mirad, lo que vamos a hacer será otra cosa. Os vais a venir con nosotros a ver al prestigioso doctor Richard Richardson, que os hará una serie de pruebas que nos ayudarán a encontrar una cura para el virus zombi. Para ello probablemente os tendrá que ir cortando en finas lonchas como si fuerais un espetec, pero os joderéis y lo soportaréis. Y esto es lo que va a pasar, os guste o no. Es por el bien de la humanidad.

A simple vista se veía que las negociaciones no estaban saliendo del todo bien para los dos no muertos. Tenían el mismo poder de convicción que un vendedor de rosas indio.

Aidrean fue el encargado de esposarles con bridas de plástico y les obligó a sentarse en el suelo, junto a una puerta de metal en la que se podía leer “zona de pruebas”. A continuación se dirigió a la armería, donde le esperaba Bratt seleccionando las armas que allí se guardaban.

–¿Y tú qué miras, yankee de mierda? –dijo Juan a uno de los dos guardias que se habían quedado custodiándoles.

–La cara de gilipollas que te puso tu madre.

–Mira imbécil no hablemos de madres que la tuya hace parecer anoréxicos a los luchadores de sumo. Y menos mal que no hace puenting porque podría cargarse algún puente.

Levemente irritado, el soldado rubito propinó un golpe con la culata del fusil en la boca del estómago de cada uno de los zombis. Los pobres colegas cayeron suelo hechos un ovillo frente a la puerta de metal.

De pronto, una bruma gris, un humo espeso, lento y fantasmagórico comenzó a deslizarse por debajo de la susodicha puerta, dirigiéndose de forma suave hacia los dos zombis.

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