Capítulo XXV

Capítulo 25. Flying free

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–¡Respira el humo como si no hubiera un mañana, Roberto!

Los dos jóvenes tomaban bocanadas de aire enormes, intentando introducir el máximo de ese humo blanquecino en su sistema respiratorio. Tardaron unos segundos en empezar a notar sus efectos, pero finalmente llegó. Una sensación indescriptible de euforia, fuerza, adrenalina acompañado de unas ganas locas de destrozar a cualquier yankee que pillasen por el camino.

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Todo había salido según el plan. El éxito del mismo dependía en gran medida de que hubiese marihuana en la zona de pruebas. Prepararon un pequeño artefacto incendiario con una pila y el despertador que llevaba Roberto en la mochila y con la ayuda de una botella de plástico y la poca gasolina que pudieron sacar de su coche dejaron listo todo el efecto mariposa. Colocaron el temporizador en diez minutos.

El despertador debía provocar un cortocircuito, que a su vez encendería el rastro de gasolina que habían lanzado por la ventana de la zona de pruebas. No podían tener la seguridad de encontrar suficiente cantidad de marihuana para que el incendio generase un humo rico en THC, pero tratándose de la provincia de Castellón el optimismo era, cuanto menos, razonable.

Desgraciadamente para los americanos, el plan salió a la perfección.

Roberto y Juan rompieron de un tirón las bridas que les retenían segundos atrás y, desde el suelo, realizaron un barrido con la pierna simultáneo que derribó a los dos guardias al mismo tiempo. Con una rapidez sorprendente los dos colegas se pusieron de pie y propinaron sendas patadas a sus cuidadores. En todo este tiempo el guardia rubito solo tuvo tiempo de pedir ayuda a gritos mientras intentaba ponerse en posición de disparar.

Juan abrió su bata blanca, como si la gabardina de un exhibicionista se tratase, dejando a la vista más del 90% de su anatomía. Roberto, haciendo un movimiento rápido y fuerte, introdujo la mano derecha en el abdomen de su compañero. Como si del bolsillo de Doraimón se tratase, Roberto sacó un par de elementos alargados de la cavidad abdominal de su colega. Se trataba del “El repartidor” de Juan y del tubo de metal de Roberto. Este último había introducido las armas en el cuerpo de su colega realizando una pequeña (por decir algo) incisión en la parte baja de la espalda, sobre los riñones.

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Antes de que el soldado rubiete tuviese tiempo de dispararles, los dos zombis le golpearon en la cabeza, de forma simétrica y coordinada, mediante un hermoso golpe de revés. La sincronía del golpe fue tal, que provocó que el cerebro del soldado saliese disparado hacia el techo de la habitación, como el piloto de un avión de combate que ha entrado en pérdida.

El otro vigilante, que ya se había incorporado, estaba llevándose el rifle al hombro dispuesto a perforar el cráneo de los dos zombis. Como si fuese un lanzador de cuchillos profesional, Roberto le tiró su arma a la cabeza donde se incrusto sin mucha dificultad, provocando la caída del militar sobre una mesa llena de cartas y billetes que terminó rompiéndose por la mitad.

McGregor, que se encontraba haciendo guardia en la puerta, entró rápidamente a la comisaría. Nada más cruzar el umbral, pudo ver a mano derecha a Brat y a Aidrean dentro de la armería, preparando sus fusiles para salir a por los no muertos.

El vigilante no les esperó. Preparó su revólver y se encaminó hacia el fondo de la habitación. Unos metros antes de llegar a la esquina ya fue capaz de ver a sus objetivos. Sin preguntar ni la hora vació los seis tiros de su revolver encima de los jóvenes. Gracias a sus recién adquiridos superpoderes, fueron capaces de esquivar las tres balas que tuvieron peligro real de reventarles el cráneo.

Con el arma descargada McGregor era una presa fácil. Roberto, que iba desarmado, le estampó una de las sillas en la espalda. No os imaginéis la típica escena de las películas en la que la silla se destroza totalmente en la espalda de la víctima, porque no fue así. La silla era de hierro, maciza, y seguramente pesaba más de cien kilos, por lo que hizo que el pobre soldado se hundiese en el suelo más planchado que un tranchete. Para evitar represalias, los dos zombis cogieron un brazo cada uno y dieron un fuerte tirón con la intención de dislocarle el hombro a McGregor. Por desgracia, no midieron del todo bien la fuerza y terminaron arrancándole los brazos al militar. Bueno, un problema menos.

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Alertados por los gritos desgarradores de dolor de su compañero, Brat y el escocés se apresuraron a salir de la armería. Vaciaron un cargador en menos de tres segundos sin demasiado éxito. Los dos no muertos fueron capaces de sortear las balas suficientes hasta ponerse a cubierto detrás de la esquina de la habitación.

–Estáis muertos, hijos de puta –dijo Brat–. Podríais haber vivido una vida bastante buena en américa, pero teníais que joderlo todo. ¡Os vamos a dejar como un puto colador!

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