Capítulo XXVI

Capítulo 26. Se trasca la magedia

Los dos colegas estaban acorralados en el fondo de la habitación, con únicamente una puerta a su disposición, la cual llevaba a una habitación sin salida que, para facilitar las cosas, estaba completamente en llamas.

Su única opción, la distracción.

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Abrieron de golpe la puerta de la zona de pruebas provocando una intensa llamarada, debida al aporte extra de oxígeno. Esto provoco que entrase en la estancia principal una intensa cortina de humo, que además de activar aún más a nuestros protagonistas, entorpecía enormemente la visión de los militares.

Guiados por su visión térmica, los dos zombis se lanzaron a por sus captores, armados únicamente con armas del pleistoceno (léase, palos). Se produjo un forcejeo, puramente físico, en el que no se escucharon disparos.

Por su lado, Roberto se lanzó a por el joven escocés mientras que Juan atacó al experimentado Brat. Hubo un intercambio de golpes entre ambas partes, saldándose finalmente en un soldado pelirrojo muerto por rotura de cuello severa debida a un potente derechazo que hizo girar su cabeza más de ciento ochenta grados y con Brat Pidd volando por los aires aterrizando en la esquina contraria de la habitación, donde se encontraba Bea.

Velozmente Brat cogió a la indefensa Bea del cuello y plantó su nueve milímetros en su sien.

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–Un paso más y vais a tener que reconstruir a vuestra amiguita con mucho pegamento.

–¡Suelta a la chica!

–¡Cállate! Me vais a dejar salir de aquí, o de lo contrario le vuelo la tapa de los sesos a esta jovencita.

El maldito Brat estaba a punto de salirse con la suya. Si conseguía salir de la comisaria con Bea jamás volverían a verlos.

De pronto, una fuerte explosión procedente de la armería ensordeció a los presentes. Un fuerte pitido atravesaba el cráneo de todo aquel que tuviese el canal auditivo en condiciones. Y este no era el caso de los zombis.

Aprovechando esos segundos de confusión y a falta de un arma, Juan se arrancó de un fuerte tirón el brazo izquierdo, colocó sus dedos en la clásica posición de “victoria” y lo lanzó a los ojos de Brat. Los dedos del zombi lograron penetrar lo suficiente en el ojo del americano para malograr su vista. Instantes después Roberto se lanzaba sobre el militar intentando desarmarle.

El estadounidense sujetaba firmemente su arma y no tenía pensado rendirse frente a la fuerza sobrehumana del zombi. Durante el forcejeo, el arma se disparó hasta cinco veces. Las cuatro primeras aterrizaron en el tórax de Roberto, sacudiéndole todo el cuerpo con cada impacto. Fue el último de los disparos el que alcanzó a finalmente a Brat, atravesando su pulmón derecho. El golpe le hizo perder todas las fuerzas que le quedaban y terminó soltando el arma, llevándose la mano izquierda a la herida, por debajo del chaleco. Los chicos se reunieron en un fuerte abrazo, como unos teletubis algo podridos.

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–Maldito hijo de puta… ¡Cof! ¡Cof! Me habéis jodido. Nos habéis jodido, a mí y a toda la humanidad. ¡Éramos la última esperanza, y vosotros la habéis JODIDO!

–Te metiste con el zombi equivocado.

–Lo que tú digas, campeón, pero el que ríe el último, ríe mejor. –Mientras decía estas palabras, el militar moribundo sacó una granada de debajo del chaleco. Como si hubiesen visto un mago sacando un conejo muerto de su sombrero, la cara de los tres zombis se llenó de sorpresa y espanto.– Sea como sea, no saldréis de esta.

Con sus últimas palabras, Brat soltó la granada, arrojándola a los pies de los jóvenes.

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