Capítulo XXVII

Capítulo 27. Triste despedida.

Debido a la explosión la pared y parte del techo de la comisaria se había derruido. Bajo los escombros yacían los cuerpos de unas ocho personas, entre zombis y militares. Finalmente alguien consiguió moverse. Roberto consiguió apartar un gran trozo de techo que le apresaba. A su lado se encontraba Bea, sana y salva, pero con más mierda encima que el cerdo más bajito de la piara. Además, su ropa estaba destrozada, tanto por el maltrato de los americanos como por la reciente explosión.

No recordaba bien que había ocurrido en el momento de la explosión, solo recordaba que Roberto se había lanzado sobre ella y que habían aterrizado debajo de los restos de la mesa de poker.

–¡Hey, estoy aquí abajo!

–¡Juan! ¡Estas vivo!

Los dos zombis apartaron los escombros que había en la zona donde habían escuchado a su compañero. Tardaron cerca de un minuto en llegar hasta donde se hallaba Juan, y la imagen que se encontraron fue grotesca, horripilante.

Al ver la granada, Juan había optado por la opción menos sensata pero sí la más heroica. Con el ánimo de salvar a sus compañeros, Juan se había lanzado sobre la granada. Obviamente esta acción tuvo consecuencias muy negativas para su integridad física.

El cuerpo del zombi estaba destruido, roto en mil pedazos. Su cabeza estaba separada del resto del cuerpo, y había perdido también la mandíbula inferior, por lo que la lengua le colgaba del cuello como una llamativa corbata rosada. Por si fuera poco, tenía la tapa de los sesos ligeramente levantada, dejando a la vista un cerebro grisáceo ligeramente oscurecido en las zonas cercanas a las orejas. La única forma que tenía Juan para comunicarse era el lenguaje zombi que, no sé muy bien por qué, no requería de los órganos básicos para la generación del lenguaje.

–Joder Juan, estas… –comentó Bea, mientras observaba horrorizada a su amigo.

–Roto, lo sé. Puedo sentir los cientos de trocitos de cuerpo que tengo desperdigados por la habitación.

–Tranquilo tío, simplemente tenemos que recogerlos todos, y con un poquito de paciencia, coserte de nuevo. Saldrás de esta –dijo Roberto.

–Nah, sería un esfuerzo inútil. El edificio está ardiendo, debéis salir de aquí. No hay tiempo para recoger todos los pedazos.

–¡Pero no podemos dejarte aquí, joder! ¡Nos has salvado! –dijo ahora Bea.

Por eso mismo, me he sacrificado para que os salvéis, no para que muráis calcinados en esta mierda de sitio. ¡Salid de aquí! –Mientras decía estas palabras, el techo se quejó con un fuerte crujido que llamó la atención de todos los presentes.

Bea se despidió de Juan dándole un beso en la frente, que era el único trozo de piel que aún conservaba intacto y le susurró algo en el oído que ni Roberto ni yo fuimos capaces de oír. Quizás unas palabras amorosas de despedida, quizás una explicación razonable del final de “Perdidos”. Quién sabe. Por su lado Roberto simplemente le dedico una mirada triste y sincera a su colega y se despidió sin mediar palabra.

Acto seguido, Bea cogió la bata de Juan para cubrir su semidesnudo cuerpo y los dos supervivientes abandonaron la comisaría. Desde fuera, pudieron observar como las llamas devoraban el edificio y como se derruía completamente en cuestión de minutos.

Abatidos por la pérdida, los dos zombis andaban sin rumbo, cabizbajos, simplemente llevados por la pendiente del terreno. Estuvieron cerca de dos minutos sin mustiar una sola palabra, hasta que Roberto, por fin, rompió el incómodo silencio.

–¡Ppprrrrrttt! –comentó Roberto, con el culo.

–Joder colega, córtate un poquito. ¿No?

–Ostia, ha sido involuntario, se me habrá generado el gas debido a todo el movimiento de antes –intentó disculparse Roberto–. Me cago en los putos americanos, joder. ¿¡Por qué cojones nos han tenido que hacer esto!? ¿Qué hacían aquí en Castellón?

–Iban a Valencia, a un laboratorio de investigación. Al parecer fue allí, en el instituto CHEVIRAL, donde se originó el brote. Esperaban encontrar información allí que les ayudase a encontrar una vacuna para el virus.

–Joder, me suena de algo el nombre ese. Aun así, no tienen derecho a …

Antes de poder terminar la frase, un fuertísimo zumbido llamó su atención. Un gigantesco avión, concretamente un Lockheed C–5 Galaxy, pasaba por encima de ellos a una altura relativamente baja. Se quedaron unos segundos mirándolo hasta que, justo cuando pasaba por encima de Castellón, dejaba caer un voluminoso paquete desde la zona de carga. Desde esta distancia no se podía saber que era, pero estaba claro que no era una caja de caramelos.

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