Capítulo XXXI

 Capítulo 31. Bond, Maxibond.

f Pierce Brosnan as James Bond (007) in GoldenEye.

Los dos muchachos se pusieron manos a la obra lo más rápido que pudieron. Tardaron unos minutos extra dado que ambos se encontraban en un estado de consciencia alterado, bien sea por el efecto de las drogas, bien sea por el jet lag de viaje espacio–temporal. Una hora después de que Roberto echase la pota desde el balcón de casa, los dos se habían dado una ducha fresquita y se habían cambiado de ropa.

Subieron al coche de Juan, un diminuto Seat Panda rojo que había heredado de su abuelo, pero que a pesar de su edad todavía se encontraba en buena forma.

El coche, digo. El abuelo está muerto. Lee bien, coño.

seat-panda

Los dos colegas se montaron en el utilitario de los ochenta y se dirigieron rumbo al laboratorio CHEVIRAL, a una velocidad de crucero de unos ochenta kilómetros por hora.

–A ver, Roberto, cuéntame. ¿Cuál es el plan?

–¿Plan? No hay ningún plan. Todavía.

–Pero qué me estas contando. ¿Has tenido cerca de treinta o cuarenta años para pensar en un puñetero plan y no has tenido cojones a hacerlo?

–A ver, en una ocasión fuimos a investigar este instituto, pero nos encontramos un gigantesco boquete en el suelo de unos cinco kilómetros de radio. Los americanos borraron Valencia de la faz de la tierra con sus bombas. No he visto nunca el dichoso laboratorio más que en fotos y mapas.

–Vale, entonces toca improvisar…

–La estrategia básica sí que está definida. Debemos buscar una forma de infiltrarnos en el laboratorio, encontrar mis dedos antes de que infecten a alguien y deshacernos de ellos.

–Vale, comprendo. Parece un trabajito sencillo. Ahora vamos a realizar tareas de vigilancia para ver si encontramos algún resquicio en la seguridad del edificio.

–Exacto. Mañana compraremos lo que necesitemos para llevar a cabo esta misión a nuestro proveedor habitual.

Tardaron algo más de una hora en llegar a Valencia, pero perdieron otra hora más intentando moverse por la “jungla de las rotondas”, como solía llamarla Juan. A las seis y pocos minutos de la tarde tenían el coche justo en frente le la puerta principal del laboratorio. El aparcamiento estaba imposible por aquella zona, lo que les obligó a deambular por las calles adyacentes durante casi veinte minutos en busca de un diminuto hueco donde dejar su coche. Finalmente encontraron un generoso sitio, situado en frente de la entrada de un pub llamado “El eructo feliz”. Por las motocicletas aparcadas en las cercanías el local parecía frecuentado por un grupo de moteros, posiblemente macarras y peligrosos. Les daba un poco de mal rollo dejarlo ahí, pero ya estaban hasta los cojones de buscar aparcamiento.

Compraron un par de periódicos en el primer quiosco que encontraron y se dirigieron a los bancos que había en la acera de enfrente del instituto CHEVIRAL, donde pretendían hacer guardia toda la noche.

Por supuesto, se encontraron con un par de sitios para aparcar justo en frente del edificio. Tanto Juan como Roberto maldijeron a diestro y siniestro durante cerca de un minuto. Los nervios estaban a flor de piel.

Los dos jóvenes se sentaron en el comodísimo banco de madera y abrieron los periódicos que habían adquirido, a la espera de que en el laboratorio se produjese algún movimiento. Y no, no les hicieron un par de agujeritos para los ojos. Eso es de peli cutre de espías.

A eso de las siete de la tarde comenzó a salir gente del edificio. Pudieron contar a algo más de cincuenta trabajadores, en gran parte hombres y mujeres de mediana edad que desprendían una fuerte aura de poderío intelectual. Es decir, que parecían unos empollones.

A las nueve en punto, cuando hacía ya más de una hora que no salía nadie más del edificio, una señora con uniforme de limpiadora hizo su entrada en escena. Pasó una tarjeta por la cerradura de la puerta principal y esta se abrió instantáneamente. Este hecho no pasó inadvertido para nuestros amigos, que comprendieron en seguida que este sería uno de los mejores métodos de infiltración.

El resto de la noche fue bastante tranquila. No hubo movimientos de entrada y salida del edificio y pudieron contar hasta tres vigilantes distintos, repartidos en las tres plantas del edificio.

Finalmente, a las cinco de la mañana, la limpiadora abandonaba su lugar de trabajo dirigiéndose a pie hasta su hogar. Los dos jóvenes lograron seguirla hasta la puerta de su casa sin levantar ninguna sospecha. La situación les hacía sentirse como auténticos ninjas.

feel_like_a_ninja_by_rober_raik-d4clw3n

 A continuación, los dos colegas volvieron hacia el vehículo y se alegraron enormemente al ver que este todavía se encontraba de una pieza. Este sentimiento únicamente se vio ensombrecido por el intenso olor a vómito y orín que había quedado impregnado en el coche, probablemente debido al extraño mejunje que goteaba, aún fresco, del capó del Seat Panda.

–Eso lo limpias tú. –sentenció Juan.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s