Capítulo XXXIII

Capítulo 33. La clave del éxito.

A las 20:30, como de costumbre, Carmeta salía de su casa en dirección a su puesto de trabajo. Descendía por la calle despreocupadamente, pensando en sus cosas. Estos pensamientos le provocaban una media sonrisa que recordaba a una quinceañera calentorra. A mitad de camino, al pasar por un pequeño callejón, un hombre grande y fuerte que ocultaba su rostro con un pasamontañas negro la asaltó, tapándole la boca con una mano mientras en la otra la amenazaba con un arma de fuego.

Realmente este arma era una pistola de balines, pero esto Carmeta no podía saberlo, dado que lo más parecido a una pistola que había visto en toda su vida eran las pistolas de agua “super–soaker” de sus hijos.

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–Voy a quitar mi mano de su boca, pero ni se le ocurra gritar, de lo contrario no dudaré en pegarle un tiro aquí mismo.

La mujer asintió con la cabeza efusivamente.

–Por favor, no me haga nada. No tengo dinero…

–Tranquila, no quiero su dinero. Necesito que se quite el uniforme.

–¿Cómo?

El asaltante empujó a la mujer contra la pared con contundencia, agarrándola del pelo.

–El uniforme. Fuera. ¡Ahora!

–¿No irá usted a violarme, no?

–¿Pero qué está diciendo, señora?

–Lo digo por… ese extraño bulto que tiene en el pantalón y que no para de restregar contra mi cuerpo…

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–¿Qué demonios? Esto es un quita–manías, señora. Un arma de corto alcance.

–Por el tamaño que tiene… De corto alcance no es, precisamente.

–Quítese el maldito uniforme.

–Claro, jefe. Pero… debería saber que no llevo braguitas. –dijo la limpiadora acompañado la frase con una sonrisa picarona, a la vez que se desabrochaba la parte de arriba.

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Mientras la mujer se desvestía el asaltante le acercó un pijama de “Hello Kitty”, más falso que las peleas de los Power Rangers, y le ordenó:

–Póngase esto.

–¿En serio no me vas a violar, ni nada? –dijo Carmeta, con cierto desdén.

–Siento defraudarla, señora. Pero solo me interesa su ropa.

Una vez cambiada, el asaltante introdujo a la limpiadora en el maletero de su vehículo, no sin antes maniatarla, amordazarla y hacerle respirar un chupitito de cloroformo.

–Buen trabajo, Juan –comentó el copiloto.

–¡Puf! No ha sido fácil. La hija puta está más caliente que el cenicero de un bingo. ¿Cuánto tiempo durará el efecto del cloroformo?

–Lo cierto es que no estoy seguro, pero vamos a tener tiempo de sobra para llevar a cabo nuestra misión. ¿Tienes la tarjeta?

–Sí. Está todo listo, ahora solo queda que tú hagas tu parte.

Juan condujo hasta la manzana adyacente al laboratorio y dejó allí a su compañero.

–Te espero en la salida de emergencia. Suerte ahí fuera –le dijo a su colega, justo antes de abandonar el lugar.

Roberto se acercó sigilosamente a la puerta de entrada. Se quedó observando unos segundos, intentando adivinar si el vigilante que se encontraba aposentado en la recepción estaba lo suficientemente distraído como para no decirle nada al verle entrar. Vio una clara oportunidad cuando el susodicho empezó a reírse a carcajada limpia mientras miraba la pantalla de su portátil.

–Estará viendo videos de gatitos o de Loulogio en Youtube. Ahora es el momento –se dijo a sí mismo.

Pasó la tarjeta por el detector lo más rápido que pudo y entró directo en dirección a los ascensores.

Por desgracia, no se movió lo suficientemente deprisa.

–¡Eh, espera! ¡Alto ahí! –le gritó el vigilante.

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