Capítulo XXXIV

Capítulo 34. I want to break free.

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Un escalofrió recorrió la espalda de Roberto y el corazón se le aceleró como el de un puñetero hámster después de beberse una lata de redbul. Había conseguido avanzar hasta el comienzo del pasillo, pero el portero tuvo tiempo más que suficiente para darse cuenta de su entrada e interceptarle.

El cerebro de Roberto iba a mil por hora, intentando adivinar cuál sería el castigo por colarse en un edificio. Quizás una multa, quizás unos meses de trabajos forzados. O quizás la silla eléctrica.

Bueno, seguramente esta última no iba a ser, pero tenía claro que no solo estaba en juego su futuro, sino también el del resto de la humanidad.

Con un gesto rápido, Roberto sacó el arma que el vigilante portaba en la funda colocada en su costado derecho. El pobre no fue capaz de reaccionar a tiempo. En cuestión de segundos, el joven vació el cargador de la nueve milímetros en el pecho del vigilante.

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Por suerte, un manotazo en el culo hizo volver a la realidad al acojonado jovenzuelo.

–Buenas noches, guapísima. ¿Qué pasa? ¿Hoy no me dices nada?

Roberto se quedó ano–nadado al comprobar que el disfraz había dado resultados satisfactorios. Él, junto con Juan, había comprado una peluca morena y unas uñas postizas rojas (Rojo Pasión, como le decía su colega) a las que se le añadía el uniforme de la limpiadora, dando como resultado el engendro travestido más horripilante de todo Valencia.

Por lo menos visto de frente.

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De espaldas, la falta de un torso definido en el gimnasio y la posesión de un trasero demasiado gordo para un joven de su edad, habían sido suficientes para confundir al degenerado vigilante.

–No hace falta que digas nada. A la misma hora, donde siempre. Hoy he cortado el césped del campo de juego –dijo el segurata mientras movía sus pobladas cejas arriba y abajo a un ritmo frenético. A continuación se dirigió de nuevo a su escritorio a seguir con lo que estaba haciendo sin añadir ni una palabra más.

Una vez hubo avanzado unos cuantos metros por el pasillo, Roberto pudo respirar por fin.

–Ha habido casos de triple infarto de miocardio por menos –se dijo a sí mismo en voz alta.

No fue excesivamente difícil encontrar la salida de emergencia donde le estaba esperando Juan.

–¿Cómo ha ido? –preguntó nada más entrar.

–Casi me pillan, premoh. Pero bueno, el plan sigue como hasta ahora.

En ese instante Juan abrió la bolsa de deporte que llevaba a su espalda y saco de ella dos mochilas más pequeñas. Las típicas de colegio, vaya. En su interior, había todo el material que los dos socios habían considerado necesario.

–¿Tu al primero y yo al segundo? –dijo Roberto.

–Ok. Estamos en contacto por radio. –Le llamó radio, pero no dejaba de ser un puto walkie-talkie del chino.

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La hora de la aparición de los dedos estaba a punto de llegar, y los dos jóvenes se encontraban uno en cada piso, husmeando cuales sabuesos. No había habido noticias de los otros dos seguratas, excepto por unos extraños gemidos que Roberto pudo escuchar al otro lado de una de las cientos de puertas de su planta, los cuales resultaron extrañamente familiares para Roberto.

De pronto una intensísima luz roja inundó el despacho TC2251, llamando rápidamente la atención de Roberto. De nuevo se le aceleró el pulso ante la posibilidad de eliminar el virus zombi que en otro tiempo había causado tantas víctimas. Debía concentrarse al máximo, pues cualquier error podría acarrear consecuencias catastróficas.

Roberto entro con cierta cautela en el laboratorio. En la esquina norte de la habitación, donde la luz roja había sido más intensa se encontraban una serie de animales enjaulados de distintas especies, eso sí, ninguno más grande que un conejo. En una jaula en particular, pudo ver a tres pequeños ratoncitos grises, más monos que un bebe haciendo palmas palmitas, que estaban merendándose unas pequeñas longanizitas.

–¡Pero si eso son mis putos dedos! –gritó Roberto.

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