Capítulo XXXV

Capítulo 35. Matarratas.

Roberto intentó abrir la jaula de plástico con sus propias manos, pero le fue imposible. Era necesario encontrar la llave de la cerradura para poder abrir la jaula, de lo contrario no podría acceder a su ansiado premio.

Apenas diez segundos después de comenzar la búsqueda de las llaves (introducir aquí la famosa canción. Matarile, rile, rile.) escuchó a sus espaldas un fuerte crujido.

Al girarse, pudo ver como los pequeños ratoncitos mutaban y se convertían en unas gigantescas y horribles ratas. Debido al aumento de volumen de las mismas, la jaula no fue capaz de soportar la presión y las bisagras de la puerta saltaron, como si de los botones de la faja de Falete se tratasen.

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Sin detenerse a saludar a su nuevo amigo, las tres ratas se lanzaron en un ataque directo hacia el joven exzombi, que no tuvo más remedio que salir por patas.

–¡Juan, están aquí abajo! ¡Hay que matar a las ratas!

–¿Cómo? ¿Qué dices?

–¡Baja a ayudarme, coño!

Roberto se lanzó a la carrera por el largo pasillo, perseguido de cerca por las tres ratas sedientas de sangre. Si bien tenía algunas armas en la mochila, ni había previsto tener que enfrentarse a tres ratas asesinas, ni tampoco es que fuera fácil ponerse a rebuscar en ella con esos bichos pegados al culo. Pocos metros después encontró, a mano derecha, la puerta de una oficina abierta. Roberto se lanzó a su interior como el que salta al último bote del Titanic y cerró rápidamente la puerta.

Mientras cerraba la puerta, pudo notar como los últimos centímetros del movimiento tuvieron una resistencia mayor a la normal. Buscó por el marco de la puerta algún objeto que pudiese haber obstaculizado el movimiento hasta encontrar, junto a su pie derecho, la cabeza cercenada de una de las peligrosas ratas. La pobre seguía moviéndose por el suelo, separada del resto del cuerpo, dando mordiscos al aire como si de una dentadura de broma se tratase.

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Roberto, cogió la papelera de metal que había en la esquina de la oficina, la levantó por encima de su cabeza y, cerrando la boca y los ojos, la estampó contra lo que quedaba de la rata. Pudo ver, a través de las paredes de cristal de la oficina, como al otro lado de la puerta le aguardaban las dos ratas restantes, expectantes y rabiosas debido a la prematura muerte de su amiga.

Aprovechando la tranquilidad que le brindaba la nueva barrera, el joven limpiador travestido se apresuró en colocarse unos guantes de látex, una máscara típica de médico y unas gafas de protección. No tenía mucho tiempo, pues tenían que acabar con las ratas antes de que nadie, incluidos ellos mismos, resultase infectado.

La mente de Roberto le brindó, como siempre solía hacer en situaciones de máximo estrés, con una de las mejores ideas de la noche. Se acercó al ventilador que había junto a uno de los escritorios, le quitó la rejilla protectora de las aspas y lo conecto al enchufe más cercano. Estaba confiado, decidido. Más motivado que Oliver Atom jugando contra Messi. Iba a despedazar a esas malditas alimañas con el ventilador, como si de una termomix se tratase. Conectó el ventilador al máximo, cogió una buena bocanada de aire y abrió la puerta de golpe.

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En un principio las ratas sintieron cierto miedo del arma del joven, debido al ruido y al viento que generaba. La rata situada más a la izquierda, tardó poco más de tres segundos en aventurarse en un ataque frontal, dando un salto directo a los ojos de Roberto. Por suerte, este estuvo rápido y pudo interceptar al agresivo roedor, que quedó reducido a trocitos de carne, piel y hueso, al tiempo que salpicaba con sus tripas parte del marco de la puerta y la pared. El espectáculo estaba resultando más gore de lo que se pretendía en un principio. Se suponía que solo tenían que incinerar un par de dedos amputados, ¿cómo había podido complicarse tanto la cosa?

Ante la visión del alto poder destructivo del electrodoméstico, la ahora acobardada rata retrocedía lentamente por el pasillo a medida que Roberto salía de la habitación. Podía sentir el pavor en los ojos de la alimaña, incluso si alguien le hubiese preguntado hubiese dicho que estaba tiritando del miedo. O del frío, ya que el ventilador estaba funcionando a toda pastilla.

Movido totalmente por la euforia del momento, Roberto soltó un fuerte grito a la indefensa ratita al tiempo que se lanzaba en una carga frontal, ventilador en mano, con un poco menos de glamour que un caballero medieval, pero no con menos ímpetu. La última rata no pudo hacer más que mirar al cielo y rezar la más favorita de sus oraciones ante la llegada de una muerte segura.

Para sorpresa de todos los presentes, a los pocos metros de haber iniciado la carga frontal, se escuchó un fuerte crujido y la velocidad de las aspas del ventilador fue decreciendo hasta detenerse completamente. Al parecer alguien no había tenido en cuenta que la longitud del cable no era infinita.

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Tanto tiempo y dinero invertido en colegios de pago, para esto.

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