Capítulo XXXVI

Capítulo 36. Frets on fire.

Roberto lanzó el aparatoso ventilador sobre su perseguidor con el objetivo de retrasarlo en su avance, estampándolo así contra uno de las papeleras del pasillo. El joven emprendió de nuevo su desesperada huida, como quien escapa de la casa de un ligue nefasto un domingo por la mañana.

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De pronto, el tópico de los tópicos. Roberto tropezó con su propio pie, cayendo de bruces sobre el reluciente suelo gris, y deslizándose sobre el mismo unos cuantos metros. Al darse la vuelta, pudo sentir como algo estaba subiendo por su pierna. Algo pequeño, peludo y hambriento. No, no hablamos de un furbi, sino de una rata mutante de tamaño considerable.

El joven yacía en el suelo con una de las piernas formando noventa grados y en posición vertical. Buscaba en todas direcciones algo con lo que poder zafarse del pequeño monstruo que le reptaba por la pierna derecha, hasta alcanzar su rodilla. Desde allí, la alimaña se quedó observando a los ojos de su víctima, saboreando su victoria, al tiempo que abría su boca lentamente enseñando sus incisivos.

A su derecha, se abrió la puerta del ascensor, soltando sobre el pasillo un chorro de luz blanquecina y de aura angelical que deslumbró a todos los presentes.

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–¿Interrumpo algo? –comentó Juan.

Roberto pudo sentir como una suave brisa corría sobre su frente e instantes después vio como la rata que tenía sobre su rodilla salía volando por los aires. Cayó muerta a unos diez metros de distancia.

–Joder tío, me has salvado.

–Así soy yo, el héroe de los cuentos.

–Sí, joder, pero podrías haber tardado menos. ¡Casi me matan!

–Lo sé, lo sé. He venido todo lo rápido que he podido, pero cuando me llamaste estaba plantando un pino en la otra punta del edificio. Por cierto, tienen un papel suavísimo.

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–Vamos a deshacernos de todo resto biológico y nos vamos para casa.

–Ostia, es cierto. No he tirado de la cadena. –Roberto lanzó una mirada de incredulidad a su compañero al tiempo que levantaba una de sus pobladas cejas, dudando de si lo estaba diciendo totalmente en serio. –Oh, sí. Las ratas. Claro, claro.

Los dos jóvenes entraron en la primera oficina medianamente amplia que encontraron.  Prepararon una especie de pira funeraria con una papelera de metal y medio vasito de gasolina, aprovechando también unos papeles de la mesa para mantener el fuego.

Introdujeron a las tres ratas y todo el material que utilizaron para limpiar el estropicio en la papelera en llamas, intentando siempre no causar un incendio, por supuesto. Roberto había cogido a la última rata del rabo como quien coge un Ferrero Rocher, con los dedos pulgar e índice y abriendo el resto de la mano al máximo.

Si, justo así. ¿Tenías que probarlo, eh?

Los dos compañeros miraban el fuego con satisfacción y orgullo. Habían conseguido salvar a la humanidad de su extinción. Y no iban a recibir ni una triste medalla. Ni un misero “gracias”. Esta era la llamada ingratitud hacia el héroe. Estaréis familiarizados con este concepto si alguna vez habéis jugado a algún videojuego, claro está.

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A los pocos segundos de haber empezado el fuego a avivarse, un extraño objeto saltó del interior de la papelera, cubierto en llamas y comenzó a corretear salvajemente por la habitación.

Si ya es complicado intentar matar a una rata zombi, intentad imaginar lo que sería enfrentarse a una rata zombi EN LLAMAS.

El ardiente roedor inició una serie de pequeños incendios sin importancia al pasar cerca de archivadores, documentos y las cortinas. Una vez acostumbrada a las llamas, pudo concentrarse en tratar de aniquilar a los dos humanos que la habían cabreado tanto. El roedor atacó de frente sin mostrar miedo ni arrepentimiento, mostrando sus maltrechos dientes en pose amenazadora.

Juan agarró el extintor que habían preparado para sofocar el fuego de la papelera y lo descargó sobre la furibunda rata. Esta quedó cubierta de una espesa espuma que logró frenarla y enfriarla. Esta sería su primera y última fiesta de la espuma.

–¡Revienta a esa puta rata, coño ya! –ordenó Roberto.

–¡Muereeeeee! –gritaba Juan al tiempo que descargaba todo el  peso del extintor sobre el roedor en una serie de rítmicas repeticiones. Por el manchurrón rojo que había quedado en el suelo, se podía prever que la rata había abandonado el mundo de los vivos de una vez por todas.

Es este breve tiempo, el pequeño incendio se había convertido en un importante incendio que los jóvenes no fueron capaces de reducir mediante los extintores que tenían disponibles. Dando el fuego por perdido, accionaron el interruptor de la alarma anti incendios con la esperanza de que se activasen unos aspersores en el techo, o algo.

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Lo único que lograron activar fue una débil sirena que alertaba de la necesaria evacuación del edificio. Los dos jóvenes se dirigieron rápidamente a la salida de emergencia donde Juan había dejado su coche. Por su lado, los tres vigilantes del edificio se reunieron en la fachada del instituto preguntándose mutuamente quién había activado la alarma.

Una vez sentados en el Seat Panda, los dos jóvenes abandonaron el lugar de los hechos sin mucha prisa, intentando no levantar sospechas. Pudieron ver desde lejos la llegada de los bomberos y se sorprendieron gratamente al ver la segunda planta del edificio estaba totalmente en llamas. Era imposible que ningún virus zombi soportase un incendio de tal calibre. En su huida, condujeron el vehículo hacia el exterior de la ciudad por calles concurridas, para no llamar la atención.

–Bueno Roberto, parece que todo ha salido a pedir de boca.

–Así es, el plan ha sido todo un éxito. Por lo menos al principio, luego nos ha tocado improvisar.

–Ja, ja. Me tienes que contar como coño la has liado tanto, colega, solo tenías que…–Súbitamente, unos golpes extraños pusieron en alerta a los dos pasajeros. ¿Había conseguido seguirles la rata carbonizada de alguna forma? ¡Quizás solo había aplastado el rabo del animal, permaneciendo el resto oculto y a la espera de un mejor momento para continuar su ataque! Si este fuera el caso, los jóvenes tenían poquísimo espacio de maniobra encerrados en el diminuto utilitario.

–¡Sacadme de aquí! ¡Cabrones! –dijo una voz femenina desde el maletero.

–¡La limpiadora! –contestaron los dos jóvenes a la vez.

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Los dos jóvenes se dirigieron con presteza hasta el barrio de Carmeta, donde fue abandonada a su suerte. El camino de vuelta lo pasaron intentando descubrir de quién había sido la culpa de olvidarse de la limpiadora. Finalmente prefirieron dejar las diferencias a un lado y optaron por la opción más sensata. Dirigirse a algún pafeto de Castellón en el que emborracharse hasta perder el conocimiento y fumar hasta perder el sentido de la vista.

–Cadete, estamos frente a un código 5. –dijo Roberto.

–¿Código 5? Siento informarle que vamos a estar un par de días de resaca, mi general.

–¡Así es la vida, cadete! ¡Un sacrificio detrás de otro!

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Por fin la tranquilidad volvía a las vidas de Juan y Roberto. Aunque no les duró demasiado. El destino (véase, yo) quiso que cinco semáforos antes de alcanzar la salida de la ciudad, un gigantesco camión de la basura se saltara su semáforo en rojo, estampándose a toda velocidad contra el coche de nuestros amigos.

El diminuto Seat Panda salió despedido por los aires varios metros, debido a la tremendísima fuerza del impacto. Por si fuera poco, al aterrizar, comenzó a dar vueltas de campana centrifugando al máximo a los pasajeros del vehículo. Finalmente, el coche se estampó contra el puesto de alquiler de bicicletas que, de forma inexplicable, inició un potente incendio que terminó por calcinar el pequeño Panda.

Instantes después del accidente, cuando aún no había llegado la ambulancia, se pudo vislumbrar un luminoso destello rojizo en el extremo contrario del cruce. Tras un par de chasquidos, se abrió un más que reconocible puente de Runge, del que surgió un Seat Panda tuneado, de forma que parecía el puñetero coche de “Regreso al Futuro”. Pero en versión cutre, eso sí. De este, bajo una mujer que llevaba una vestimenta un tanto extraña y sucia, cubierta con una bata blanca de laboratorio.

–¡Me cago en la puta! ¡Me han faltado escasos minutos, joder! –dijo la mujer de mediana edad –. Por suerte aún me queda energía para un par de saltos más. ¡No os fallaré, chicos!

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