Capítulo XXXIII

Capítulo 33. La clave del éxito.

A las 20:30, como de costumbre, Carmeta salía de su casa en dirección a su puesto de trabajo. Descendía por la calle despreocupadamente, pensando en sus cosas. Estos pensamientos le provocaban una media sonrisa que recordaba a una quinceañera calentorra. A mitad de camino, al pasar por un pequeño callejón, un hombre grande y fuerte que ocultaba su rostro con un pasamontañas negro la asaltó, tapándole la boca con una mano mientras en la otra la amenazaba con un arma de fuego.

Realmente este arma era una pistola de balines, pero esto Carmeta no podía saberlo, dado que lo más parecido a una pistola que había visto en toda su vida eran las pistolas de agua “super–soaker” de sus hijos.

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–Voy a quitar mi mano de su boca, pero ni se le ocurra gritar, de lo contrario no dudaré en pegarle un tiro aquí mismo.

La mujer asintió con la cabeza efusivamente.

–Por favor, no me haga nada. No tengo dinero…

–Tranquila, no quiero su dinero. Necesito que se quite el uniforme.

–¿Cómo?

El asaltante empujó a la mujer contra la pared con contundencia, agarrándola del pelo.

–El uniforme. Fuera. ¡Ahora!

–¿No irá usted a violarme, no?

–¿Pero qué está diciendo, señora?

–Lo digo por… ese extraño bulto que tiene en el pantalón y que no para de restregar contra mi cuerpo…

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–¿Qué demonios? Esto es un quita–manías, señora. Un arma de corto alcance.

–Por el tamaño que tiene… De corto alcance no es, precisamente.

–Quítese el maldito uniforme.

–Claro, jefe. Pero… debería saber que no llevo braguitas. –dijo la limpiadora acompañado la frase con una sonrisa picarona, a la vez que se desabrochaba la parte de arriba.

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Mientras la mujer se desvestía el asaltante le acercó un pijama de “Hello Kitty”, más falso que las peleas de los Power Rangers, y le ordenó:

–Póngase esto.

–¿En serio no me vas a violar, ni nada? –dijo Carmeta, con cierto desdén.

–Siento defraudarla, señora. Pero solo me interesa su ropa.

Una vez cambiada, el asaltante introdujo a la limpiadora en el maletero de su vehículo, no sin antes maniatarla, amordazarla y hacerle respirar un chupitito de cloroformo.

–Buen trabajo, Juan –comentó el copiloto.

–¡Puf! No ha sido fácil. La hija puta está más caliente que el cenicero de un bingo. ¿Cuánto tiempo durará el efecto del cloroformo?

–Lo cierto es que no estoy seguro, pero vamos a tener tiempo de sobra para llevar a cabo nuestra misión. ¿Tienes la tarjeta?

–Sí. Está todo listo, ahora solo queda que tú hagas tu parte.

Juan condujo hasta la manzana adyacente al laboratorio y dejó allí a su compañero.

–Te espero en la salida de emergencia. Suerte ahí fuera –le dijo a su colega, justo antes de abandonar el lugar.

Roberto se acercó sigilosamente a la puerta de entrada. Se quedó observando unos segundos, intentando adivinar si el vigilante que se encontraba aposentado en la recepción estaba lo suficientemente distraído como para no decirle nada al verle entrar. Vio una clara oportunidad cuando el susodicho empezó a reírse a carcajada limpia mientras miraba la pantalla de su portátil.

–Estará viendo videos de gatitos o de Loulogio en Youtube. Ahora es el momento –se dijo a sí mismo.

Pasó la tarjeta por el detector lo más rápido que pudo y entró directo en dirección a los ascensores.

Por desgracia, no se movió lo suficientemente deprisa.

–¡Eh, espera! ¡Alto ahí! –le gritó el vigilante.

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Capítulo XXXII

Capítulo 32. El corte chino.

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Los dos amigos habían vuelto a su piso, después de una intensa noche de vigilancia. Descansaron unas pocas horas antes de ponerse de nuevo al trabajo. Roberto tuvo una de las alegrías más grandes de su vida al despertarse y ver que su viejo amigo le estaba esperando levantado y listo para la acción. Y sí, hablamos de su pene. No había tiempo para saludarse como es debido y ponerse al día, por lo que únicamente intercambiaron un leve gesto con la cabeza.

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En las películas de acción, los protagonistas siempre tienen algún amigo o conocido que se encarga de conseguirles el equipamiento que necesiten, bien sean armas, ropa, herramientas, planos, etc. En el mundo real, esta figura no es tan común como en las pelis y nuestros amigos tuvieron que dirigirse al proveedor de artilugios, útiles y enseres más estandarizado. Esto es, el chino de la esquina.

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Allí pudieron conseguir todo lo que podían necesitar: Unas pinzas para coger los dedos infectados, un pequeño recipiente de polipropileno con tapa hermética (sí, un tupper…), pasamontañas para no ser reconocidos, y otra suerte de objetos que el equipo consideró necesarios para llevar a cabo esta misión. Por supuesto cayeron también cincuenta céntimos en chicles, como ocurría siempre que iban a ver al chino.

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Estuvieron el resto de la tarde urdiendo, perfilando y repasando el elaboradísimo plan que iba a permitirles penetrar en la fortaleza CHEVIRAL. La idea era infiltrarse con la tarjeta de la limpiadora y encontrar lo más rápido posible los dedos de Roberto. Tenían como única pista la luz roja que aparecía justo antes de enviar algo a través del tiempo, por lo que debían estar atentos a cualquiera de estas señales.

Esa misma noche volvieron a Valencia a comprobar si los hábitos de la limpiadora se repetían, dirigiéndose hacia su lugar de trabajo a la misma hora que el día anterior. Y así fue.

Las malas noticias llegaron cuando la mujer entro por la puerta principal del laboratorio. Les llamó la atención que el vigilante de seguridad encargado de la planta baja, se acercase a saludar a la limpiadora. Se podía adivinar cierta actitud amorosa entre ellos, delatada por la forma en que ella le miraba, del mismo modo que una quinceañera mira un póster de Jastin Biber, y sobre todo por la forma en que él le amasaba las nalgas de forma descarada. Esto complicaba un poquito las cosas.

De igual manera que la noche anterior, llegadas las cinco de la mañana, la limpiadora abandonaba el edificio. Los jóvenes volvieron a acompañarla sigilosamente hasta su hogar, confirmando que aquella era su residencia habitual.

Durante el camino de vuelta a casa, los chicos discutieron formas de poder superar el obstáculo que el vigilante de la planta cero suponía. En el plan principal se pretendía pasar totalmente desapercibidos para evitarse problemas con la justicia, y esto dejaba fuera de lugar el robo, el secuestro, la coacción y, por supuesto, el asesinato. Pero como se suele decir, no se puede hacer una tortilla sin romper unos pocos huevos.

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Tras descansar de nuevo en Castellón y preparar todo el material necesario, se dirigieron hacia la casa de la limpiadora, una tal Carmeta. Pero eso mejor os lo cuento en el próximo capítulo, que en este no me cabe.

Curiosidades

Para que no os aburráis en exceso mientras termino la historieta, os presento las 15 formas más extrañas de llegar a este blog.

Al parecer, gracias a un plug-in de wordpress, es posible conocer qué pone la gente en Google para acceder a tu página, y esta consulta da resultados tan espectaculares como los siguientes:

Zona WTF

En esta subcategoría podemos encontrar búsquedas como, “imagenes graciosas hipnotismo de los dedos en los dientes”, “motivaciones deje plantada a ni q fueras marihuana” o “telenovela muerde y sopla capitulo1”. De estas hay poco que decir. Son puras diarreas mentales. Lo que me lleva a preguntarme: ¿La gente le pregunta a Google lo primero que se le ocurre, yaban, como si fuera un genio de la lámpara?

Además de estos, encontramos al cochinaco castellonero que busca: “lineas gays gordos castellon con foto”. Hay que ser un poco marranete para buscar eso en Google, colega.

Por supuesto, no podía faltar en esta categoría el alma caritativa que buscó “brat pidd”, con ánimo seguramente de encontrar al famoso actor de Hollywood con nombre similar.

Zombi/Gore asaco

Resulta que hay tres tipejos (aunque no descartaría que los tres fuesen la misma persona) que buscó en internet las siguientes frases: “imágenes de masa encefálica fuera del cráneo en bebés”, “suave brisa de los gays en cal”, “sitios seguros de la comunidad valenciana si ubiera un ataque zombi”

El joven valenciano, astuto y previsor, que busca refugio antes de necesitarlo en caso de ataque zombi es poseedor de una sangre fría y una inteligencia admirables. Reconocer el peligro inminente y prepararse para ello es algo que muy poca gente tendría el valor de hacer. Ahora bien, los degenerados que buscan bebes y gays en cal viva simplemente recomendarles la visita un especialista. A mi casi me lo dejaron bien.

Porno

Imagen archiconocida de la POLLA más GRANDE del mundo.

Por supuesto, la palabra que más visitas trae a esta web es el “porno” de la página de bienvenida. Puedo entender búsquedas con “jovencita porno esperando el transporte despues de jugar tenis” o incluso “relatos gratis hablados con voz humana de follar mujeres poniendo los cuernos sus marido”. Son fantasías normales, dentro de lo que cabe. Lo que no acabo de comprender es que busca una persona que escribe en Google lo siguiente: “porno esperando el camion coños marcados”, “cámara secreta de jovencitas desprevenidas enseñando sus piernas” o “porra de futbol pareces una puta”. 

Un clásico del internet fue encontrarme con el “putas harry putas”. Me hizo recordar cómo busqué yo la dichosa imagen, y seguramente fue de la misma forma que el autor de la frase.

Finalmente, la frase más aberrante de todas, la que me ha motivado a escribir el siguiente post: “ver fotos porno gey doctor y pasiente pakito”.

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GEY

GEY

GEYYYY!!!!

Pobre Pakito, que no tiene bastante con tener que ir al médico como para que encima el doctor le sodomice y, no contento con esto, se dedique a sacarle fotos comprometedoras.

Por favor, hay que luchar para que nuestra sociedad avance hacia un destino menos bizarro y depravado que el que vivimos hoy en día. Para ello, es obligatorio que entréis en Google y busquéis la cosa más ñoña posible. Bien pueden ser ositos amorosos, bebés y cachorritos jugando, o gatitos y cupcakes (madalenas toh wapas).

El destino del universo esta ahora mismo en vuestras manos.

Capítulo XXXI

 Capítulo 31. Bond, Maxibond.

f Pierce Brosnan as James Bond (007) in GoldenEye.

Los dos muchachos se pusieron manos a la obra lo más rápido que pudieron. Tardaron unos minutos extra dado que ambos se encontraban en un estado de consciencia alterado, bien sea por el efecto de las drogas, bien sea por el jet lag de viaje espacio–temporal. Una hora después de que Roberto echase la pota desde el balcón de casa, los dos se habían dado una ducha fresquita y se habían cambiado de ropa.

Subieron al coche de Juan, un diminuto Seat Panda rojo que había heredado de su abuelo, pero que a pesar de su edad todavía se encontraba en buena forma.

El coche, digo. El abuelo está muerto. Lee bien, coño.

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Los dos colegas se montaron en el utilitario de los ochenta y se dirigieron rumbo al laboratorio CHEVIRAL, a una velocidad de crucero de unos ochenta kilómetros por hora.

–A ver, Roberto, cuéntame. ¿Cuál es el plan?

–¿Plan? No hay ningún plan. Todavía.

–Pero qué me estas contando. ¿Has tenido cerca de treinta o cuarenta años para pensar en un puñetero plan y no has tenido cojones a hacerlo?

–A ver, en una ocasión fuimos a investigar este instituto, pero nos encontramos un gigantesco boquete en el suelo de unos cinco kilómetros de radio. Los americanos borraron Valencia de la faz de la tierra con sus bombas. No he visto nunca el dichoso laboratorio más que en fotos y mapas.

–Vale, entonces toca improvisar…

–La estrategia básica sí que está definida. Debemos buscar una forma de infiltrarnos en el laboratorio, encontrar mis dedos antes de que infecten a alguien y deshacernos de ellos.

–Vale, comprendo. Parece un trabajito sencillo. Ahora vamos a realizar tareas de vigilancia para ver si encontramos algún resquicio en la seguridad del edificio.

–Exacto. Mañana compraremos lo que necesitemos para llevar a cabo esta misión a nuestro proveedor habitual.

Tardaron algo más de una hora en llegar a Valencia, pero perdieron otra hora más intentando moverse por la “jungla de las rotondas”, como solía llamarla Juan. A las seis y pocos minutos de la tarde tenían el coche justo en frente le la puerta principal del laboratorio. El aparcamiento estaba imposible por aquella zona, lo que les obligó a deambular por las calles adyacentes durante casi veinte minutos en busca de un diminuto hueco donde dejar su coche. Finalmente encontraron un generoso sitio, situado en frente de la entrada de un pub llamado “El eructo feliz”. Por las motocicletas aparcadas en las cercanías el local parecía frecuentado por un grupo de moteros, posiblemente macarras y peligrosos. Les daba un poco de mal rollo dejarlo ahí, pero ya estaban hasta los cojones de buscar aparcamiento.

Compraron un par de periódicos en el primer quiosco que encontraron y se dirigieron a los bancos que había en la acera de enfrente del instituto CHEVIRAL, donde pretendían hacer guardia toda la noche.

Por supuesto, se encontraron con un par de sitios para aparcar justo en frente del edificio. Tanto Juan como Roberto maldijeron a diestro y siniestro durante cerca de un minuto. Los nervios estaban a flor de piel.

Los dos jóvenes se sentaron en el comodísimo banco de madera y abrieron los periódicos que habían adquirido, a la espera de que en el laboratorio se produjese algún movimiento. Y no, no les hicieron un par de agujeritos para los ojos. Eso es de peli cutre de espías.

A eso de las siete de la tarde comenzó a salir gente del edificio. Pudieron contar a algo más de cincuenta trabajadores, en gran parte hombres y mujeres de mediana edad que desprendían una fuerte aura de poderío intelectual. Es decir, que parecían unos empollones.

A las nueve en punto, cuando hacía ya más de una hora que no salía nadie más del edificio, una señora con uniforme de limpiadora hizo su entrada en escena. Pasó una tarjeta por la cerradura de la puerta principal y esta se abrió instantáneamente. Este hecho no pasó inadvertido para nuestros amigos, que comprendieron en seguida que este sería uno de los mejores métodos de infiltración.

El resto de la noche fue bastante tranquila. No hubo movimientos de entrada y salida del edificio y pudieron contar hasta tres vigilantes distintos, repartidos en las tres plantas del edificio.

Finalmente, a las cinco de la mañana, la limpiadora abandonaba su lugar de trabajo dirigiéndose a pie hasta su hogar. Los dos jóvenes lograron seguirla hasta la puerta de su casa sin levantar ninguna sospecha. La situación les hacía sentirse como auténticos ninjas.

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 A continuación, los dos colegas volvieron hacia el vehículo y se alegraron enormemente al ver que este todavía se encontraba de una pieza. Este sentimiento únicamente se vio ensombrecido por el intenso olor a vómito y orín que había quedado impregnado en el coche, probablemente debido al extraño mejunje que goteaba, aún fresco, del capó del Seat Panda.

–Eso lo limpias tú. –sentenció Juan.

Capítulo XXX

Capítulo 30. Teorema de Ferraris.

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Roberto le contó a su compañero de piso toda la historia que os he estado narrando, pero con mucha menos gracia que un servidor, obviamente. Le explicó todo el rollo del virus zombi, los americanos, cómo dio la vida por sus compañeros y lo de los viajes en el tiempo. La cara de Juan mientras su colega le contaba todo esto iba cambiando entre la curiosidad, la sorpresa, y finalmente la incredulidad.

–No está mal la historia, quizás te dé para escribirla en un blog… Aunque le faltan más aliens.

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–Joder, Juan, te estoy diciendo la verdad.

–Pues demuéstralo. ¿Puedes predecir el futuro a lo Sandro Rey?

–Ehhhmmm, no se… ¡Ah, sí! El equipo de futbol de Castellón subirá a primera división este año.

–Tienes que dejarte los porros colega, te están jodiendo las neuronas. Eso ocurrió la semana pasada. No es el futuro lo que ves, es el pasado.

 –Joder, tienes razón… pero escucha esto: “Para un conjunto de bobinas separadas de forma equidistante y por las que circulan unas corrientes senoidales desfasadas en el tiempo se crea un campo magnético senoidal que se desplaza en el espacio con una frecuencia igual a la de la corriente que circula por las bobinas”

–¿Pero qué coño? ¿Eso no es el teorema de Ferraris?

–Exacto. Lo aprendí mientras estudiaba electrotecnia para construir la máquina del tiempo.

Juan permaneció pensativo unos segundos, sorprendido de los conocimientos adquiridos por su compañero. ¿Y si era verdad lo que le estaba contando Roberto?

–Me estas troleando, cabrón. Te has aprendido el teorema de carrerilla solamente para hacerme creer lo de tu historieta zombi. No te lo voy a negar, casi cuela.

La frustración empezaba a hacer aumentar el volumen de las gónadas de Roberto. Debía encontrar algo que convenciese a Juan de que su historia era cierta, de que no se estaba inventando nada. Intentaba recordar otras cosas habían sucedido la semana antes del virus pero no podía recordar nada relevante. Hasta que por fin recordó algo que solo alguien del futuro podía conocer.

–Recuerdo que justo antes de freírnos el cráneo en el microondas confesaste algo. Confesaste haberte liado con mi hermana.

Esta frase hizo cambiar el rostro de Juan totalmente llenándolo de sorpresa y estupor. Quizás finalmente lograría hacerle creer.

–Joder Roberto, lo que acabas de decir me… me deja a cuadros. Tienes razón, me lie una vez con tu hermana en las fiestas de tu pueblo. Fue hace unos diez años. Recuerdo que aquella noche fuimos a aquel almacén donde se reunían los colegas de tu hermana. Yo iba bastante pedo, tío, no sabía lo que hacía. Pero es que tu hermana iba más pedo todavía. Se abalanzó sobre mí, comenzó a comerme la boca, y unos minutos después empezó a echar la pota y se durmió sobre mi hombro en aquel mugriento sofá.

–No tienes que excusarte, mi hermana tenía 16 años en aquel entonces, ya era mayorcita.

–Lo que me obliga a creerte es que no le he contado esto a nadie. Nunca. Y al preguntarle a tu hermana al día siguiente de aquello me dijo que no recordaba nada de lo sucedido… –Juan se quedó mirando a su amigo a los ojos unos instantes hasta que finalmente sentenció.– Vienes del futuro. Del puto futuro.

–Así es, y no vengo a venderte lejía.

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–Jaja, menos mal.

–Tengo que evitar el brote zombi, eliminando los restos del virus que aparecerán en el instituto CHEVIRAL exactamente quince días después de que el Castellón suba a primera. Esto nos da diez días de margen para trazar un plan y…

–¿Cómo que diez días? Lo del Castellón fue hace… doce días. Te quedan solo tres días, gilipollas.

–¿Hace doce días? ¿Cómo es posible? Los cálculos que realizamos para conocer el día en el que estábamos eran muy precisos. Bea contó los días que tenía que retroceder la máquina para llegar a esta fecha teniendo aún cierto margen de maniobra… Yo mismo repasé los cálculos y no había el más mínimo error. Pudimos concretar los tiempos de los viajes en el tiempo anteriores con precisión de un minuto. Es imposible que algo se nos pasase por alto.

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–Joder, ¿tuvisteis en cuenta los años bisiestos?

–Me cago en la puta, no, no tuvimos en cuenta los malditos años bisiestos…

–Entonces debemos ponernos en marcha cuanto antes.

–Así es, hay que darse prisa. Necesitamos un plan.

Capítulo XXIX

Capítulo 29. La historia interminable.

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Eran cerca de las ocho de la tarde y Roberto descansaba en la pequeña terraza de su piso de estudiantes, apoyado sobre la barandilla. Pretendía respirar un poco de aire fresco y fumarse tranquilamente un pitillo con especias, mientras su compañero de piso preparaba una partida online al juego de tiros de turno. El calor que hace en verano en Castellón capital es insoportable, sobre todo cuando lo más parecido a un sistema de aire acondicionado que hay en la casa es un diminuto ventilador del chino.

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De repente, durante una de las múltiples veces que tuvo que reencender el pitillo, un fuerte dolor de cabeza zarandeó la mente del joven. A continuación una brillante luz roja comenzó a salir por todos los orificios de su cara. La escena era aterradora, como si Roberto hubiese sido poseído por el fantasma de un “gusiluz”. Afortunadamente la transferencia de mente no tardó más de cuatro segundos. De haber durado un poco más, el cerebro del joven se hubiese convertido en papilla, como el de cualquier persona que sobreviva a un Erasmus.

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Roberto se quedó mirando al infinito durante cerca de diez segundos, hasta que el porro que aún tenía en la boca le regaló una pequeña china (una niña oriental, NO. Un pequeño fragmento incandescente de droga, SÍ) que se depositó ardiente y grácil sobre la mano del fumeta. El dolor logró hacer que su mente volviese del ensimismamiento trascendental.

El joven se encontraba levemente mareado, confundido, y según su propia opinión, debido a que el porro le había sentado un poco mal. No conseguía recordar a qué demonios había salido a la terraza. No era la primera vez que la pasaba esto, pero era una sensación que no le gustaba en absoluto.

A partir de este punto existen tres caminos que la historia puede seguir. Basándonos siempre en un cálculo aproximado obtenido de la aplicación heurística de la teoría del caos, hay un 35,4% de probabilidades de que Roberto no recuerde nada de lo ocurrido en los capítulos anteriores, volviendo a repetirse la historia completamente hasta llegar de nuevo al punto actual.

Si ahora mismo ocurriese esto, me vería obligado a repetir los veintiocho capítulos anteriores otra vez, alargando el libro tontamente. De este modo este tendría el tamaño necesario para una edición en tapa dura. Hm… No descartemos esta opción, pues.

Por otro lado tenemos un 64,5% de que todo salga según lo planeado y que el joven se vea en la tesitura de ser el salvador de la humanidad.

Finalmente, hay un 0,1% de probabilidades de que Roberto le explote la cabeza debido a un error en los parámetros introducidos por Bea, llenando la terraza y parte del comedor de sesos y hueso. Este final eliminaría cualquier posibilidad de supervivencia de la raza humana.

Por suerte, la opción más probable fue la que sucedió. Un torrente de recuerdos e información abarrotó la mente del joven exzombi, provocando de nuevo mareos y nauseas en el afectado. No pudo evitar soltar la pota desde lo alto de la barandilla, mojando completamente a un par de peatones que pasaban justo por debajo de su balcón.

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–Joder, Roberto. ¿Te ha sentado mal el porrillo, eh?

–¡Juan, por fin te vuelvo a ver! –dijo a su añorado amigo, al tiempo que le atrapaba en un fuerte abrazo–. Pensé que no volvería a verte…

–Estas muy colgao, colega. No hace ni cinco minutos que has salido a la terraza…

–No me has entendido… tengo que contarte una historia y tienes que saber que todo lo que te explicaré es completamente cierto. No te estoy vacilando. ¿Ok?

–A ver con qué me sales…

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Capítulo XXVIII

Capítulo 28. ¿Lo entiendes, o te hago un dibujo?

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–Ostia puta. ¡Nos están bombardeando!

–¡Hay que ponerse a cubierto! ¡Rápido!

Los dos zombis entraron en la primera casa que pillaron. Era una de las cientos de casas deshabitadas que la burbuja inmobiliaria había dejado a lo largo y ancho del país. Las calidades de los materiales y los acabados no eran ninguna maravilla pero tampoco era el momento de ponerse quisquilloso. Roberto abrió la puerta de una patada y se dirigieron rápidamente a las escaleras que apuntaban hacia el sótano. Mientras las bajaban, vieron como un fuerte destello entraba por la ventana de la casa, seguido segundos después por la onda expansiva. Los cristales de la casa estallaron simultáneamente. Bea y Roberto se lanzaron al fondo del sótano y se protegieron debajo de las escaleras del mismo.

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Al parecer, en la comisaría, justo después de comenzar la reyerta, Brat había avisado al grupo Bravo de que si en cinco minutos no recibían respuesta del equipo Alfa debían ejecutar el plan B.

Y este consistía básicamente en borrar la Comunidad Valenciana del mapa, con un par de bombas nucleares.

La explosión destruyó la ciudad de Castellón completamente, y los daños se extendieron hasta quince kilómetros a la redonda. En el caso de los dos jóvenes simplemente quedaron atrapados y sepultados en el sótano de la casa sin consecuencias más graves para su integridad física. Tardaron cerca de seis meses en salir de allí.

Fue en este periodo, mientras intentaban abrirse paso por los escombros hasta la superficie, donde su relación se hizo más estrecha y comenzaron a buscar alguna solución para todo el lío de los zombis, hasta llegar a la disparatada conclusión de que preparar un viaje en el tiempo era la única solución posible para arreglar el desaguisado. Estuvieron hablando durante años del tema: cómo evitar paradojas temporales, cómo enviar material a través del tiempo, cuándo debían mandar los mensajes para evitar el brote del virus, etc.

Hasta que por fin un día lo lograron.

Por última vez en el libro, remito al lector de nuevo a una época futura, en la cual Bea y  medio Roberto se disponen a realizar el primer viaje en el tiempo de la historia del ser humano. O de la historia de los zombis, según como se mire.

–¿Entonces que me vas a hacer?

–Verás, tú no vas a viajar en el tiempo, sino que lo harán tus ondas mentales. Digamos que voy a coger todo lo que tú eres, tus experiencias, tus sentimientos, tu alma. Todo. Lo voy a meter en un archivo comprimido y lo voy a mandar a tu cerebro de hace veinticinco años. Además, tomando los datos de los otros experimentos he descubierto otras cosas la mar de interesantes. Mediante los resultados de los viajes de la nota y de tus piernas ha sido posible triangular la posición donde se enviaron estas cosas y extrapolar la línea temporal hasta hoy. Como curiosidad te diré en que día estamos: veinte de Mayo del 2040.

–Precioso día.

–Y con esto soy capaz de mandarte a la fecha y hora exactas que queramos.

–Estupendo, todo son buenas noticias.

–A eso vamos, a las malas. De igual forma que en el caso anterior he actualizado los datos de la posición. Al parecer esta máquina tiene predilección por ti.

–¿Comooorrr?

–Sí, lo sé, no tiene ni pies ni cabeza. Cuando la construiste pasaste mucho tiempo delante de estos hierros, impregnándolos en cierta forma con tus partículas… putas. Por esto, siempre que hemos mandado algo al pasado ha ido a parar a algún lugar cercano a ti. Ocurrió con la nota, con tu mitad inferior, y finalmente con tus dedos.

–¿!Dónde están mis dedos!?

–¿No lo adivinas? Están en el laboratorio CHEVIRAL, una semana antes de que la plaga se extendiese globalmente. Siento decirte que eres el jodido causante de todo este embrollo zombi.

SORPRESA[1]

La responsabilidad del apocalipsis había caído como un jarro de agua fría sobre los hombros de Roberto. Él era el culpable de todas esas muertes de amigos, familiares, de Juan… se quedó en estado de shock durante unos segundos hasta que Bea le hizo volver en sí.

–¿Te ha quedado claro? Pero aunque todo esto haya sido por causa tuya, tienes que recordar que eres el único que puede repararlo. Debes viajar al pasado y destruir todo resto del virus que haya en el laboratorio. Plantéatelo como quieras. Una bomba, un incendio, o quizás encontrar tus dedos antes de que contagien a alguien. El caso es que debes evitar el brote del virus a toda costa.

Roberto estaba motivado a limpiar el mundo del maldito virus zombi, pero no dejaba de darle vueltas a todo el tema de la paradoja temporal. ¿¿¡¡Si su infección era debida a su propia infección de donde había salido la infección que había causado la primera infección!!?? En fin. Daba dolor de cabeza. Esto no lo resolvía ni Punset.

–El nuevo dispositivo está preparado. –La científico sacó un roñoso casco de motocicleta, equipado con una suerte de sensores y electrodos que lo hacían parecer el casco de Robocop. – Se pone como un casco normal, sujetando estos sensores aquí, y aquí. ¿Estás preparado para que te mande al pasado?

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–Sí, estoy listo pero… ¿Qué ocurrirá contigo? Si borro esta línea temporal jamás… jamás habrá ocurrido lo nuestro, no recordaras todas estas noches que hemos pasado juntos, los momentos buenos, los malos… No me conocerás.– Bea miró a Roberto con una dulzura que no era normal en ella.

–En estas cosas reside la belleza de la efimeridad de la existencia. Mientras exista no te olvidaré, y mientras me recuerdes, jamás dejaré de existir.

Los dos científicos se dieron un fuerte abrazo que logró detener el tiempo en la habitación durante unos segundos.

–¿Estás preparado para irte?

–Preparado, no aguanto más en esta puñetera cama.

–Tienes diez días, espero que sea suficiente.

–Lo será. Hasta luego, cariño.

–Hasta luego.

Al conectar el casco, la visión de Roberto se llenó de diminutos puntos rojos que iban aumentando de tamaño, hasta llenar por completo su campo visual. Y después, la oscuridad.

Desde la perspectiva de Bea, el casco provocó que todos los orificios de la cabeza de Roberto emitiesen una intensa luz roja, como si se tratase de una calabaza de Halloween, para posteriormente desfallecer dejando su cuerpo vacío y hueco.

Por fin, muerto.

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Capítulo XXVII

Capítulo 27. Triste despedida.

Debido a la explosión la pared y parte del techo de la comisaria se había derruido. Bajo los escombros yacían los cuerpos de unas ocho personas, entre zombis y militares. Finalmente alguien consiguió moverse. Roberto consiguió apartar un gran trozo de techo que le apresaba. A su lado se encontraba Bea, sana y salva, pero con más mierda encima que el cerdo más bajito de la piara. Además, su ropa estaba destrozada, tanto por el maltrato de los americanos como por la reciente explosión.

No recordaba bien que había ocurrido en el momento de la explosión, solo recordaba que Roberto se había lanzado sobre ella y que habían aterrizado debajo de los restos de la mesa de poker.

–¡Hey, estoy aquí abajo!

–¡Juan! ¡Estas vivo!

Los dos zombis apartaron los escombros que había en la zona donde habían escuchado a su compañero. Tardaron cerca de un minuto en llegar hasta donde se hallaba Juan, y la imagen que se encontraron fue grotesca, horripilante.

Al ver la granada, Juan había optado por la opción menos sensata pero sí la más heroica. Con el ánimo de salvar a sus compañeros, Juan se había lanzado sobre la granada. Obviamente esta acción tuvo consecuencias muy negativas para su integridad física.

El cuerpo del zombi estaba destruido, roto en mil pedazos. Su cabeza estaba separada del resto del cuerpo, y había perdido también la mandíbula inferior, por lo que la lengua le colgaba del cuello como una llamativa corbata rosada. Por si fuera poco, tenía la tapa de los sesos ligeramente levantada, dejando a la vista un cerebro grisáceo ligeramente oscurecido en las zonas cercanas a las orejas. La única forma que tenía Juan para comunicarse era el lenguaje zombi que, no sé muy bien por qué, no requería de los órganos básicos para la generación del lenguaje.

–Joder Juan, estas… –comentó Bea, mientras observaba horrorizada a su amigo.

–Roto, lo sé. Puedo sentir los cientos de trocitos de cuerpo que tengo desperdigados por la habitación.

–Tranquilo tío, simplemente tenemos que recogerlos todos, y con un poquito de paciencia, coserte de nuevo. Saldrás de esta –dijo Roberto.

–Nah, sería un esfuerzo inútil. El edificio está ardiendo, debéis salir de aquí. No hay tiempo para recoger todos los pedazos.

–¡Pero no podemos dejarte aquí, joder! ¡Nos has salvado! –dijo ahora Bea.

Por eso mismo, me he sacrificado para que os salvéis, no para que muráis calcinados en esta mierda de sitio. ¡Salid de aquí! –Mientras decía estas palabras, el techo se quejó con un fuerte crujido que llamó la atención de todos los presentes.

Bea se despidió de Juan dándole un beso en la frente, que era el único trozo de piel que aún conservaba intacto y le susurró algo en el oído que ni Roberto ni yo fuimos capaces de oír. Quizás unas palabras amorosas de despedida, quizás una explicación razonable del final de “Perdidos”. Quién sabe. Por su lado Roberto simplemente le dedico una mirada triste y sincera a su colega y se despidió sin mediar palabra.

Acto seguido, Bea cogió la bata de Juan para cubrir su semidesnudo cuerpo y los dos supervivientes abandonaron la comisaría. Desde fuera, pudieron observar como las llamas devoraban el edificio y como se derruía completamente en cuestión de minutos.

Abatidos por la pérdida, los dos zombis andaban sin rumbo, cabizbajos, simplemente llevados por la pendiente del terreno. Estuvieron cerca de dos minutos sin mustiar una sola palabra, hasta que Roberto, por fin, rompió el incómodo silencio.

–¡Ppprrrrrttt! –comentó Roberto, con el culo.

–Joder colega, córtate un poquito. ¿No?

–Ostia, ha sido involuntario, se me habrá generado el gas debido a todo el movimiento de antes –intentó disculparse Roberto–. Me cago en los putos americanos, joder. ¿¡Por qué cojones nos han tenido que hacer esto!? ¿Qué hacían aquí en Castellón?

–Iban a Valencia, a un laboratorio de investigación. Al parecer fue allí, en el instituto CHEVIRAL, donde se originó el brote. Esperaban encontrar información allí que les ayudase a encontrar una vacuna para el virus.

–Joder, me suena de algo el nombre ese. Aun así, no tienen derecho a …

Antes de poder terminar la frase, un fuertísimo zumbido llamó su atención. Un gigantesco avión, concretamente un Lockheed C–5 Galaxy, pasaba por encima de ellos a una altura relativamente baja. Se quedaron unos segundos mirándolo hasta que, justo cuando pasaba por encima de Castellón, dejaba caer un voluminoso paquete desde la zona de carga. Desde esta distancia no se podía saber que era, pero estaba claro que no era una caja de caramelos.

Capítulo XXVI

Capítulo 26. Se trasca la magedia

Los dos colegas estaban acorralados en el fondo de la habitación, con únicamente una puerta a su disposición, la cual llevaba a una habitación sin salida que, para facilitar las cosas, estaba completamente en llamas.

Su única opción, la distracción.

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Abrieron de golpe la puerta de la zona de pruebas provocando una intensa llamarada, debida al aporte extra de oxígeno. Esto provoco que entrase en la estancia principal una intensa cortina de humo, que además de activar aún más a nuestros protagonistas, entorpecía enormemente la visión de los militares.

Guiados por su visión térmica, los dos zombis se lanzaron a por sus captores, armados únicamente con armas del pleistoceno (léase, palos). Se produjo un forcejeo, puramente físico, en el que no se escucharon disparos.

Por su lado, Roberto se lanzó a por el joven escocés mientras que Juan atacó al experimentado Brat. Hubo un intercambio de golpes entre ambas partes, saldándose finalmente en un soldado pelirrojo muerto por rotura de cuello severa debida a un potente derechazo que hizo girar su cabeza más de ciento ochenta grados y con Brat Pidd volando por los aires aterrizando en la esquina contraria de la habitación, donde se encontraba Bea.

Velozmente Brat cogió a la indefensa Bea del cuello y plantó su nueve milímetros en su sien.

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–Un paso más y vais a tener que reconstruir a vuestra amiguita con mucho pegamento.

–¡Suelta a la chica!

–¡Cállate! Me vais a dejar salir de aquí, o de lo contrario le vuelo la tapa de los sesos a esta jovencita.

El maldito Brat estaba a punto de salirse con la suya. Si conseguía salir de la comisaria con Bea jamás volverían a verlos.

De pronto, una fuerte explosión procedente de la armería ensordeció a los presentes. Un fuerte pitido atravesaba el cráneo de todo aquel que tuviese el canal auditivo en condiciones. Y este no era el caso de los zombis.

Aprovechando esos segundos de confusión y a falta de un arma, Juan se arrancó de un fuerte tirón el brazo izquierdo, colocó sus dedos en la clásica posición de “victoria” y lo lanzó a los ojos de Brat. Los dedos del zombi lograron penetrar lo suficiente en el ojo del americano para malograr su vista. Instantes después Roberto se lanzaba sobre el militar intentando desarmarle.

El estadounidense sujetaba firmemente su arma y no tenía pensado rendirse frente a la fuerza sobrehumana del zombi. Durante el forcejeo, el arma se disparó hasta cinco veces. Las cuatro primeras aterrizaron en el tórax de Roberto, sacudiéndole todo el cuerpo con cada impacto. Fue el último de los disparos el que alcanzó a finalmente a Brat, atravesando su pulmón derecho. El golpe le hizo perder todas las fuerzas que le quedaban y terminó soltando el arma, llevándose la mano izquierda a la herida, por debajo del chaleco. Los chicos se reunieron en un fuerte abrazo, como unos teletubis algo podridos.

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–Maldito hijo de puta… ¡Cof! ¡Cof! Me habéis jodido. Nos habéis jodido, a mí y a toda la humanidad. ¡Éramos la última esperanza, y vosotros la habéis JODIDO!

–Te metiste con el zombi equivocado.

–Lo que tú digas, campeón, pero el que ríe el último, ríe mejor. –Mientras decía estas palabras, el militar moribundo sacó una granada de debajo del chaleco. Como si hubiesen visto un mago sacando un conejo muerto de su sombrero, la cara de los tres zombis se llenó de sorpresa y espanto.– Sea como sea, no saldréis de esta.

Con sus últimas palabras, Brat soltó la granada, arrojándola a los pies de los jóvenes.

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Capítulo XXV

Capítulo 25. Flying free

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–¡Respira el humo como si no hubiera un mañana, Roberto!

Los dos jóvenes tomaban bocanadas de aire enormes, intentando introducir el máximo de ese humo blanquecino en su sistema respiratorio. Tardaron unos segundos en empezar a notar sus efectos, pero finalmente llegó. Una sensación indescriptible de euforia, fuerza, adrenalina acompañado de unas ganas locas de destrozar a cualquier yankee que pillasen por el camino.

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Todo había salido según el plan. El éxito del mismo dependía en gran medida de que hubiese marihuana en la zona de pruebas. Prepararon un pequeño artefacto incendiario con una pila y el despertador que llevaba Roberto en la mochila y con la ayuda de una botella de plástico y la poca gasolina que pudieron sacar de su coche dejaron listo todo el efecto mariposa. Colocaron el temporizador en diez minutos.

El despertador debía provocar un cortocircuito, que a su vez encendería el rastro de gasolina que habían lanzado por la ventana de la zona de pruebas. No podían tener la seguridad de encontrar suficiente cantidad de marihuana para que el incendio generase un humo rico en THC, pero tratándose de la provincia de Castellón el optimismo era, cuanto menos, razonable.

Desgraciadamente para los americanos, el plan salió a la perfección.

Roberto y Juan rompieron de un tirón las bridas que les retenían segundos atrás y, desde el suelo, realizaron un barrido con la pierna simultáneo que derribó a los dos guardias al mismo tiempo. Con una rapidez sorprendente los dos colegas se pusieron de pie y propinaron sendas patadas a sus cuidadores. En todo este tiempo el guardia rubito solo tuvo tiempo de pedir ayuda a gritos mientras intentaba ponerse en posición de disparar.

Juan abrió su bata blanca, como si la gabardina de un exhibicionista se tratase, dejando a la vista más del 90% de su anatomía. Roberto, haciendo un movimiento rápido y fuerte, introdujo la mano derecha en el abdomen de su compañero. Como si del bolsillo de Doraimón se tratase, Roberto sacó un par de elementos alargados de la cavidad abdominal de su colega. Se trataba del “El repartidor” de Juan y del tubo de metal de Roberto. Este último había introducido las armas en el cuerpo de su colega realizando una pequeña (por decir algo) incisión en la parte baja de la espalda, sobre los riñones.

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Antes de que el soldado rubiete tuviese tiempo de dispararles, los dos zombis le golpearon en la cabeza, de forma simétrica y coordinada, mediante un hermoso golpe de revés. La sincronía del golpe fue tal, que provocó que el cerebro del soldado saliese disparado hacia el techo de la habitación, como el piloto de un avión de combate que ha entrado en pérdida.

El otro vigilante, que ya se había incorporado, estaba llevándose el rifle al hombro dispuesto a perforar el cráneo de los dos zombis. Como si fuese un lanzador de cuchillos profesional, Roberto le tiró su arma a la cabeza donde se incrusto sin mucha dificultad, provocando la caída del militar sobre una mesa llena de cartas y billetes que terminó rompiéndose por la mitad.

McGregor, que se encontraba haciendo guardia en la puerta, entró rápidamente a la comisaría. Nada más cruzar el umbral, pudo ver a mano derecha a Brat y a Aidrean dentro de la armería, preparando sus fusiles para salir a por los no muertos.

El vigilante no les esperó. Preparó su revólver y se encaminó hacia el fondo de la habitación. Unos metros antes de llegar a la esquina ya fue capaz de ver a sus objetivos. Sin preguntar ni la hora vació los seis tiros de su revolver encima de los jóvenes. Gracias a sus recién adquiridos superpoderes, fueron capaces de esquivar las tres balas que tuvieron peligro real de reventarles el cráneo.

Con el arma descargada McGregor era una presa fácil. Roberto, que iba desarmado, le estampó una de las sillas en la espalda. No os imaginéis la típica escena de las películas en la que la silla se destroza totalmente en la espalda de la víctima, porque no fue así. La silla era de hierro, maciza, y seguramente pesaba más de cien kilos, por lo que hizo que el pobre soldado se hundiese en el suelo más planchado que un tranchete. Para evitar represalias, los dos zombis cogieron un brazo cada uno y dieron un fuerte tirón con la intención de dislocarle el hombro a McGregor. Por desgracia, no midieron del todo bien la fuerza y terminaron arrancándole los brazos al militar. Bueno, un problema menos.

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Alertados por los gritos desgarradores de dolor de su compañero, Brat y el escocés se apresuraron a salir de la armería. Vaciaron un cargador en menos de tres segundos sin demasiado éxito. Los dos no muertos fueron capaces de sortear las balas suficientes hasta ponerse a cubierto detrás de la esquina de la habitación.

–Estáis muertos, hijos de puta –dijo Brat–. Podríais haber vivido una vida bastante buena en américa, pero teníais que joderlo todo. ¡Os vamos a dejar como un puto colador!