Avance Comecocoz 2

Buenas chic@s!

Para que no os penséis que os tengo abandonados os voy a regalar un pequeño avance de la posible y probable continuación de Comecocoz. Ahora mismo todavía está al 10 o 15%, pero voy dándole forma a la segunda parte en mis ratos libres. Los capítulos son un poco más largos de a lo que os tengo acostumbrados, pero que no cunda el pánico. Se leen en 10 minutos.

Lo dicho. ¡Espero que os guste!

Capítulo 1. Entrevista de trabajo.

 Martes. 9:00 de la madrugada. Es la primera vez que me toca levantarme tan temprano en semanas. Había estado un poco decaído por mi situación personal durante unos cuantos días, pero ya era hora de intentar tomar las riendas de mi vida de nuevo. Ese día dejé atrás al sofá, las cajas de cereales y a Susana, la presentadora rubia que me hacía compañía todas las mañanas. Conseguir un nuevo empleo era el primer paso para intentar recuperar mi anterior vida.

Por supuesto llegué puntual a la entrevista. Llevaba puesto mi mejor conjunto, un traje negro, liso, dos botones, de corte clásico pero con toques modernos. Estaba preparado para triunfar. Joder, hubiera conseguido enseñar calculo diferencial a Belén Esteban.

Entré en el espacioso despacho que me indicó la secretaria y me senté en frente de tres señores trajeados atrincherados tras una mesa de roble absurdamente larga. Debían rondar todos los treinta y pico, como yo, pero se les notaba cierta aura de mala hostia que acojonaría a cualquier aspirante cobarde o poco resuelto. Ese no era yo, de eso seguro. De pronto, el entrevistador situado más a la derecha de los tres se aclaró la garganta.

―Siéntese ―me ordenó, señalando a una solitaria silla que había en medio de la habitación―. Verá señor Rela, hemos estado leyendo su curriculum y es envidiable, la verdad. Terminó la licenciatura en Física en cinco años, tiene varios máster, trabajó durante un año en el CERN… ¿Qué hizo allí, si puede saberse?

―Estuve de becario un año y medio con el doctor Richard Zäpfchen. Básicamente hicimos trabajo de investigación sobre nuevos tipos de partículas: mesones, piones, gluones, etc. Hicimos múltiples experimentos en el acelerador de partículas. Fue una experiencia increíble, la verdad.―Realmente lo que hice en aquellas prácticas fue preparar cafés y hacer fotocopias a cascoporro, como buen becario, pero tampoco iba a desmerecerme voluntariamente. Soportar las excentricidades de un científico alemán venido a menos durante todo ese tiempo también tenía su mérito.

―Bien, muy bien. Luego trabajó unos años en la Universidad Politécnica de Valencia desarrollando métodos de polimerización de última generación. Más tarde lo contrataron en Expert Industries donde estuvo trabajando de director de proyectos hasta hace prácticamente un mes. ¿Por qué dejó su anterior empleo?

―Esa es una buena pregunta, pero para responderla me gustaría explicarles algo. Verán, mi vida siempre ha sido como una montaña rusa, con épocas en las que todo me salía bien, tenía éxito y el universo me sonreía y épocas… bueno, un poquito peores.―Pude ver como el entrevistador colocado más hacia la izquierda tomaba notas en una pequeña libreta al tiempo que escuchaba mi historia. O eso o estaba haciendo un sudoku.―Por ejemplo, en el instituto, tuve una desarrollo bastante temprano, lo que me confirió el atractivo masculino que las chicas buscaban en esa edad y la voz profunda y grave que los chicos admiraban. Fui de los primeros en conseguir un teléfono móvil de aquellos polifónicos, ¿los recuerdan? En resumen, que literalmente era el rey del mambo. Pero todo cambió el día de la función de fin de curso…

―¿Qué ocurrió? –preguntó ahora el de la izquierda, con curiosidad.

―Verán, se me encargó presentar la función de la tarde, es decir, dar paso a los múltiples grupos que pretendían mostrar algo al resto del colegio. Nunca he tenido miedo escénico, pero lo cierto es que esa tarde los nervios me pasaron factura. Se me agarraron fuertemente a los intestinos y no me los pude quitar en todo el día. Bueno, total. Que justo al comienzo de la función estaba yo allí, en medio del escenario, con un par de focos para mí solo. Todos pendientes, manteniendo un escrupuloso silencio.

―De repente, un pedo. Un gigantesco y monstruoso pedo se revolvió dentro de mi intestino reclamando espacio y no tenía otra opción que darle salida. Se me ocurrió que carraspeando un poco quizás no se escuchase tanto la flatulencia, por lo que así lo hice. Carraspeé y me peí. Aquí comienza mi pesadilla. Por un lado, el carraspeo fue algo más fuerte de lo habitual y terminó arrancando una contundente flema del fondo de mi garganta que se convirtió en un moco del tamaño de una almendra. Por otro lado, el pedo consiguió salir a la frecuencia justa de modo que mis nalgas resonaron de forma grotesca y se pudo escuchar su vibración hasta en el gimnasio. Por si fuera poco, el pedo salió ligeramente acompañado de su primo mojón, dejando una espantosa zurraspa en mis pantalones blancos. Traté de ocultar el moco gigantesco que tenía en la boca tragándomelo. Pero fue la segunda mala idea de la tarde. El asco que me produjo semejante flema deslizándose lentamente por mi garganta fue suficiente para provocarme una serie de violentas arcadas que terminaron en un potentísimo vómito que terminó mojando hasta los de la tercera fila. Debido al cumulo de emociones me colapsé y caí desmayado en el escenario. Y así fue como terminé el instituto. Desmayado sobre un charco de mierda, vómito y orín.

―¿Orín?

―Sí. Por si fuera poco al desmayarme perdí el control de los esfínteres y bueno…

―Una historia trágica, sin duda. ¿Cómo logró terminar el bachillerato? –preguntó de nuevo el de la derecha.

―Obviamente me convertí en un paria. No me saludaba ni Willy, el conserje. Bueno, se llamaba Paco, creo, pero era pelirrojo y calcadito al famoso escocés. Total, que “gracias” a ese aislamiento no tuve más remedio que concentrarme al máximo en mis estudios y así fue como conseguí prepararme para ser el científico que soy ahora.

―¿A qué viene contarnos toda esta historia, señor Rela? No veo donde quiere ir a parar.

―Pues verá. Resulta que hace un mes mi vida empezó a desmoronarse otra vez. Perdí mi empleo, mi dinero, mi familia… lo perdí todo. Y ya estoy listo para volver a ser mi mejor yo. Quiero trabajar con ustedes para poder reconstruir mi vida, desde abajo.

―Eso está muy bien, pero no estamos seguros de que usted encaje en el perfil que estamos buscando. Está… bueno… sobre cualificado para trabajar en cualquiera de nuestros restaurantes de comida rápida. Incluso para trabajar de gerente. Son puestos que suelen ocupar ingenieros y arquitectos. ¿Por qué no intenta volver a trabajar en investigación?

―Verá, debido a lo que ocurrió en mi anterior empleo me retiraron la licencia –expliqué, transmitiendo toda la pena que sentía a través de mi mirada―. No podré volver a ejercer de físico. Ni en este país ni en cualquier otro que valga la pena.

―Pero, ¿qué fue lo que le ocurrió? ¿Qué hizo?

―Verán caballeros, les he contado la historia de mi adolescencia para no tener que recordar lo que me sucedió hace poco. No estoy preparado para hacerlo. Todavía no lo he superado. Pero en definitiva ha sido algo que no he podido controlar y que no ha sido responsabilidad mía.

De pronto, el entrevistador sentado en el centro dio un fuerte manotazo sobre la mesa.

―Salgan fuera –ordenó.

Los dos entrevistadores y yo obedecimos ipso facto, levantándonos de un brinco de la silla.

―David, usted no.

―Oh. Claro. Vale.

La puerta del despacho se cerró suavemente dejándome solo con el tipo de las gafas de sol. El muy cabrón permaneció callado varios segundos, hasta que vio que me lanzaba a romper el silencio.

―Bueno, bueno. David Rela. Así que su vida no está yendo muy bien últimamente, ¿eh?

―Así es. Como he dicho, han sido una serie de acontecimientos desafortunados que me ha sido imposible evitar. Son los designios del universo.

―Pues yo creo que sí que hay una razón para lo que le ha ocurrido. Es más. Diría que se lo merece.

―¿Disculpe?

―Sí, sí. Ha escuchado bien. Todo lo que le ha ocurrido, tanto lo de su familia como lo de su trabajo, responde a un principio universal básico como es la causalidad. El desenlace lógico y evidente de la revelación de secretos y la conspiración que usted llevó a cabo hace 46 días.

―No sé de qué me está hablando ―contesté, poniendo la misma cara de cuando mi madre me preguntaba si había fumado.

―Hablo del “Expediente Warren”. ―Al volver a escuchar ese nombre palidecí inmediatamente―.

―¿Se refiere a la película de terror?

―No. Sabes perfectamente a qué me refiero. El archivo que hablaba de nosotros, de nuestra raza. ―En estos momentos el miedo y la ansiedad inundaron hasta el último rincón de mi cuerpo. Jamás en toda mi vida había estado tan acojonado. Bueno, sin contar aquella vez, con 16 años, cuando mi novia tuvo un retraso de seis días.― Metiste las narices en el sitio equivocado y ahora tienes que acarrear con las consecuencias. No vas a encontrar ningún trabajo. Jamás. Tu único posible futuro es terminar debajo de un puente, calentándote al fuego de un bidón en llamas y durmiendo sobre unos sucios cartones. Y si sigues tocando los cojones, consideraremos incluso eliminarte.

―Entonces, ¿lo que leí en aquel expediente era cierto?

En este punto de la conversación el tipo de las gafas tiró del cuello de su camisa, dejando visible una extraña marca unos centímetros más arriba de la clavícula. Tenía la forma de dos círculos concéntricos con un punto más oscuro en el centro. Reconocí aquella marca de las imágenes del dichoso expediente Warren.

―Y ahora lárguese. Pero recuerde, señor Rela. Si volvemos a escuchar alguna noticia suya puede darse por muerto.

¡Nos mencionan en BatRock!

El pasado viernes recibí un mensaje de Estranged AE, el cual me comunicaba que esa misma noche iba a hacer una pequeña reseña de mi libro en su programa de radio en “Amposta Radio” .

Por desgracia, no me dio tiempo a preparar una entrada decente para que lo escuchaseis en directo. La parte buena es que el programa se sube en Podcast, que podéis encontrar en la siguiente dirección:

http://www.ivoox.com/podcast-podcast-batrock_sq_f1129593_1.html

En unos días subirán el audio del programa del pasado viernes, mientras tanto podéis echarle un ojo al resto de sus programas. El programa esta pilotado por Marc Segarra, Joan torta, Óscar Antón, Marc Alloza, Rodrigo di salvo y Estranged ED. Divertido, dinámico y recomendable. Eso sí, programa integro en catalán, por lo que es recomendable un nivel de A1 o A2 antes de lanzarse a escuchar el programa.

Editaré la entrada cuando esté disponible el programa en cuestión.

EDIT: Aquí tenéis el link!! — http://www.ivoox.com/batrock-16-audios-mp3_rf_3531727_1.html

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¡Nueva portada!

Me alegra comunicaros que tenemos portada profesional para el libro. David Rela se ofreció a dibujarme esta fantástica portada y me la cedió gratuitamente, tratando de ayudarme a poner en marcha el libro. De parte de todo el equipo de redactores y guionistas que escriben Comecocoz le hemos trasladado nuestro amor y gratitud en multiples ocasiones, pero vamos a hacerlo una vez más. Gracias David.

Seguro que con esto las descargas aumentan un 11293%

Para celebrarlo, mañana sacaré una publicación nueva, humor de la segunda temporada (tranquilos, ya haré spam de bueno por Facebook mañana)

Epílogo

Espero que hayáis disfrutado leyendo esta novela, por lo menos la mitad de lo que he disfrutado yo escribiéndolo. Esta historia está basada en hechos reales y va dirigida a todas esas personitas que tenemos cierto problema en la cabeza y nos hacen gracia las cosas más estúpidas. Si en algún momento de la historia te has sentido ofendido, impresionado, asustado o excitado, tranquilo. Era justo lo que pretendía.

Si eres de los que se ha quedado con ganas de más, he de advertir que si veo que el libro tiene buena acogida por el mundo en general, no se descarta preparar una segunda parte, con menos zombis, con más situaciones estúpidas y con igual cantidad de palabrotas.

A todos los que me habéis seguido desde el principio, muchas gracias por leerme.

Atte. Víctor.

AKA Maestroflema.

PD: Subido libro barato, barato.

Capítulo XXXVI

Capítulo 36. Frets on fire.

Roberto lanzó el aparatoso ventilador sobre su perseguidor con el objetivo de retrasarlo en su avance, estampándolo así contra uno de las papeleras del pasillo. El joven emprendió de nuevo su desesperada huida, como quien escapa de la casa de un ligue nefasto un domingo por la mañana.

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De pronto, el tópico de los tópicos. Roberto tropezó con su propio pie, cayendo de bruces sobre el reluciente suelo gris, y deslizándose sobre el mismo unos cuantos metros. Al darse la vuelta, pudo sentir como algo estaba subiendo por su pierna. Algo pequeño, peludo y hambriento. No, no hablamos de un furbi, sino de una rata mutante de tamaño considerable.

El joven yacía en el suelo con una de las piernas formando noventa grados y en posición vertical. Buscaba en todas direcciones algo con lo que poder zafarse del pequeño monstruo que le reptaba por la pierna derecha, hasta alcanzar su rodilla. Desde allí, la alimaña se quedó observando a los ojos de su víctima, saboreando su victoria, al tiempo que abría su boca lentamente enseñando sus incisivos.

A su derecha, se abrió la puerta del ascensor, soltando sobre el pasillo un chorro de luz blanquecina y de aura angelical que deslumbró a todos los presentes.

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–¿Interrumpo algo? –comentó Juan.

Roberto pudo sentir como una suave brisa corría sobre su frente e instantes después vio como la rata que tenía sobre su rodilla salía volando por los aires. Cayó muerta a unos diez metros de distancia.

–Joder tío, me has salvado.

–Así soy yo, el héroe de los cuentos.

–Sí, joder, pero podrías haber tardado menos. ¡Casi me matan!

–Lo sé, lo sé. He venido todo lo rápido que he podido, pero cuando me llamaste estaba plantando un pino en la otra punta del edificio. Por cierto, tienen un papel suavísimo.

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–Vamos a deshacernos de todo resto biológico y nos vamos para casa.

–Ostia, es cierto. No he tirado de la cadena. –Roberto lanzó una mirada de incredulidad a su compañero al tiempo que levantaba una de sus pobladas cejas, dudando de si lo estaba diciendo totalmente en serio. –Oh, sí. Las ratas. Claro, claro.

Los dos jóvenes entraron en la primera oficina medianamente amplia que encontraron.  Prepararon una especie de pira funeraria con una papelera de metal y medio vasito de gasolina, aprovechando también unos papeles de la mesa para mantener el fuego.

Introdujeron a las tres ratas y todo el material que utilizaron para limpiar el estropicio en la papelera en llamas, intentando siempre no causar un incendio, por supuesto. Roberto había cogido a la última rata del rabo como quien coge un Ferrero Rocher, con los dedos pulgar e índice y abriendo el resto de la mano al máximo.

Si, justo así. ¿Tenías que probarlo, eh?

Los dos compañeros miraban el fuego con satisfacción y orgullo. Habían conseguido salvar a la humanidad de su extinción. Y no iban a recibir ni una triste medalla. Ni un misero “gracias”. Esta era la llamada ingratitud hacia el héroe. Estaréis familiarizados con este concepto si alguna vez habéis jugado a algún videojuego, claro está.

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A los pocos segundos de haber empezado el fuego a avivarse, un extraño objeto saltó del interior de la papelera, cubierto en llamas y comenzó a corretear salvajemente por la habitación.

Si ya es complicado intentar matar a una rata zombi, intentad imaginar lo que sería enfrentarse a una rata zombi EN LLAMAS.

El ardiente roedor inició una serie de pequeños incendios sin importancia al pasar cerca de archivadores, documentos y las cortinas. Una vez acostumbrada a las llamas, pudo concentrarse en tratar de aniquilar a los dos humanos que la habían cabreado tanto. El roedor atacó de frente sin mostrar miedo ni arrepentimiento, mostrando sus maltrechos dientes en pose amenazadora.

Juan agarró el extintor que habían preparado para sofocar el fuego de la papelera y lo descargó sobre la furibunda rata. Esta quedó cubierta de una espesa espuma que logró frenarla y enfriarla. Esta sería su primera y última fiesta de la espuma.

–¡Revienta a esa puta rata, coño ya! –ordenó Roberto.

–¡Muereeeeee! –gritaba Juan al tiempo que descargaba todo el  peso del extintor sobre el roedor en una serie de rítmicas repeticiones. Por el manchurrón rojo que había quedado en el suelo, se podía prever que la rata había abandonado el mundo de los vivos de una vez por todas.

Es este breve tiempo, el pequeño incendio se había convertido en un importante incendio que los jóvenes no fueron capaces de reducir mediante los extintores que tenían disponibles. Dando el fuego por perdido, accionaron el interruptor de la alarma anti incendios con la esperanza de que se activasen unos aspersores en el techo, o algo.

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Lo único que lograron activar fue una débil sirena que alertaba de la necesaria evacuación del edificio. Los dos jóvenes se dirigieron rápidamente a la salida de emergencia donde Juan había dejado su coche. Por su lado, los tres vigilantes del edificio se reunieron en la fachada del instituto preguntándose mutuamente quién había activado la alarma.

Una vez sentados en el Seat Panda, los dos jóvenes abandonaron el lugar de los hechos sin mucha prisa, intentando no levantar sospechas. Pudieron ver desde lejos la llegada de los bomberos y se sorprendieron gratamente al ver la segunda planta del edificio estaba totalmente en llamas. Era imposible que ningún virus zombi soportase un incendio de tal calibre. En su huida, condujeron el vehículo hacia el exterior de la ciudad por calles concurridas, para no llamar la atención.

–Bueno Roberto, parece que todo ha salido a pedir de boca.

–Así es, el plan ha sido todo un éxito. Por lo menos al principio, luego nos ha tocado improvisar.

–Ja, ja. Me tienes que contar como coño la has liado tanto, colega, solo tenías que…–Súbitamente, unos golpes extraños pusieron en alerta a los dos pasajeros. ¿Había conseguido seguirles la rata carbonizada de alguna forma? ¡Quizás solo había aplastado el rabo del animal, permaneciendo el resto oculto y a la espera de un mejor momento para continuar su ataque! Si este fuera el caso, los jóvenes tenían poquísimo espacio de maniobra encerrados en el diminuto utilitario.

–¡Sacadme de aquí! ¡Cabrones! –dijo una voz femenina desde el maletero.

–¡La limpiadora! –contestaron los dos jóvenes a la vez.

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Los dos jóvenes se dirigieron con presteza hasta el barrio de Carmeta, donde fue abandonada a su suerte. El camino de vuelta lo pasaron intentando descubrir de quién había sido la culpa de olvidarse de la limpiadora. Finalmente prefirieron dejar las diferencias a un lado y optaron por la opción más sensata. Dirigirse a algún pafeto de Castellón en el que emborracharse hasta perder el conocimiento y fumar hasta perder el sentido de la vista.

–Cadete, estamos frente a un código 5. –dijo Roberto.

–¿Código 5? Siento informarle que vamos a estar un par de días de resaca, mi general.

–¡Así es la vida, cadete! ¡Un sacrificio detrás de otro!

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Por fin la tranquilidad volvía a las vidas de Juan y Roberto. Aunque no les duró demasiado. El destino (véase, yo) quiso que cinco semáforos antes de alcanzar la salida de la ciudad, un gigantesco camión de la basura se saltara su semáforo en rojo, estampándose a toda velocidad contra el coche de nuestros amigos.

El diminuto Seat Panda salió despedido por los aires varios metros, debido a la tremendísima fuerza del impacto. Por si fuera poco, al aterrizar, comenzó a dar vueltas de campana centrifugando al máximo a los pasajeros del vehículo. Finalmente, el coche se estampó contra el puesto de alquiler de bicicletas que, de forma inexplicable, inició un potente incendio que terminó por calcinar el pequeño Panda.

Instantes después del accidente, cuando aún no había llegado la ambulancia, se pudo vislumbrar un luminoso destello rojizo en el extremo contrario del cruce. Tras un par de chasquidos, se abrió un más que reconocible puente de Runge, del que surgió un Seat Panda tuneado, de forma que parecía el puñetero coche de “Regreso al Futuro”. Pero en versión cutre, eso sí. De este, bajo una mujer que llevaba una vestimenta un tanto extraña y sucia, cubierta con una bata blanca de laboratorio.

–¡Me cago en la puta! ¡Me han faltado escasos minutos, joder! –dijo la mujer de mediana edad –. Por suerte aún me queda energía para un par de saltos más. ¡No os fallaré, chicos!

Capítulo XXXV

Capítulo 35. Matarratas.

Roberto intentó abrir la jaula de plástico con sus propias manos, pero le fue imposible. Era necesario encontrar la llave de la cerradura para poder abrir la jaula, de lo contrario no podría acceder a su ansiado premio.

Apenas diez segundos después de comenzar la búsqueda de las llaves (introducir aquí la famosa canción. Matarile, rile, rile.) escuchó a sus espaldas un fuerte crujido.

Al girarse, pudo ver como los pequeños ratoncitos mutaban y se convertían en unas gigantescas y horribles ratas. Debido al aumento de volumen de las mismas, la jaula no fue capaz de soportar la presión y las bisagras de la puerta saltaron, como si de los botones de la faja de Falete se tratasen.

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Sin detenerse a saludar a su nuevo amigo, las tres ratas se lanzaron en un ataque directo hacia el joven exzombi, que no tuvo más remedio que salir por patas.

–¡Juan, están aquí abajo! ¡Hay que matar a las ratas!

–¿Cómo? ¿Qué dices?

–¡Baja a ayudarme, coño!

Roberto se lanzó a la carrera por el largo pasillo, perseguido de cerca por las tres ratas sedientas de sangre. Si bien tenía algunas armas en la mochila, ni había previsto tener que enfrentarse a tres ratas asesinas, ni tampoco es que fuera fácil ponerse a rebuscar en ella con esos bichos pegados al culo. Pocos metros después encontró, a mano derecha, la puerta de una oficina abierta. Roberto se lanzó a su interior como el que salta al último bote del Titanic y cerró rápidamente la puerta.

Mientras cerraba la puerta, pudo notar como los últimos centímetros del movimiento tuvieron una resistencia mayor a la normal. Buscó por el marco de la puerta algún objeto que pudiese haber obstaculizado el movimiento hasta encontrar, junto a su pie derecho, la cabeza cercenada de una de las peligrosas ratas. La pobre seguía moviéndose por el suelo, separada del resto del cuerpo, dando mordiscos al aire como si de una dentadura de broma se tratase.

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Roberto, cogió la papelera de metal que había en la esquina de la oficina, la levantó por encima de su cabeza y, cerrando la boca y los ojos, la estampó contra lo que quedaba de la rata. Pudo ver, a través de las paredes de cristal de la oficina, como al otro lado de la puerta le aguardaban las dos ratas restantes, expectantes y rabiosas debido a la prematura muerte de su amiga.

Aprovechando la tranquilidad que le brindaba la nueva barrera, el joven limpiador travestido se apresuró en colocarse unos guantes de látex, una máscara típica de médico y unas gafas de protección. No tenía mucho tiempo, pues tenían que acabar con las ratas antes de que nadie, incluidos ellos mismos, resultase infectado.

La mente de Roberto le brindó, como siempre solía hacer en situaciones de máximo estrés, con una de las mejores ideas de la noche. Se acercó al ventilador que había junto a uno de los escritorios, le quitó la rejilla protectora de las aspas y lo conecto al enchufe más cercano. Estaba confiado, decidido. Más motivado que Oliver Atom jugando contra Messi. Iba a despedazar a esas malditas alimañas con el ventilador, como si de una termomix se tratase. Conectó el ventilador al máximo, cogió una buena bocanada de aire y abrió la puerta de golpe.

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En un principio las ratas sintieron cierto miedo del arma del joven, debido al ruido y al viento que generaba. La rata situada más a la izquierda, tardó poco más de tres segundos en aventurarse en un ataque frontal, dando un salto directo a los ojos de Roberto. Por suerte, este estuvo rápido y pudo interceptar al agresivo roedor, que quedó reducido a trocitos de carne, piel y hueso, al tiempo que salpicaba con sus tripas parte del marco de la puerta y la pared. El espectáculo estaba resultando más gore de lo que se pretendía en un principio. Se suponía que solo tenían que incinerar un par de dedos amputados, ¿cómo había podido complicarse tanto la cosa?

Ante la visión del alto poder destructivo del electrodoméstico, la ahora acobardada rata retrocedía lentamente por el pasillo a medida que Roberto salía de la habitación. Podía sentir el pavor en los ojos de la alimaña, incluso si alguien le hubiese preguntado hubiese dicho que estaba tiritando del miedo. O del frío, ya que el ventilador estaba funcionando a toda pastilla.

Movido totalmente por la euforia del momento, Roberto soltó un fuerte grito a la indefensa ratita al tiempo que se lanzaba en una carga frontal, ventilador en mano, con un poco menos de glamour que un caballero medieval, pero no con menos ímpetu. La última rata no pudo hacer más que mirar al cielo y rezar la más favorita de sus oraciones ante la llegada de una muerte segura.

Para sorpresa de todos los presentes, a los pocos metros de haber iniciado la carga frontal, se escuchó un fuerte crujido y la velocidad de las aspas del ventilador fue decreciendo hasta detenerse completamente. Al parecer alguien no había tenido en cuenta que la longitud del cable no era infinita.

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Tanto tiempo y dinero invertido en colegios de pago, para esto.

Capítulo XXXIV

Capítulo 34. I want to break free.

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Un escalofrió recorrió la espalda de Roberto y el corazón se le aceleró como el de un puñetero hámster después de beberse una lata de redbul. Había conseguido avanzar hasta el comienzo del pasillo, pero el portero tuvo tiempo más que suficiente para darse cuenta de su entrada e interceptarle.

El cerebro de Roberto iba a mil por hora, intentando adivinar cuál sería el castigo por colarse en un edificio. Quizás una multa, quizás unos meses de trabajos forzados. O quizás la silla eléctrica.

Bueno, seguramente esta última no iba a ser, pero tenía claro que no solo estaba en juego su futuro, sino también el del resto de la humanidad.

Con un gesto rápido, Roberto sacó el arma que el vigilante portaba en la funda colocada en su costado derecho. El pobre no fue capaz de reaccionar a tiempo. En cuestión de segundos, el joven vació el cargador de la nueve milímetros en el pecho del vigilante.

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Por suerte, un manotazo en el culo hizo volver a la realidad al acojonado jovenzuelo.

–Buenas noches, guapísima. ¿Qué pasa? ¿Hoy no me dices nada?

Roberto se quedó ano–nadado al comprobar que el disfraz había dado resultados satisfactorios. Él, junto con Juan, había comprado una peluca morena y unas uñas postizas rojas (Rojo Pasión, como le decía su colega) a las que se le añadía el uniforme de la limpiadora, dando como resultado el engendro travestido más horripilante de todo Valencia.

Por lo menos visto de frente.

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De espaldas, la falta de un torso definido en el gimnasio y la posesión de un trasero demasiado gordo para un joven de su edad, habían sido suficientes para confundir al degenerado vigilante.

–No hace falta que digas nada. A la misma hora, donde siempre. Hoy he cortado el césped del campo de juego –dijo el segurata mientras movía sus pobladas cejas arriba y abajo a un ritmo frenético. A continuación se dirigió de nuevo a su escritorio a seguir con lo que estaba haciendo sin añadir ni una palabra más.

Una vez hubo avanzado unos cuantos metros por el pasillo, Roberto pudo respirar por fin.

–Ha habido casos de triple infarto de miocardio por menos –se dijo a sí mismo en voz alta.

No fue excesivamente difícil encontrar la salida de emergencia donde le estaba esperando Juan.

–¿Cómo ha ido? –preguntó nada más entrar.

–Casi me pillan, premoh. Pero bueno, el plan sigue como hasta ahora.

En ese instante Juan abrió la bolsa de deporte que llevaba a su espalda y saco de ella dos mochilas más pequeñas. Las típicas de colegio, vaya. En su interior, había todo el material que los dos socios habían considerado necesario.

–¿Tu al primero y yo al segundo? –dijo Roberto.

–Ok. Estamos en contacto por radio. –Le llamó radio, pero no dejaba de ser un puto walkie-talkie del chino.

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La hora de la aparición de los dedos estaba a punto de llegar, y los dos jóvenes se encontraban uno en cada piso, husmeando cuales sabuesos. No había habido noticias de los otros dos seguratas, excepto por unos extraños gemidos que Roberto pudo escuchar al otro lado de una de las cientos de puertas de su planta, los cuales resultaron extrañamente familiares para Roberto.

De pronto una intensísima luz roja inundó el despacho TC2251, llamando rápidamente la atención de Roberto. De nuevo se le aceleró el pulso ante la posibilidad de eliminar el virus zombi que en otro tiempo había causado tantas víctimas. Debía concentrarse al máximo, pues cualquier error podría acarrear consecuencias catastróficas.

Roberto entro con cierta cautela en el laboratorio. En la esquina norte de la habitación, donde la luz roja había sido más intensa se encontraban una serie de animales enjaulados de distintas especies, eso sí, ninguno más grande que un conejo. En una jaula en particular, pudo ver a tres pequeños ratoncitos grises, más monos que un bebe haciendo palmas palmitas, que estaban merendándose unas pequeñas longanizitas.

–¡Pero si eso son mis putos dedos! –gritó Roberto.

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Capítulo XXXIII

Capítulo 33. La clave del éxito.

A las 20:30, como de costumbre, Carmeta salía de su casa en dirección a su puesto de trabajo. Descendía por la calle despreocupadamente, pensando en sus cosas. Estos pensamientos le provocaban una media sonrisa que recordaba a una quinceañera calentorra. A mitad de camino, al pasar por un pequeño callejón, un hombre grande y fuerte que ocultaba su rostro con un pasamontañas negro la asaltó, tapándole la boca con una mano mientras en la otra la amenazaba con un arma de fuego.

Realmente este arma era una pistola de balines, pero esto Carmeta no podía saberlo, dado que lo más parecido a una pistola que había visto en toda su vida eran las pistolas de agua “super–soaker” de sus hijos.

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–Voy a quitar mi mano de su boca, pero ni se le ocurra gritar, de lo contrario no dudaré en pegarle un tiro aquí mismo.

La mujer asintió con la cabeza efusivamente.

–Por favor, no me haga nada. No tengo dinero…

–Tranquila, no quiero su dinero. Necesito que se quite el uniforme.

–¿Cómo?

El asaltante empujó a la mujer contra la pared con contundencia, agarrándola del pelo.

–El uniforme. Fuera. ¡Ahora!

–¿No irá usted a violarme, no?

–¿Pero qué está diciendo, señora?

–Lo digo por… ese extraño bulto que tiene en el pantalón y que no para de restregar contra mi cuerpo…

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–¿Qué demonios? Esto es un quita–manías, señora. Un arma de corto alcance.

–Por el tamaño que tiene… De corto alcance no es, precisamente.

–Quítese el maldito uniforme.

–Claro, jefe. Pero… debería saber que no llevo braguitas. –dijo la limpiadora acompañado la frase con una sonrisa picarona, a la vez que se desabrochaba la parte de arriba.

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Mientras la mujer se desvestía el asaltante le acercó un pijama de “Hello Kitty”, más falso que las peleas de los Power Rangers, y le ordenó:

–Póngase esto.

–¿En serio no me vas a violar, ni nada? –dijo Carmeta, con cierto desdén.

–Siento defraudarla, señora. Pero solo me interesa su ropa.

Una vez cambiada, el asaltante introdujo a la limpiadora en el maletero de su vehículo, no sin antes maniatarla, amordazarla y hacerle respirar un chupitito de cloroformo.

–Buen trabajo, Juan –comentó el copiloto.

–¡Puf! No ha sido fácil. La hija puta está más caliente que el cenicero de un bingo. ¿Cuánto tiempo durará el efecto del cloroformo?

–Lo cierto es que no estoy seguro, pero vamos a tener tiempo de sobra para llevar a cabo nuestra misión. ¿Tienes la tarjeta?

–Sí. Está todo listo, ahora solo queda que tú hagas tu parte.

Juan condujo hasta la manzana adyacente al laboratorio y dejó allí a su compañero.

–Te espero en la salida de emergencia. Suerte ahí fuera –le dijo a su colega, justo antes de abandonar el lugar.

Roberto se acercó sigilosamente a la puerta de entrada. Se quedó observando unos segundos, intentando adivinar si el vigilante que se encontraba aposentado en la recepción estaba lo suficientemente distraído como para no decirle nada al verle entrar. Vio una clara oportunidad cuando el susodicho empezó a reírse a carcajada limpia mientras miraba la pantalla de su portátil.

–Estará viendo videos de gatitos o de Loulogio en Youtube. Ahora es el momento –se dijo a sí mismo.

Pasó la tarjeta por el detector lo más rápido que pudo y entró directo en dirección a los ascensores.

Por desgracia, no se movió lo suficientemente deprisa.

–¡Eh, espera! ¡Alto ahí! –le gritó el vigilante.

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Capítulo XXXII

Capítulo 32. El corte chino.

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Los dos amigos habían vuelto a su piso, después de una intensa noche de vigilancia. Descansaron unas pocas horas antes de ponerse de nuevo al trabajo. Roberto tuvo una de las alegrías más grandes de su vida al despertarse y ver que su viejo amigo le estaba esperando levantado y listo para la acción. Y sí, hablamos de su pene. No había tiempo para saludarse como es debido y ponerse al día, por lo que únicamente intercambiaron un leve gesto con la cabeza.

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En las películas de acción, los protagonistas siempre tienen algún amigo o conocido que se encarga de conseguirles el equipamiento que necesiten, bien sean armas, ropa, herramientas, planos, etc. En el mundo real, esta figura no es tan común como en las pelis y nuestros amigos tuvieron que dirigirse al proveedor de artilugios, útiles y enseres más estandarizado. Esto es, el chino de la esquina.

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Allí pudieron conseguir todo lo que podían necesitar: Unas pinzas para coger los dedos infectados, un pequeño recipiente de polipropileno con tapa hermética (sí, un tupper…), pasamontañas para no ser reconocidos, y otra suerte de objetos que el equipo consideró necesarios para llevar a cabo esta misión. Por supuesto cayeron también cincuenta céntimos en chicles, como ocurría siempre que iban a ver al chino.

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Estuvieron el resto de la tarde urdiendo, perfilando y repasando el elaboradísimo plan que iba a permitirles penetrar en la fortaleza CHEVIRAL. La idea era infiltrarse con la tarjeta de la limpiadora y encontrar lo más rápido posible los dedos de Roberto. Tenían como única pista la luz roja que aparecía justo antes de enviar algo a través del tiempo, por lo que debían estar atentos a cualquiera de estas señales.

Esa misma noche volvieron a Valencia a comprobar si los hábitos de la limpiadora se repetían, dirigiéndose hacia su lugar de trabajo a la misma hora que el día anterior. Y así fue.

Las malas noticias llegaron cuando la mujer entro por la puerta principal del laboratorio. Les llamó la atención que el vigilante de seguridad encargado de la planta baja, se acercase a saludar a la limpiadora. Se podía adivinar cierta actitud amorosa entre ellos, delatada por la forma en que ella le miraba, del mismo modo que una quinceañera mira un póster de Jastin Biber, y sobre todo por la forma en que él le amasaba las nalgas de forma descarada. Esto complicaba un poquito las cosas.

De igual manera que la noche anterior, llegadas las cinco de la mañana, la limpiadora abandonaba el edificio. Los jóvenes volvieron a acompañarla sigilosamente hasta su hogar, confirmando que aquella era su residencia habitual.

Durante el camino de vuelta a casa, los chicos discutieron formas de poder superar el obstáculo que el vigilante de la planta cero suponía. En el plan principal se pretendía pasar totalmente desapercibidos para evitarse problemas con la justicia, y esto dejaba fuera de lugar el robo, el secuestro, la coacción y, por supuesto, el asesinato. Pero como se suele decir, no se puede hacer una tortilla sin romper unos pocos huevos.

Cocinero-Cook

Tras descansar de nuevo en Castellón y preparar todo el material necesario, se dirigieron hacia la casa de la limpiadora, una tal Carmeta. Pero eso mejor os lo cuento en el próximo capítulo, que en este no me cabe.